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El mural cerámico, 50 años de historia

Mañana comienza la XXVIII Reunión Anual de Etnología, dedicada este año a la cerámica; la cita incluye una submesa sobre el arte del mural cerámico

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Pomar Crespo - Documentalista y docente universitario

00:00 / 17 de agosto de 2014

Hace 50 años, en agosto de 1964, los artistas Gil Imaná (1933) e Inés Córdova (1927-2010) comenzaron la elaboración del primer mural cerámico realizado en el país: una alegoría del estudio y la ciencia en el hall principal del Instituto Tecnológico Boliviano, hoy Facultad de Ingeniería de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), en la plazuela del Obelisco de la ciudad de La Paz. Fue el comienzo de un nuevo tipo de arte.

Del 18 al 22 de agosto se realizará la XXVIII Reunión Anual de Etnología (RAE) organizada por el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef). En esta oportunidad, la reunión de investigadores tratará el tema La rebelión de los objetos, enfoque cerámico. En esta tradicional cita académica, el mural cerámico tendrá un espacio de reflexión y diálogo con motivo de los 50 años de su incorporación en las artes bolivianas contemporáneas.

El origen del muralismo boliviano se remonta a los años 50 del siglo pasado, cuando en la ciudad de Sucre se fundó el célebre Grupo Anteo. El rector de la Universidad de San Francisco Xavier de entonces, el filósofo Guillermo Francovich, encargó la pintura de frescos y murales alusivos a la gesta libertaria de mayo de 1809 en el salón de honor de la universidad chuquisaqueña.

Para cumplir esa tarea se fundó el mencionado grupo, conformado por artistas, poetas y escritores. Destacaban en las artes plásticas Walter Solón Romero, los hermanos Jorge y Gil Imaná, Lorgio Vaca y, ocasionalmente, Goyo Mayer, Milguer Yapur y Donato Gustazero. Después de pintar los murales de la universidad continuaron su obra en la Escuela Nacional de Maestros. De estas obras se puede decir que tienen carácter inaugural, en un medio conservador como era Sucre en esos años.

Un poco más adelante, el muralismo adquirió otra dirección con la incorporación de la cerámica como soporte. Fueron, como se anotó, Gil Imaná e Inés Córdova quienes iniciaron este tipo de mural, en La Paz, en agosto de 1964, aunque la elaboración de este mural pionero fue interrumpida por el golpe de estado del 4 de noviembre de ese año.

El director del Instituto Tecnológico Boliviano de entonces, Miguel Tejada Velasco, escogió a la pareja de artistas para realizar tres murales. “Fueron los primeros murales en cerámica que se realizaron en Bolivia. Fue una experiencia hermosa de trabajo conjunto, porque veía una nueva técnica que podía enriquecer el movimiento muralista que lo habíamos iniciado hacía más de diez años (con el Grupo Anteo)”, dice en una entrevista Gil Imaná. En los murales de la hoy Facultad de Ingeniería de la UMSA se ven símbolos de la física, el átomo, un cementerio de dinosaurios, la célula y tres estudiantes que marchan hacia adelante.

El artista Lorgio Vaca, citado en el Diccionario cultural boliviano de Elías Blanco, anotó en 1974: “En este panorama del arte nacional y latinoamericano, Gil Imaná es uno de los más esforzados y preclaros luchadores que batalla desde hace dos décadas en busca de la raíz, de la razón de ser y del espíritu unitario de Latinoamérica, a través de su arte sobrio, sereno pero tenso, paciente y obsecado, a veces tierno, siempre firme apuntando a la raíz de las cosas.”

Muralista, pintor, escultor, ceramista y estampador, Lorgio Vaca (1930) realizó entre 1970 y 1971 uno de los murales cerámicos emblemáticos del arte boliviano: La gesta del Oriente boliviano, de 240 metros cuadrados en el parque El Arenal de Santa Cruz de la Sierra. El autor describe este mural cerámico como un trabajo que resume los principales hechos sociohistóricos de la ciudad del oriente boliviano. Incorpora, en primer término, escenas de los pueblos antiguos, personajes con atuendos de colores vivos, la flora y la fauna expresada en un jaguar. El mural sigue con escenas de la colonización del oriente representada por los bueyes y el carretón, también se ven las misiones jesuíticas establecidas en la Chiquitanía cruceña. Actualmente esta obra está siendo restaurada por su autor y un equipo especializado.

En el anverso del mural se ven alusiones a la Guerra del Chaco, a los fenómenos naturales y a los hechos sociales, como las primeras migraciones expresadas en una marcha popular de obreros, inmigrantes, estudiantes, campesinos, quienes construyen la “nueva Santa Cruz”. La escena se complementa con la producción de hidrocarburos y minerales así como el agro industrializado. Remata el trabajo con una escena de un campesino descalzo agarrando un libro como un símbolo del acceso a la cultura, al saber y a la ciencia.

CULTURA. Esta monumental obra de Lorgio Vaca, junto a muchas otras que se encuentran en plazas, avenidas, fachadas e interiores de edificios públicos y particulares, es un aporte al desarrollo de la cultura. En las obras de Vaca se pueden ver la historia de las grandes epopeyas de su natal Santa Cruz y de Bolivia. El arte y la cultura nacionales le deben un inmenso gracias por haber revolucionado las propuestas plásticas de su tiempo. En sus trabajos supo expresar sus ideas limpiamente, a pesar de las adversidades.

Carlos Salazar Mostajo, en su obra La pintura contemporánea de Bolivia. Ensayo histórico-crítico (1989), se refiere de la siguiente manera al artista cruceño: “Lorgio Vaca es un verdadero creador en lo que se refiere a esta clase de mural. Acometiendo su tarea con la resolución y solvencia que guían todos sus actos, el artista ha logrado una versión singular de lo que es la escena, el tema, el hecho histórico, el dato cultural. La cerámica sirve a sus finalidades psicológicas, pues le obliga, por su naturaleza, a la vía más franca para expresar su contenido de humanidad.”

Lorgio Vaca y los esposos Imaná cumplieron sus tareas con responsabilidad y sencillez, como lo hacen los grandes artistas, sin importarles el horario o el lugar, porque para hacer mural cerámico se necesita saber extraer la arcilla, ya sea en las pampas de Tambillo o Laja, en el altiplano paceño, o en las canteras de Cotoca o Samaipata, en el oriente boliviano.

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