Tendencias

Las narraciones no necesitan moraleja

La necesidad de mirar al otro para acabar de conocerse o reconocerse. Tal podría ser una síntesis de la intención de Yvy Maraey.

La Razón / Rubén Vargas / Periodista

00:00 / 27 de octubre de 2013

La necesidad de mirar al otro para acabar de conocerse o reconocerse. Tal podría ser una síntesis de la intención de Yvy Maraey. Tierra sin mal, la nueva película de Juan Carlos Valdivia.

Afortunadamente es mucho más que ese enunciado. Los reclamos de la identidad adquieren fatalmente el peso de su circunstancia. Y la circunstancia de hoy —el bullicio del discurso plurinacional en contradicción con la práctica estatal brutalmente nacionalista— puede convertir fácilmente ese reclamo identitario en una pose defensiva —autoafirmativa— por más auténtica que sea la preocupación que la anime.

Especialmente cuando el “otro” secular de esas preocupaciones —el indio— está ahora en el poder, por lo menos nominalmente.

Resulta interesante, por ello, que Valdivia se haya animado a urdir para la pantalla una aventura de esa naturaleza. La antigua fórmula narrativa del viaje al mundo que se desconoce para hallar en él las claves del conocimiento propio resulta interesante, en este caso, porque no soslaya la circunstancia sociopolítica aludida. Es más, la integra como uno de sus resortes narrativos. Y ello, por lo menos, complejiza las cosas. (Cuando Jorge Sanjinés decidió contar —y cantar— la épica del nuevo Estado en Insurgentes se resignó a la más convencional y reaccionaria de las formas narrativas: la galería de héroes.)       

Ello debería bastar para eludir el fácil expediente de hacer de esta película de Valdivia una road movie más o, peor, el periplo por las carreteras nacionales de un par de sujetos que empiezan como diferentes irreconciliables y terminan como grandes amigos. Son fórmulas narrativas tan antiguas como La Odisea o tan nuevas como París Texas. Nada nos autoriza, sin embargo, a pensar que cuentan la misma cosa. El asunto es pensar en el artefacto narrativo específico que se construye sobre ese andamio. En este caso, el artefacto narrativo y visual que se nos pone frente a los ojos.

Y en lo que toca a lo visual —se lo puede decir rápido—, Valdivia gana la batalla desde el principio: Yvy Maraey es una película bella, en el sentido más antiguo e inmediato del término. Entra por los ojos. Ello debería satisfacer al conflictuado personaje-cineasta de la película que tanto se preocupa por el sentido o el sinsentido de registrar imágenes. Para ese personaje —y quizás para Valdivia— también podría resultar suficiente haber llegado al Chaco y conocer su geografía y su gente. Las buenas narraciones prescinden de moraleja. Después de todo, lo dice el personaje guaraní: la Tierra sin mal no existe.

Entre los indios “auténticos” —el registro antropológico de Nordenskiold a principios del siglo XX que tanto interesa al personaje— y la “utopía guaraní” —la película que dentro de la película filman los guaraníes sobre su propia historia— está el filme de Valdivia. Este filme de Valdivia. Una buena salida. Una buena respuesta.  

Ficha técnica

Título original: Yvy Maraey. Tierra sin mal.

Dirección: Juan Carlos Valdivia.

Argumento: Juan Carlos Valdivia, Elio Ortiz. Guion: Juan Carlos Valdivia. 

Fotografía: Paul De Lumen. Montaje: Juan Pablo Di Bitonto.

Arte y diseño: Joaquín Sánchez. Vestuario: Mariana Sandoval.

Música: Cergio Prudencio. Sonido: Ramiro Fierro.

Producción: Joaquín Sánchez, Matthías Ehrenberg, Rosendo Ticona, Ricardo Kleinbaum.

Intérpretes: Juan Carlos Valdivia, Elio Ortiz, Felipe Román. Bolivia / España / Suecia, 2013.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos