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Un músico y un completo artista

Una exposición muestra 65 cuadros y dibujos de Alfredo Domínguez, además de partituras, afiches y fotos

Cuadro de Alfredo Domínguez.

Cuadro de Alfredo Domínguez. Foto: Espacio Simón I. Patiño

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 05 de febrero de 2017

La música boliviana se escuchó en directo en Tashkent, Almaty y Dusambé en 1970. Hasta las capitales de Uzbekistán, Kazajistán y Tayikistán, es decir, hasta Asia Central, una región en la otra punta del mundo que sí que queda lejos de cualquier mar, llegó el arte profundamente criollo y a la vez universal de Alfredo Domínguez.

Este tupiceño acababa de asentarse en Suiza y estaba en su momento de mayor creatividad, que le llevó a ser reconocido en toda Europa no solo por su guitarra y su voz. Ayer se cumplieron 37 años de que este artista completo y comprometido falleciera, y por eso la Fundación Simón I. Patiño le dedica una exposición que se puede visitar hasta el 17 de marzo y que muestra 65 de sus obras, entre cuadros, grabados, caricaturas, discos, revistas y afiches y otros documentos que dan una idea aproximada de lo que pueden llegar a cundir 42 años de vida cuando su protagonista rebosa talento y pasión por lo que hace.

Gladys Cortez recuerda cómo Domínguez, su marido, y ella llegaron a Ginebra en 1969 con una beca de viaje y “sin tener una intención clara” de quedarse. Pero encontraron un ambiente propicio para el arte de Domínguez —“caímos en la sopa”, lo define—, producto del aún muy vivo espíritu revolucionario de Mayo del 68. En cambio, en Bolivia era época de dictaduras, de mucho peligro para alguien que no tenía una militancia política concreta pero puso la denuncia de las injusticias en el centro de sus creaciones. Él las conocía bien, las había conocido en la zafra del azúcar en Argentina y en las minas de Potosí —de hecho, murió del mal de chagas, una enfermedad de pobres— e inspiraron tanto su música como su pintura.

Las abrasadoras miradas de los niños mineros o campesinos que protagonizan buena parte de los cuadros y los grabados de Domínguez no necesitan de palabras para retratar la miseria, la explotación y la injusticia, pero tal vez encuentren su máximo impacto acompañadas de la guitarra y los versos de su mismo autor. La mejor muestra de ello se contempla y se escucha en la serie Vida, pasión y muerte de Juan Cutipa, la obra más conocida de Domínguez, que está compuesta por 12 cuadros acompañados cada uno por una canción que completa el mensaje y deja poco margen a la interpretación de una cruel realidad que salta a los ojos y a los oídos. Música y plástica funcionan como herramientas para la misma tarea, en una visión acorde con la que el artista tenía de sí mismo porque, recuerda Cortez, “nunca quiso definirse, siempre dijo que ambas cosas eran complementarias”.

En Europa el final de los 60 y el principio de los 70 eran, además, el momento del arte abstracto, que tenía mucho en común con la obra de Domínguez. En Bolivia había destacado como pintor, caricaturista e ilustrador, y en Suiza se encontró con el grabado, una técnica que encajaba perfectamente con su manera de dibujar y en la que pudo desarrollar todo su universo de seres profundamente humanos en un entorno casi agresivo y agobiante pero en el que siempre se puede encontrar un toque de humor, de cierto optimismo y nunca de rencor ganas de venganza.

“Era un autodidacta que encontró el ambiente ideal”, dice Cortez refiriéndose a Ginebra, una ciudad con mucha tradición artística. Allí está el Cabinet d'arts graphiques, una institución en la que funcionaba un taller, en el que trabajó y aprendió la técnica, y un museo que conserva 50 grabados suyos que este mismo año se podrán contemplar por internet, pues el museo está terminando de subir su catálogo completo.

Lo que se muestra en el Simón I. Patiño “no es todo lo que hizo pero sí todo lo que se ha podido conseguir, porque él vendió mucho aquí y en Europa, y a saber dónde están todas esas obras; he intentado localizarlas y hacer un catálogo pero es difícil”, expresa Cortez, quien ha traído de Suiza una serie de carteles, partituras y documentos que tendrán que volver allá.

Aun siendo no más que una pequeña parte de lo que Domínguez produjo, resulta más que suficiente para llenar dos salas de exposición: en la principal hay dibujos, guaches y óleos que fueron pintados en La Paz y los grabados de la etapa de Suiza, mientras que en el anexo están las carátulas de los discos, los afiches de los recitales y algunas fotos, entre ellas una en la que se ve a Domínguez actuando en la película Mina Alaska, de Jorge Ruiz. Una muestra más de lo polifacético de un artista al que la mayoría recuerda como un excepcional músico, pero que también fue mucho más que eso.

La guitarra del destino

Sergio Calero - comunicador

Cuando fui a esperar a la quebrada de Palala el hielo que traían los campesinos de la cordillera, por el intenso frío, me metí en la casa de un gañan quien, para sobrellevar sus penas, arrancaba tristes melodías a su guitarra. Me quedé horas escuchando. Al retornar a Tupiza arriando el hielo, ya tenía el firme propósito de conseguir mi propia guitarra, sea como sea. Porque me había impresionado tanto con aquel humilde peón, que yo también quise expresar mis penas mediante ese instrumento”.

Así escribió Alfredo Domínguez su primer contacto con la guitarra, que bien cabe en eso del amor a primera vista, en la mutua atracción, porque la guitarra criolla no tuvo tal entrega a manos bolivianas hasta la llegada de Domínguez. Si bien había otros ejecutantes locales ninguno logró una adaptación tan precisa y una identificación tan profunda en el folklore boliviano como él.

Igual que toda obra trascendente en el arte, ese sonido, ese toque, vino tras un largo proceso, difícil, incomprendido y osado. Dedicarse a la guitarra representó para Alfredo confrontar incluso a su padre, quien no veía con buenos ojos un oficio, en esa época, sinónimo de vicio y vida desperdiciada. El propio Alfredo lo cuenta: “Al descubrir en la casa de un tío una vieja guitarra de tres cuerdas, me puse a ensayar en ella robándole horas al sueño. No quería que mi padre se dé cuenta porque decía que los músicos, especialmente los guitarristas, siempre eran unos borrachos. Pero esta precaución no me sirvió de mucho cuando una noche queriendo ampliar mis conocimientos me junté con un grupo de muchachos mayores que yo y fuimos a parar a una cantina. Allí mi padre me encontró y me sacó a bofetada limpia. Creyó que me estaba descarrilando y la verdad era que solo me importaba la guitarra”.

Esa obstinación permitió a Domínguez continuar su búsqueda y convencer al padre, quien, incluso, le construyó su primera guitarra. Si bien no tenía la mejor resonancia ni el encordado perfecto, tenía el valor máximo que un guitarrista puede darle a su instrumento: el aval para seguir su camino a través del sendero de su sonido y sus trastes.

Pero no hay artista a quien la duda no lo asalte ante el futuro, y más en la Bolivia del medio siglo, donde un joven de ascendencia humilde tenía muy escasas posibilidades de cumplir sus sueños. Y Domínguez pensó que otra habilidad suya podría iluminar su camino: si otro tupiceño, Agustín Ugarte, se había convertido en una estrella nacional de fútbol, ¿por qué no él, que sobresalía como arquero? Con ese objetivo se vino a La Paz a principios de los 60. Afortunadamente, el lúcido maestro del teatro de la vida Liber Forti se cruzó en su camino para decirle la verdad: “Futbolistas hay muchos acá en Bolivia, más que voz (…). Alfredo deja resbalar el fútbol, déjalo”. Tiempo después llegó a la conclusión de que tenía razón.

Una vez más el destino había allanado el camino para consolidar el romance de Domínguez con la guitarra. Y el tupiceño era un artista íntegro como diverso, sobresaliente en la música y en la plástica, primero con sus caricaturas y luego con su propia propuesta pictórica. Ambas le exigían dedicación y trabajo permanente, pero en el caso de la música con la dificultad de no contar con la herramienta precisa, la guitarra adecuada.

Grande habrá sido su antojo cuando unos amigos tupiceños residentes en La Paz le pidieron ayuda para comprar una guitarra profesional la que escogió con exigencia y cuidado, como si fuese para él. Y más grande habrá sido la sorpresa cuando le comunicaron que sí, que esa guitarra era para él. Este gesto profundo comprometió de por vida a Alfredo con su tierra, su gente y su país, y desde entonces todo su trabajo y su propuesta vino con el sello de la gratitud. Con esa guitarra, Alfredo Domínguez recorrió el mundo dando recitales y plasmó su inspiración y su técnica en escasos discos que hoy son testimonio de su grandeza musical y de un destino ineludible.

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