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‘Me niego a entrar en el coro’

La Razón / Rubén Vargas

02:22 / 17 de junio de 2012

Para Óscar Cerruto, la poesía era la voz disidente del coro unánime del servilismo al poder. “Me niego a entrar en el coro” — escribió en su poema “Cuya boca ardía”— “a corear / al perpetrador con sombrero / de probidad. / El abogado de la carcoma / el que dicta lasnormas / y sacude en la plaza / el árbol del usufructo”.

De padre boliviano y madre inglesa, Óscar Cerruto nació en La Paz hace cien años, el 13 de junio de 1912. El centenario del natalicio de uno de los más grandes escritores bolivianos e hispanoamericanos del siglo XX transcurre, sin embargo, en silencio. Un silencio que acaso no le hubiese extrañado al autor de Cántico traspasado. Ese silencio es el precio de una palabra fila como un guijarro que supo como pocas rasgar las máscaras del poder y de sus oficiosos oficiantes.

La obra de Óscar Cerruto es breve. Escribió una novela, un libro de cuentos y recogió su poesía en un solo volumen. Breve pero suficiente.Cada uno de esos libros ocupa un lugar definitivo en la literatura boliviana.

NOVELA. Tenía sólo 22 años cuando escribió Aluvión de fuego. Era, entonces, pese a su juventud, de cónsul de Bolivia en Arica, en plena Guerra del Chaco. Se publicó en Santiago de Chile en 1935, apenas terminó el conflicto bélico, con un entusiasta prólogo de Luis Alberto Sánchez. La aparición de esta obra —ambiciosa en su contenido y adelantada en sus técnicas y escritura— le dio un giro a la literatura boliviana.

Después de Aluvión de fuego las cosas ya no serían las mismas. Así ingresó el joven Óscar Cerruto en la arena de las letras nacionales. Aluvión de fuego fue su primer libro, pero para entonces él ya era un experimentado escritor: desde sus 14 años había frecuentado con poemas y artículos los periódicos paceños; pero no sólo eso, también había agitado sus ideas desde las páginas de la publicación socialista Bandera roja.

Esas dos vertientes —la práctica de la escritura y sus ideas sociales— convergen de cierta manera en Aluvión de fuego. Es una novela ambiciosa en la medida en que pretende ser un retrato totalizador del país. Ahí está la Guerra del Chaco; la historia ignorada de las luchas indias y campesinas —el frente interior: la guerra del Estado contra su propia población—; está también la historia del movimiento obrero: la huelga y la masacre minera.

PROFECÍA. Y están casi con carácter profético. En la escena de la masacre minera de Aluvión de fuego, una mujer vestida de rojo y con unabandera en las manos encabeza la marcha. Años después, en 1942, en Catavi, fue también una mujer — María Barzola— con una bandera en las manos la que cayó primero bajo las balas del ejército. Esa escena la repite plásticamente Jorge Sanjinés en los primeros tramos de su película El coraje del pueblo.

Aquí, se diría, la realidad imita a la ficción, la historia repite lo que prefigura la novela. Cerruto regresó a La Paz al término de la Guerra del Chaco. Inició y abandonó la carrera de Derecho, y más adelante comenzó casi simultánemente los dos oficios con los que habría de vivir y sobrevivir hasta su muerte en 1981: el periodismo y la diplomacia.

En ambos llegó donde tenía que llegar: fue director de El Diario y embajador de Bolivia. De regresó a Chile, en Santiago conoció y trabó amistad con Vicente Huidobro y conoció a Pablo Neruda a quien lo ató un lazo de amistad hasta su muerte. En sus años en Buenos Aires fue periodista del diario Crítica, y asiduo colaborador de La Nación y amigo de Ramón Gómez de la Serna, Eduardo Mallea y Pedro Henríquez Ureña. En 1957, como director de El Diario, viajó a Argelia, entonces en plena guerra anticolonial contra Francia, y allí conoció a Albert Camus con quien después desarrolló una amistad en París. Fue uno de sus invitados a la recepción que le ofrecieron escritores e intelectuales franceses cuando recibió el Premio Nobel.Hubo de inicio un lazo común:

Albert Camus había sido amigo y admirador de Adolfo Costa Du Rels. En 1958 apareció su libro de cuentosCerco de penumbras. La crítica loreconoce como un parteaguas en la narrativa boliviana. Con esta obra, Cerruto rompió con una larga tradición realista e introdujo, a través del género fantástico, una línea de escritura que pone por delante la construcción de mundos de ficción autónomos y regidos por sus propias leyes. Cerco de penumbras se publicó el mismo año que la novela Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz, otra obra clave en el desarrollo de la literatura boliviana.

En 2000, Plural Editores, en su colección Letras fundacionales, puso en circulación la edición definitiva de este libro de Cerruto, prologada y anotada por Luis H. Antezana.

Sus dos primeros libros de poemas aparecieron casi simultáneamente Cerco de penumbras: Cifra de las rosas y siete cantares (1957) y Patria de sal cautiva (1958). En el primero, Cerruto es todavía deudor de una estética que proviene en última instancia del Modernismo. En el segundo, en cambio, ya aparece el Cerruto del verbo afilado y certero que da testimonio de los avatares del tiempo y de la historia. A este libro pertenecen poemas fundamentales como Los dioses oriundos y Altiplano.

POESÍA. Con motivo de las celebraciones de los 150 años de la independencia de Bolivia, en la Biblioteca del Sesquicentenario, apareció Cántico traspasado (1975). En este volumen, Cerruto con una alta conciencia crítica recoge y reordena su obra poética.

Es uno de los libros definitivos de la literatura boliviana del siglo XX. “Palabra en el tiempo como la deAntonio Machado —escribió Eduardo Mitre en un ensayo sobre la poesía de Cerruto—, la poética cerrutiana no se propone la configuración de mundosmeramente estéticos o imaginarios sino que, lejos de ello, quiere ser testimonio personal y colectivo, nacionaly universal, de la condición humana”.

Y también: “El verbo de Cerruto irrumpe desde los círculos y pasillos del poder que el poeta frecuentó en su asidua carrera diplomática. Tal vez poreso no encarne una verdadera marginalidad pero sí una discrepancia en cuanto denuncia la naturaleza espuria del poder basado en la opresión, la persecución y el miedo”.

CLÁSICO.Cerruto es el escritor clásico de la literatura boliviana. No en el sentido más usual de esa palabra, en el que un autor clásico equivale a un autor consagrado o elevado por la cultura de un país a la condición de símbolo. (En estos casos, paradójicamente, ese reconocimiento unánime de un autor suele eximir su lectura.) No, Cerruto es clásico por la manera cómo concebía el ejercicio de la literatura.

“Me pregunta usted por qué escribo —le dijo a Alfonso Gumucio Dagrón en una entrevista recogida en el libro Provocaciones (1977)—. Pues yo mismo no lo sé. En todo caso, no lo hago por ninguna razón grandilocuente, no como respuesta a una ‘necesidad interior’ ni por obediencia a un credo. Escribo por dar forma de expresión a un sentimiento y porque me gusta escribir (cuando escribo). Ese sentimiento, por supuesto, no nace del aire; surge de una realidad dramática, de la visión de un mundo imperfecto. Explicar esa realidad es una de las tareas del escritor; hacerlo de la mejor manera posible puede ser una forma de cuestionarla, de negarla en el sentido bíblico”.

Escribir para él era, entonces, “dar forma de expresión a un sentimiento”. Esa conciencia de la forma, que no es otra cosa que una actitud de exigencia frente a las palabras, es acaso lo que define a una escritura clásica. Pero Cerruto sabía además que las palabras no son transparentes, son fatalmente parte de ese “mundo imperfecto”. De ahí que la búsqueda de la forma no era para él sólo una estética sino, sobre todo, una ética, es decir una posición frente al mundo. Óscar Cerruto murió en La Paz en 1981.

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