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El nacimiento del intelectual en Bolivia

Pensamientos y pensadores a principios del siglo XX

La Razón / Salvador Romero Pittari (1939-2012) - Sociólogo

00:00 / 22 de abril de 2012

Los intelectuales de esta tanda quisieron ser los abanderados de la modernidad que buscó cambiar la sociedad, por medio de la razón, la ciencia y la enseñanza, destinadas a forjar una mentalidad distinta. El primer cuarto del siglo XX fue un momento de grandes debates. Se sintieron cómodos en las polémicas de la época ya fuesen sobre la educación, la condición del indio y el cholo, la democracia, la pena de muerte o los tratados internacionales. Mezclaron los resultados de las ciencias de su tiempo con un desenfado iconoclasta, en un cocktail explosivo.

La controversia acerca de la educación movilizó a Sánchez Bustamante, F. Tamayo, F. S. Guzmán, Finot entre otros. Cada cual planteó con vigor sus puntos de vista en los cuales reaparece el tema del universalismo y el localismo, de manera específica en la enseñanza de los grupos indígenas. (...)

El ruido y las tempestades provocados por la sublevación indígena finisecular los condujeron a interrogarse sobre la explotación, los abusos que sufrían los pueblos indios, definidos por los rasgos que la herencia, el medio, así como la historia les impusieron. Un determinismo atemperado predominó en sus concepciones del problema. También se ocuparon de la subversión de rangos como llamaron al ascenso del cholaje, del que desconfiaron. Arguedas pasó como el principal estigmatizador del indio y el cholo, en verdad lo fue más del último que del primero. A Tamayo se le adjudicó el haber reconocido la fuerza y las virtudes del indígena, paralelas a la denigración del cholo y el blanco. ¿Pero cuán distantes se hallaban el uno del otro? Seguramente menos de lo que supusieron ellos y el público. Si Arguedas retomó en Pueblo enfermo los estereotipos negativos de aymaras y quechuas, cholos y blancos que circulaban en su sociedad, en las novelas de ambiente rural inició la defensa del indio contra sus patrones. Mostró la sabiduría de sus conductores donde se amalgamaba la experiencia con los libros, con las tradiciones y leyes del mundo originario, capaz de inculcar a sus hermanos el sentimiento de dignidad y responsabilidad, el amor y la libertad. Tamayo, por su parte, destacó la energía del indio, sin olvidar de poner límites a su capacidad. Había, pues, entre los dos escritores elementos en común que provenían de compartir horizontes culturales y de su fe en la educación, si bien concebida de manera muy diferente por el uno y el otro. Ambos estuvieron persuadidos de la influencia de su obra en la evolución de la sociedad boliviana.

La novela realista que cultivaron Arguedas, Canelas, Chirveches, Finot, Mendoza, con la que expresaron muchas de sus preocupaciones, descubrió sus habilidades para pintar mundos y narrar historias. Con prosa clara y argumentos sencillos, hicieron una crítica de las prácticas sociales y políticas, fustigando asimismo a los personajes en ascenso social, a los nuevos ricos, a los poderosos del día, a la hipocresía de la moral convencional. Captaron con ojo irónico la textura enrevesada del medio social de las pequeñas ciudades y poblaciones de Bolivia, a horcajadas entre dos épocas. Las imágenes y personajes eran sin duda simplificados y hasta deformados, pero efectivos para agitar la poltronería del ambiente.

HISTORIA. Impulsaron los ensayos y los estudios históricos que entraron de lleno en el propósito que caracterizó al grupo de poner en claro la naturaleza y las causas de los problemas nacionales, pusieron una fuerte responsabilidad en la inestabilidad política y las dictaduras que cam-  pearon en la sociedad boliviana y en el continente durante el siglo XIX. Ése fue el ámbito de intereses donde se movió la intelectualidad que se iniciaba. Sus investigaciones pusieron de manifiesto el daño ocasionado al país por el despotismo. Sin embargo, sin quitarles nada de su gravedad, crueldad, a un Melgarejo, Morales o Daza no fueron éstos encarnaciones del totalitarismo absoluto que asolaría al mundo en las primeras décadas de la siguiente centuria, construido por una voluntad política e ideológica, impregnada de una visión dualista de la sociedad que pronto alcanzaría a los últimos hombres del contingente inicial, revelándoles una forma de violencia imparable, de una dimensión insospechada y para la cual no estaban preparados. Los que vivieron para ver sus encarnaciones históricas no las comprendieron en su total magnitud. Este sería el parteaguas con los intelectuales que llegaron después.

El horror que provocaron los regímenes totalitarios despertó con el tiempo las sensibilidades políticas, sociales y éticas de hoy, opuestas en todo a esas experiencias dolorosas para la humanidad. El despotismo decimonónico, arbitrario, estuvo más ligado al carácter de quienes lo ejercieron, a la limitada educación de la sociedad que a ideologías como las defendidas por los socialismos o nacionalismos del siglo XX, que no acaban de desaparecer.

Al concluir el conflicto del Chaco, surgió otro tipo de escritores,  cuando el país y el mundo habían ya cambiado. El socialismo en Rusia y los nacionalismos fascistas en Italia y Alemania, que vehiculaban ideologías que separaban a las sociedades en mitades antagónicas e irreconciliables, que postulaban además un corte en la historia, un antes y un después que se inauguraba con esos regímenes, se volvieron realidades incontrovertibles. El horizonte político y social de los intelectuales de entonces se estrechó tanto que tuvieron que escoger entre una y otra, cualquier opción distinta apareció como irrelevante. El compromiso político partidario, que también caracterizó a los primeros, pasó por delante, dominando los otros papeles, en los hombres de la segunda camada.

LEGADO. La herencia de sus predecesores aún estaba en la escena, pero los recién llegados se sintieron inclinados a separarse y enfrentarlo de manera radical, con ideas, formas de escribir y entender el oficio diferentes. Concibieron la ruptura con el pasado como completa en correspondencia con las mutaciones del mundo y con la revolución que llegaría. Estuvieron convencidos que sus acciones y sus obras superaban, dejaban atrás, hundían lo hecho antes, que caía, según la posición adoptada, ora en el campo de la burguesía, ora en el de la anti-nación. En muchos aspectos consiguieron mostrar las preocupaciones primeras como caducas, en otros más bien posibilitaron reencauzarlas hacia nuevos problemas y derivaciones.

El mundo de los años 30 para los intelectuales de la cohorte inicial estaba preñado de fenómenos inéditos de los que no se escabulleron para considerarlos, si bien no calibraron todas las implicaciones que acarreaban. Ellos también en su momento se definieron como innovadores, pero a diferencia de lo que les ocurría con los que estaban recientemente saliendo, no intentaron hacer tabla rasa del trabajo de sus antecesores, ni podían hacerlo. La importante obra de G. R. Moreno, por ejemplo, fue el modelo para varios historiadores como Gutiérrez, Arguedas, Finot. (...)

Los intelectuales surgidos de la época del Chaco pugnaban, en cambio, por crear a todos transe otras visiones de la realidad nacional y maneras nuevas de percibirlas, utilizando un lenguaje vivo, fuerte, para borrar las anteriores. Los temas de ataque eran de sobra conocidos, pero los argumentos en los que se apoyaron eran novedosos. Para C. Montenegro, uno de los gestores de la ideología del nacionalismo revolucionario, la obra histórica “argueduna” era una suerte de brulote donde la naturaleza de los sucesos pasados ha sido suplantada por una aparente realidad creada por el propio historiador que sin falsificar los hechos, falsifica su valor con nefastas consecuencias para el futuro de Bolivia.

(Fragmento de El nacimiento del intelectual en Bolivia, 2009).

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