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Las ‘ñatitas’ de mi vida

Milton Eyzaguirre se basa en su tesis de maestría, que ganó el Concurso Nacional de Tesis 2016, del Centro de Investigaciones Sociales (CIS).

Las ‘ñatitas’ de mi vida.

Las ‘ñatitas’ de mi vida.

La Razón (Edición Impresa) / Denise Y. Arnold / Antropóloga

00:00 / 01 de noviembre de 2017

En Los rostros andinos de la muerte. Las ñatitas de mi vida, el antropólogo Milton Eyzaguirre examina las ideas, en los andes bolivianos, en torno a la muerte y, sobre todo, respecto a los cráneos de los muertos, llamados en el lenguaje popular “ñatitas”.

En general, el estudio de los cultos no ortodoxos de la “religión andina” recibe poca atención a nivel académico, teniendo relevancia solo dentro de la arqueología. Entonces, es bienvenido un estudio sistemático y comparativo que examina estas ideas en distintos periodos y contextos.

El trabajo de Eyzaguirre demuestra el cercano nexo entre los entierros en general, la atención ritual hacia los cráneos en particular y, también, respecto de los ritos agrícolas en torno a las lluvias durante la época húmeda del año.

Según el autor, los cráneos están vinculados al mundo ancestral, al bienestar, a la abundancia económica, a las relaciones de amor y a la fertilidad de las personas y de la producción agrícola poslluvia, aunque también señala que en ciertos casos se recurre a los cráneos para contrarrestar un periodo demasiado lluvioso.

Existen también otras ambigüedades en torno a los cráneos: si son de los ancestros o de sus enemigos, o si, más bien, son el resultado de muertes violentas. Esta ambigüedad es evidente cuando se habla de dos tipos de ñatitas: las “buenas”, que se usan para el bien, y las “malas”, que se usan para hacer daño o brujería. Asimismo, otra gama de ambigüedades se origina en los procesos de evangelización cristiana en los andes; por eso, Eyzaguirre se pregunta si las ñatitas son equivalentes a los santos, a los dioses menores del panteón regional o a los diablos. En este punto, el autor evidencia el nexo particular entre santos y las momias ancestrales.

Lo mismo ve en las ideas respecto de los muertos en general: si son ya parte del cielo y de Dios o, más bien, son parte del mundo de los supay, el cual dramáticamente pasó de ser el espacio de los muertos al mundo de los diablos en la colonia. Quizás por esa dualidad introducida en los andes, el autor sugiere que las calaveras actúan como intermediarias entre ambos mundos e, incluso, como jueces que arbitran entre los dos espacios, siendo parte del sistema de justicia de cada lugar. Así, las calaveras suelen identificar ladrones o casos de adulterio.

Como es sabido, las ñatitas de La Paz reciben bendiciones en misas cada 8 de noviembre, una semana después de Todos Santos. El periodo de atención a los cráneos dura todo noviembre, hasta la fiesta de San Andrés, el 30 de dicho mes, coincidiendo con el inicio de las lluvias. Los dueños guardan los cráneos el resto del año dentro de sus casas, pero en tales fechas los sacan en féretros, bultos, urnas de cristal o cajones de cartón o madera. A veces, los muertos son también desenterrados y reciben segundas exequias. Los difuntos son, además, recordados semanalmente cada lunes.

Según Eyzaguirre, los ritos a las ñatitas fueron invisibilizados hasta 1995, por ser “supersticiones indígenas” que iban en contra de las enseñanzas de la Iglesia. Pero, desde aquel año, se comenzó a llevar los cráneos con más confianza a que “escucharan misa” en la capilla del Cementerio General de La Paz y a cementerios en El Alto. Luego de escuchar misa, los cráneos eran trasladados a plazas, parques, canchas, calles e incluso a salones de fiesta. La publicidad que los medios hicieron a estos ritos es impactante.

En 2008, sin embargo, nuevamente la Iglesia Católica retiró su voluntad de hacer misas o dar bendiciones a las calaveras. A pesar de esto, los devotos les siguen festejando con banquetes, fiestas de prestes, ofreciéndoles flores, velas, coca y cigarrillos, dándoles alcohol y agua para tomar y cosas dulces para comer, como si fueran personas vivas o, al menos, sujetos vivos en vez de objetos inertes. El hecho de darles cosas dulces y no saladas me llama la atención, pues se les trata como si fueran parte del mundo propio de los muertos y de los cerros, y no del mundo católico.

A mi parecer, el nudo de estas acciones rituales se encuentra en la continuidad de la vida, expresada en la llegada a tiempo de las lluvias y, con éstas, en la aparición de una nueva cobertura verde para la tierra y en una nueva generación de wawas, sean éstas animales, humanas o vegetales. El meollo de la participación ritual en estos procesos generativos radica en el rol que los humanos cumplen en la provisión continua de una nueva cobertura de “carne” para los “huesos” ancestrales, brindando alimento a los muertos, a los cerros y a otros sitios rituales. Este acto ritual se efectúa centrándose en un espacio restringido: en las “cajas” de ofrendas en las montañas, en los “contendores” de las ñatitas o bien en los sitios de ofrenda en torno a la casa. Asimismo, en los ritos de sacrificio dirigidos a los cerros, se intenta reconstruir toda la osamenta del animal sacrificado en las cajas de ofrenda, antes de cubrirlo con la nueva “carne” de hojas de coca y de flores.

Este libro (que se presentará el martes 31 de octubre a las 19.00 en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore, Musef) es muy rico y ofrece a los lectores mucho alimento para recrear de forma innovadora el pensamiento sobre los muertos en los andes y su continuidad en el tiempo.

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