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La mujer y la niña

‘Cuatro’ es el título del nuevo y esperado libro de cuentos de Rodrigo Hasbún. Con permiso de la editorial El Cuervo, ofrecemos a nuestros lectores un adelanto

Lewis Carroll

Lewis Carroll

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Hasbún - Escritor

00:00 / 15 de junio de 2014

1. Tocaron el timbre de la casa (antes de que la derruyeran, etc.) una tarde a finales de marzo de 1990. Yo voy, me ofrecí como siempre, porque a mis nueve años me aburría como un idiota, sobre todo por las tardes, a la vuelta del colegio, pero también porque mi estrategia para ir ganándome la estima ajena consistía justamente en hacer aquello que los demás despreciaban. Los que tocaban eran casi siempre indigentes que pedían comida o ropa, gente que no tenía dónde caerse muerta, y ya me sabía de memoria la respuesta que me daría mamá, así que la decía sin necesidad de ir a preguntar. Te lo vamos a juntar chompas para la próxima semana, decía casi creyéndolo yo mismo, o no está nadie ahorita, volvé mañana, o lo hemos regalado todo. Pero ellas, aunque se veían miserables, no venían a mendigar. Quiero hablar con la señora, dijo la mujer. ¿De parte de quién?, pregunté. De Rosario dígale, dijo. Su forma de mirar, y cómo agarró a la niña apenas mencionó su nombre, todo se sentía un poco extraño, como si de pronto algo estuviera fuera de lugar, ellas dos o yo o la casa o la ciudad entera incluso. No está, dije, pero le voy a decir que has venido.Trabajaba en la casa de la señora Berta, que en paz descanse, se apuró a decir ella. Se refería a mi abuela, que llevaba muerta un par de años. ¿A qué hora la encuentro a su mamá, joven? Al final de la tarde, dije incómodo por tanta insistencia y me di la vuelta y volví adentro. ¿Quién era?, preguntó mamá en la sala. Pedigüeños, dije.

2. El Mundial de Italia se acercaba a pasos galopantes y yo estaba completando el álbum de figuritas. Baggio era de los más difíciles de conseguir y ya tenía a Baggio. Rijkaard era de los más difíciles de conseguir y ya tenía a Rijkaard. Me faltaban diecinueve jugadores, entre ellos Maradona y Cannigia, aunque la verdad es que el equipo de los argentinos me valía un bledo. Nada de eso importa realmente. Importan la mujer y la niña, su determinación. Volvieron a las cinco de la tarde del día siguiente. Esto se está poniendo peor y peor, se quejó mamá. Voy, dije y me levanté del sofá donde veíamos tele (donde yo esperaba a que sonara el timbre, etc.), para salir corriendo de la casa, atravesar el jardín y llegar donde ellas. Buenas tardes, joven, me saludó la mujer.

Por algún motivo me había tomado en serio la misión, que era contradictoria y no entendía pero que me correspondía a mí y solo a mí. No está, fue lo primero que dije. Ella se quedó muda, visiblemente decepcionada. ¿Para qué sería?, pregunté. ¿Y su papá tampoco está? Mi papá trabaja, dije. ¿Sigue en la tienda?, preguntó. Miré a la niña con un poco más de atención, era linda. Y a ti qué te importa, podía responder. O que la tienda había dejado de existir, aunque claro que seguía existiendo. Segundos después, cuando estaba por decir que no volvieran más, sentí la mano de mamá en mi cabeza. Rosario, la escuché saludar detrás de mí y fue tanta la vergüenza que solo atiné a salir disparado. Luego, apenas llegué a mi cuarto, miré por la ventana. Hablaban, con la reja de por medio. Hablaban y seguían hablando.

3. Mamá no contó nada a la hora del té, ni siquiera cuando se lo pregunté directamente. ¿Rosario?, se interesó papá. Sí, vino por la tarde. ¿A qué se dedica ahora? Es costurera parece, dijo mamá. El tema se diluyó pronto en algún otro, quizá los problemas de mi hermano en el colegio. Papá me preguntó cómo me había ido a mí. Lo puse al tanto del ejercicio de matemáticas que nadie en el curso comprendió y que yo había resuelto en segundos. Hasta me felicitó la profe, dije, y vi sonreír a papá y me sentí justificado pero también impaciente. Más tarde, cuando se metieron en su cuarto, me paré al lado de la puerta para oír la conversación que no tuvieron en el comedor. La niña es idéntica al Cachito, escuché decir a mamá, la misma boca, los mismos ojos. Papá dijo algo que no logré distinguir. Mamá respondió que claro, que qué más.

El Cachito era mi tío Cachito, eso entendí. Y lo que hasta entonces sabía sobre él, a grandes rasgos, era que había sido desde siempre el más serio de los hermanos de mamá y que estaba a punto de recibirse como médico cuando un sábado, de ida en moto al hospital de provincia donde hacía residencia, atropelló a un hombre de la zona. Pudo huir como hacen todos, pero se bajó a socorrerlo. Viendo que no reaccionaba (lo haría poco después, irremediablemente tarde, etc.), tres amigos del hombre le dieron una golpiza furibunda a tío Cachito, al que solo luego de unos días encontraron en una acequia. La historia siempre estuvo presente en casa y yo oí varias veces que la abuela nunca logró sobreponerse. A mí me constaba que a veces le hablaba en voz alta a su hijo muerto y que era huraña, no sé si a raíz de la pérdida o de qué. Me constaba también que no dejaba de fumar y por eso su vida terminó como terminó.

Lo que ahora sabía sobre tío Cachito, además de lo anterior, era que había embarazado a la empleada antes de morirse y que, por lo tanto, esa niña idéntica a él era mi prima hermana, lo que convertía a la mujer en mi tía. Una tía y una prima que tocaban el timbre como miserables.

4. Volvieron la tarde siguiente y esta vez mamá las hizo pasar. Vayan a jugar atrás, me ordenó a mí. La niña no dejaba de mirarme. ¿Qué quieres hacer?, le pregunté cuando ya estábamos afuera. Nada, dijo, no quiero hacer nada. Se sentó en el pasto y yo me senté al lado. Juguemos algo, propuse al rato, no tenía sentido quedarnos tanto tiempo quietos. Pesca-pesca si quieres, dije y me puse de pie y le toqué el brazo antes de comenzar a correr, en vano porque ella ni se movió. ¿Quién crees que gane el Mundial, Holanda o Brasil?, le pregunté minutos después, de nuevo a su lado. Se estaba hurgando la nariz con un dedo. Aproveché para mirarla mejor y para intentar descubrir si también se parecía a mí. Mi papá era un desgraciado, soltó de pronto. Apenas empezábamos a conocernos y ya decía cosas así. Tú qué sabes, dije. Sé, dijo, era un canalla y un borracho. Yo ni siquiera sabía qué significaba canalla, pero no podía dejarme vencer tan fácilmente. No seas puerca, contraataqué, por algo se ha inventado el papel higiénico. Después volvimos a quedarnos callados. Ella se echó, yo me puse a trepar árboles. A que tú no puedes, le grité desde la cima del guayabero. Se acercó y me miró. Eso nomás sabía hacer, mirar y decir cosas hirientes, y ser linda. Bajate de ahí, me gritó mamá en ese momento. Estaba parada en la puerta que daba a la cocina, al lado de la mujer. Vamos, Vanesa, le dijo ella.

5. Al día siguiente me hice al tonto y le pregunté a mamá quiénes eran. Rosario trabajaba en la casa hace años, ahora su hija necesita ayuda. ¿Vanesa?, pregunté. Sí, dijo ella, con ese tono que usaba cuando no quería que hiciera más preguntas, y me pidió que me sacara el uniforme del colegio para salir. No quiero, dije sabiendo que de todas maneras me obligaría. Sorprendentemente, aceptó que me quedara. Era mi primera tarde solo en casa y fui directo a buscar cosas secretas en el velador de mi hermano. Leí sus tarjetas y cartas, la mayoría de Anna, y olí sus cigarrillos y miré de qué eran sus casetes, aunque la verdad es que no podía dejar de pensar en Vanesa. ¿Por qué necesita ayuda?, insistí a la noche. Después de mucho, mamá confesó que la niña tenía leucemia (una enfermedad de la sangre, etc.) y que existían pocas posibilidades de que sobreviviera. Se estaba muriendo, entonces. Aunque por fuera no se le notara, la niña se estaba muriendo. ¿O era todo una mentira para conseguir plata? No se lo pregunté a mamá, me lo pregunté a mí mismo. Ya la hemos ayudado esta tarde, añadió ella. Pero tampoco supe si creerle.

6. Luego de ese día, como antes de que tocaran el timbre, nadie volvió a  mencionar a la empleada a la que tío Cachito abusaba o no, a la que amaba o no, a la que hubiera abandonado o no de haber seguido vivo. Salí de aquí, india de mierda, imaginé muchas veces a la abuela diciéndole apenas le notificó que estaba embarazada, te vas ahora mismo, por mentirosa y por puta. ¿Él ya sabía que iba a ser padre, mientras le destrozaban la cabeza? ¿Pensaba en el futuro de su hija, mientras se ahogaba en la acequia en la que lo botaron? Tampoco nadie volvió a mencionar a la niña, mi prima enferma y extraviada, mi prima fantasmita, aunque me pasé años prestando atención en la calle, pensando en ella, en qué tipo de mujer sería si seguía viva.

7. Que yo sepa, nunca la volví a ver.

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