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Los mundos de Agnès

En Río de Janeiro, Brasil, el sábado 2 de febrero, murió Agnès (nombre artístico de Inés Clara Ovando Sanz de Franck); tenía 98 años

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 10 de febrero de 2013

Agnès (Inés Clara Ovando Sanz de Franck) atravesó casi íntegramente el siglo XX y aún tuvo oportunidad para mirar con curiosidad el inicio del siglo XXI. Nació en 1915 —según su humor, unas veces en Oruro, otras en Santa Cruz) y acaba de morir (el sábado 2 de febrero) en Río de Janeiro, Brasil, donde residió los últimos años atraída, seguramente, por el color del mar.

Recibió formación artística en Santiago de Chile y en La Paz, pero lo suyo fue en realidad un aprendizaje propio, paciente y continuo que desde mediados de los años 50 la instaló para siempre en un lugar privilegiado de la pintura boliviana.

Expuso su obra en Bolivia y fuera del país (en Suiza, por ejemplo); ganó premios (varios en el Salón Pedro Domingo Murillo) y fue honrada con distinciones: en 2006, en el Día Internacional de la Mujer, fue nombrada Mujer Emblemática de la Historia de Bolivia.

Mantuvo una gran fidelidad a la pintura, pero también le gustaba la caricatura, prueba de ello son sus  tres libros de dibujos: Monos y monas, El Sol y las moscas y Vida de vacas.

 En 2003, el Salón Municipal de Artes Plásticas Pedro Domingo Murillo le otorgó el premio Obra de una Vida y organizó una retrospectiva de homenaje. Lo que sigue fue escrito para esa oportunidad.

El mundo de Agnès es inagotable porque su imaginación lo es. A lo largo del tiempo, ha creado una obra cuyo impulso más profundo es la atención con la que ella mira al mundo. Es una mirada amorosa, pero de ninguna manera complaciente, es la mirada de la pasión pero, en la misma medida, de la lucidez; es la mirada del asombro pero también de la contemplación. Y es una mirada llena de humor porque el humor es una forma de conocer en su hondura las cosas y los acontecimientos, de despojarlos de sus apariencias para hacer visible su dimensión más real. Y porque mira al mundo así, Agnès lo renueva una y otra vez con incesante vitalidad. Nada más opuesto, entonces, a un espíritu poseído por la inquietud como el suyo que la repetición.

Sus retratos, por ejemplo, son el resultado de una mirada que descubre la interioridad de las personas, de una mirada que remonta las evidencias más inmediatas del gesto para revelar la verdad del carácter. Así, el rostro y el cuerpo de quien se retrata resulta, se diría, menos real que su retrato. No se trata de un juego de palabras. La mirada descubre y el pincel recrea no sólo una persona sino una personalidad. La fuerza expresiva de sus retratos —y ella, en todo tiempo, ha hecho de retrato un oficio privilegiando— nace de esa intensa relación de la artista con quien quiere ver en un lienzo su personalidad.

Agnès tiene secretos. Uno de ellos es el color. Decir esto tratándose de una pintora podría parecer una obviedad. No lo es, sin embargo, porque el color en sus manos ha sido siempre una invención, una alquimia. Una manzana puede ser verde o roja. Las palabras no pueden ir más allá. Pero hay que ver el universo de color que esas manzanas pueden descubrir a los ojos y el alma del espectador cuando han salido de las manos de Agnès.

El mundo de Agnès está poblado de seres que, como un motivo musical, regresan siempre y siempre distintos. Ángeles, santos y vírgenes, por ejemplo, configuran una iconografía de una intensa originalidad. En los cuadros de Agnès, estos seres no están en los altares sino en el mundo, en las calles, en la vida cotidiana. Y sus formas y colores se nutren de esos espacios, de su vitalidad, de su cercanía.

El mundo de Agnès es un mundo poético. Esto puede entenderse de muchas maneras, pero lo que aquí interesa tiene que ver con su mirada. Una mirada que es capaz de intuir las más secretas correspondencias que se tejen entre los seres y las cosas, que es capaz de descubrir las analogías que hacen, finalmente, que el mundo sea un orden y no una dispersión. Hacer visibles esas correspondencias es tarea del artista. Hay en el mundo de Agnès, por ejemplo, unas cholas que revolotean como mariposas o, mejor, unas cholas que son mariposas. ¿Quién antes que ella habría podido descubrir esa íntima simpatía entre formas, esa correspondencia de espíritus libres, esa feliz y rebelde metáfora de líneas, cuerpos y colores?

Descubrir y crear estos y otros mundos es tarea de Agnès; redescubrirlos y recrearlos es el privilegio del espectador.

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