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El multiculturalismo como mestizaje positivo

En su reciente libro, ‘Literatura y multiculturalidad’, Arriarán dedica un ensayo a Saenz. Éste es un fragmento

SAENZ. Para el autor de este ensayo, el académico boliviano Samuel Arriarán, Jaime Saenz plantea una manera de entender lo boliviano.

SAENZ. Para el autor de este ensayo, el académico boliviano Samuel Arriarán, Jaime Saenz plantea una manera de entender lo boliviano.

La Razón / Samuel Arriarán

00:00 / 15 de enero de 2012

En el contexto de un gobierno indígena en Bolivia, la novela Felipe Delgado, de Jaime Saenz, adquiere una sorprendente actualidad no sólo por el tratamiento de lo indígena que aparece en estas páginas como equivalente de lo nacional, sino también por los significados de los aparapitas como retorno del viejo problema del mestizaje:

La novela de Saenz representa bien el regreso de la tradición y la mezcla de culturas, esto es, del mestizaje positivo: “Mi esposa era chola y mi madre también, a mucha honra; y a todos nosotros nos consta que la chola es una madre ejemplar, una madre sabia y severa, abnegada hasta el heroísmo y sobre todo digna” (p. 138). Además de esta apología de la chola como ángel guardián de la tradición, hay otras interesantes descripciones sobre combinaciones inéditas de creencias, supersticiones y mitos: “si dejamos de poner aguardiente para que beba el fantasma, nos atormenta toda la noche y se queda el fantasma, rondando y buscando aguardiente; imposible dormir con el mal olor del fantasma” (p. 119).

De acuerdo con lo anterior, habría que replantear, con base en la obra de Saenz, las visiones de Bolivia como la de Franz Tamayo (nosotros los bolivianos somos demasiado solemnes, somos incapaces de reírnos de nosotros mismos y nos tomamos a nosotros tan en serio que hasta nosotros mismos nos asustamos). Frente a esto, en la visión que nos ofrece esta novela, la sociedad boliviana se parece a una cultura de tragicidad neobarroca. ¿Qué otra cosas significan la embriaguez, el derroche, la fiesta y la celebración de la muerte? Si entendemos que no sólo se trata de la muerte individual biológica sino de algo más relacionado con los grupos sociales, ¿no sería pertinente plantear que hay en Felipe Delgado una idea de la muerte de la nación como festividad y paradoja?

PARADOJA. Oblitas, un personaje clave en la obra (yatiri y filósofo, una especie de Zaratustra aymara), dice que quien gobierna la paradoja puede gobernarlo todo. Esto significa que la paradoja equivale a la capacidad de ir más allá de lo dicho. Se trata de crear sentido donde todo está petrificado. Habría una inversión de los términos tradicionales y autoritarios con los que se percibe la relación amor-nación. Ya no se trata de morir por la patria sino de conocer, amar y vivir en ella: “Amar a la patria no es cuestión de muerte, sino de conocimiento, sea el cuerpo en su precaria materialidad, sea de la patria en su permanente interrogación” (p. 228).

Leonardo García Pabón acierta al señalar que cuando el autor de Felipe Delgado se refiere al tema de la muerte, la entiende fundamentalmente como una relación con la nación. Esto significa que en el pasado nacional se puede percibir una otredad sepulcral como construcción festiva y al mismo tiempo trágica de la identidad nacional. Ese Otro sepulcral se identifica con personajes místicos y sanguinarios de un Estado patriarcal, como Melgarejo. Ese deseo de identificación con místicos sanguinarios se relaciona con una necesidad sentida por Felipe Delgado para solucionar por medio de la guerra las insatisfacciones emocionales de los bolivianos:

“Más aún, en la guerra, en las derrotas bolivianas que han quedado marcadas como heridas en el imaginario social, es donde Felipe Delgado propone una restitución de lo nacional. Saenz se centra en las secuelas de la Guerra del Pacífico, el conflicto bélico por el que Bolivia perdió todo su acceso al mar y que ha dejado el mayor impacto en el imaginario social” (García Pabón: “Felipe Delgado de Jaime Saenz”, p. 213).

Lo que importa en mi análisis de la novela de Saenz es seguir el destino personal del personaje. Se trata de interpretarlo ubicándolo en un nudo histórico de fin de época luego de la derrota de la Guerra del Chaco. Así se comprende que Saenz recupere a los bolivianos y a la ciudad de La Paz en clave ontológica: “Lo que abunda en Bolivia es el boliviano, y por extraña paradoja, resulta sumamente difícil encontrarlo. Y esto se debe a que el boliviano se oculta de sí mismo” (p. 203). Esto suena a la búsqueda del ser nacional según una filosofía ontológica. Saenz parece haber leído no sólo a Rulfo sino también a Sartre, a Heidegger y a los filósofos “hiperiones” que hablaban así del ser mexicano y latinoamericano en los años 40 y 50 (Leopoldo Zea, Emilio Uranga, Luis Villoro y otros). Esto supone ir más allá de la filosofía nihilista como se puede apreciar en la página 327, donde sólo quedaba la esperanza sin esperanza: “Algún infinito deseo de llorar habíase convertido en muerte, en silencio y vacío.” La búsqueda del boliviano aparece como el mito de la búsqueda del mar: “por el sentimiento del mar y la presencia del mar, podemos comprender que la patria no tiene límites.” Felipe dice: “Por lo pronto, personalmente, me llevaré el mar: ¡me lo llevaré a la bodega!” Y es que, para Felipe, la única realidad que existe es la de la bodega: “Mi fascinación por la bodega se explica por el hecho de que la bodega soy yo” (p. 374).

La capital de Bolivia, La Paz, es descrita como una “ciudad muerta”, y se simboliza metonímicamente en una parte de esta obra: “en la bodega somos los muertos quienes vivimos (…) Aún no he penetrado al interior de la bodega”. Es que el espacio es un purgatorio y a la vez templo donde hay celebraciones de la muerte equivalentes a verdaderos rituales de purificación. Es también el lugar donde ocurren las interminables borracheras de los condenados. La bodega es el vacío donde la maldición se ha apoderado de todo. Hay una metafísica del mal, es una metafísica positiva ya que “uno debe acoger con buen ánimo la maldición”. Tampoco es un conocimiento filosófico del mal sino una sensación (“yo siento un olor a nada”). El saco del aparapita era para Felipe “una reminiscencia del olor escondido en el cuerpo del viejo” (p. 246). La finca de Uyupampa, hacienda cercana a La Paz, donde transcurre la última parte de la historia. representa el campo, la huida-refugio ante la guerra.

BOLIVIANO. Con esta base filosófica de raíz metafísica (la realidad objetiva no es más que una idea de la mente), Saenz elabora una mitología del boliviano como un conjunto de representaciones imaginarias, pues “en este mundo todas las cosas son y no son. ¿Qué ha de ser del hombre muerto, sino una tremenda y formidable realidad surgida en la mente de aquellos que le han dado vida por el simple hecho de creer en él?” (p. 409). Los bolivianos son vistos por Saenz como creadores de fábulas. Hay una alusión al sentir popular como fuente de sabiduría: “es una lástima que la gente no comprenda las cosas en su verdadero alcance. Pero también diré, es una felicidad que así sea. Porque de lo contrario no habría lugar para inventar las grandes fábulas y leyendas, ni tampoco para exaltar y comprender éstas, sacando de ellas enseñanzas que servirán de guía a las generaciones por venir” (p. 410).

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