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Los músicos buscan casa

El único club de jazz que existía en Bolivia cierra tras 18 años de actividad, y sus propietarios aún no encuentran otro local

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 02 de mayo de 2016

El único club de jazz que existía en toda Bolivia, el Thelonious, cerró esta madrugada. O tal vez aún no, porque si usted está leyendo esto el domingo temprano hay posibilidades de que los más resistentes sigan apurando las últimas notas en el local de la avenida 20 de Octubre. Entre ellos estarán músicos y aficionados, además de los dueños, Beto del Solar, Pablo Maldonado y Juanki Carrasco, quienes han elegido esta fecha con cierto humor negro, pues ayer sábado se celebraba el Día Internacional del Jazz. Tras 18 años venciendo todo tipo de inconvenientes el Thelonious ha tenido que ceder ante el negocio inmobiliario, al que bien poco le importan la música y el ambiente bohemio de Sopocachi. El jazz tiene que dejar libre el terreno que ocupa en régimen de alquiler para que en él se levante un, seguramente altísimo, edificio de departamentos.

Para los promotores de viviendas el negocio es lo principal, pero para los dueños del Thelonious, no. Compraron el club hace cinco años, cuando estaba a punto de desaparecer, porque eran clientes fijos y amantes de la música. Desde entonces han invertido tiempo y dinero en mantener y reforzar el club —que ocupaba el lugar donde antes estuvo el también mítico local de rock El Socavón— sin sacar un provecho que les permitiese abandonar sus trabajos.Mientras limpian la barra y mueven sillas e instrumentos, Del Solar y Maldonado aseguran que sí, que lo suyo es duro, pero que “a quienes hay que admirar es a nuestros músicos, que llevan una vida complicada: para sobrevivir tienen que tocar cosas que no les gustan y eso les quita tiempo para hacer lo suyo”. A ellos han dedicado el Thelonious: “éramos el único bar donde solo había que llegar con el instrumento y tocar porque lo poníamos todo, incluso la batería y los atriles”. El bajista Christian Laguna asegura que, gracias a ese esfuerzo, el local se convirtió “en el segundo hogar para los músicos, porque aquí nos juntábamos, tocábamos, escuchábamos y compartíamos”.

COMPARTIR. Los profesionales disponían de las noches de los viernes y los sábados, pero los demás días han servido para dar cancha a los aficionados con nivel y a los jóvenes que estaban empezando. Unos y otros se juntaban en las jam sesions que por temporadas eran más o menos regulares y en las que “se han descubierto nuevos talentos que podían dar el salto”, recuerda Laguna.

Y también se compartía a escala internacional, porque el club se convirtió en el bar oficial del Festival Internacional de Jazz de La Paz, el Festijazz, y en él tocaban y hacían amistad los artistas nacionales y los extranjeros. Quien se subía al escenario del Thelonious era un músico de jazz o, si no, se imbuía de ese espíritu, porque también se han escuchado muy escogidas bandas de rock como Altiplano, Black Jack o Go Go Blues. Aunque este último año la selección de los carteles para cada noche se ha vuelto más auténtica o más purista y se ha reservado a lo jazzeros, que difícilmente encuentran otro escenario en la ciudad.

Del Solar y Maldonado consideran que el mayor logro del Thelonious ha sido esta promoción de jóvenes músicos, a lo que ha ayudado mucho La Big Band Juvenil, un conjunto de 18 instrumentistas dirigidos por el veterano saxofonista Juan Pereira, que ahora se van a quedar sin casa. La banda no solo tendrá que encontrar dónde ensayar y tocar regularmente, sino también un depósito para conservar las partituras y material que han ido acumulando, y alguien con tanta paciencia y tanto amor por la música como los dueños de este bar, porque “una cosa es escucharlos en un concierto y otra aguantar los ensayos de 16 tipos que se equivocan, paran, repiten, discuten…”.

CONTINUIDAD. Incluso si apareciese alguien con tanto aguante, no resulta fácil que se vuelvan a dar las circunstancias favorables que crearon y mantuvieron al Thelonious. De hecho, la idea de los socios es continuar con el bar, pero por el momento no encuentran dónde. El dueño del predio les ha ofrecido instalarse en los bajos del nuevo edificio, pero para eso hay que esperar dos años a que termine la construcción. Ya han realizado una intensa búsqueda de locales disponibles y con licencia en Sopocachi y no parece ninguno. Una alternativa sería trasladarse a Calacoto, pero allí tampoco encuentran el lugar adecuado, ni el público. Un par de años atrás el Thelonious se aventuró a abrir dentro del Automóvil Club Boliviano un segundo bar que no tuvo éxito: “La gente quería música para bailar y, evidentemente, eso no es lo nuestro”. Ahora se celebran sesiones en el Cowork Café, en San Miguel, pero en un ambiente que no corresponde al de un club de jazz por los horarios y la idea general del negocio, una cafetería que funciona desde la mañana.Un club de jazz, para merecer el nombre, tiene que hacer muchas más cosas que programar conciertos semanales. Debe convertirse en ese “hogar para el músico” del que habla Laguna cuando se refiere al Thelonious. Para él, lo ideal sería refundar el bar y llevarlo un poco más allá: que funcione como una asociación de músicos y no músicos que luchen para crear un espacio abierto en el que además de tocar se pueda impartir talleres, producir eventos… En definitiva, dar apoyo a los músicos para que ellos hagan crecer el jazz en La Paz, aún más de lo que ya lo ha hecho en estos 18 años, gracias al Thelonious.

Ha de ser el lugar

Óscar García - músico

Es el lugar. Algo tiene. Algo tuvo. Desde hace mucho. Ahí se hizo una suerte de ritual cuando un cuarteto de guitarras, de las de palo, tocó una música contemporánea y recitó un texto a cuatro voces, como si se tratara de un habla escandida, rítmica, de antigua métrica. Y fue que ocurrió a la luz de las velas. Se había cortado la luz. Se estaba inaugurando un bar. El Socavón. Y tropezaron las gentes hacia adentro por voluntad o por casualidad. No hay casualidades. Son decisiones y accidentes. Los accidentes ocurren cuando todas las cosas y las no cosas se ponen de acuerdo para hacer parecer que un accidente hubo. Es el lugar. Seguro.

El lugar que a lo mejor en la oscuridad y en la inhabitabilidad vive a espaldas de la gente. La gente lo alimentó desde hace mucho. Le puso las risas necesarias y los golpes precisos. Le puso tanta vibración que no debe haber ninguna esquina, ninguna madera que no esté viva, esperando que todo comience de nuevo.

Un trombón sonando en la principal nave de una iglesia, en una abadía puesta en lo alto de un cerro, rodeado de bosques que no son digitales sino verdaderos, de esos de abedules y de pinos, de esos en los que hay lechuzas y ardillas y las ardillas buscan bellotas y éstas, esparcidas por los suelos, se acurrucan en los frágiles regazos de los sapófritos. Y la vida vuelve. Un trombón sonando ahí, ahí adentro de la nave, produce tal cantidad de armónicos que el ambiente se vuelve en determinado momento en un campo de texturas densas, de racimos sonoros yendo y viniendo, haciendo y deshaciendo. Una experiencia total, bucólica, extrema.

Así ha de ser el lugar que el Thelonious va a dejar. El Thelonious no es el apellido, aunque sí lo es, pero no aquí. Aquí es el lugar en el que se están quedando, como en la nave del trombón, todos los armónicos posibles de todas las voces y de todos los instrumentos y de todos los dedos que dejaron ahí sus vibraciones. No de esas que se generan y compran y venden en sesiones de sanaciones a cambio de materiales diezmos. Otras, otras vibraciones que se hacen (pasando por la extrema mecánica del oído) sonido. Consumado en medio de la tenue luz y envolvente. Fugaces unos, más estirados los graves que salen de la cuerda tensa de un contrabajo apoyado al descuido, en el rincón de los amantes. Sonido, con todas sus físicas y sus perceptuales misterios. Sonido que va a quedar y transformarse, porque de energía se trata, quién sabe en qué cosas cuando se instale ahí mismo una caja de zapatos con ventanas y con cuartos para empleadas que se supone deben habitar un espacio de un metro por un metro para dormir colgadas de un perchero.

Es el lugar, aunque su nombre viaje y vuelva convertido en otro espacio y otros cerramientos. Es el lugar el que no va a ser repetido ni llevado ni puesto en un camión con todos los bártulos arriba. Irán las mesas y los focos, irá una botella de pisco a medias, un cigarrillo aún prendido. Irán encima los espejos, de todas las clases y para todo uso. Pero no las melodías improvisadas, ni los cantos buenos ni los malos. Ya se sabe que de vigor musical y de imposturas dulces como la melcocha también se hicieron todas las exuberancias melódicas de las antiguas paredes del lugar. Irán encima, con los bultos, los enchufes y los taburetes. Pero no el baterista que aún está sentado ahí, después de un siete por ocho rígido y desgarrado. Se irán a lo mejor largos años cargados de otros tantos nuevos. Pero el lugar, ese lugar, va a estar ahí, para lo que se necesite o para quien corresponda.

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