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La novela del cacho y singani

La novela de los hermanos Loayza prodiga humor. El cacho y el singani son abordados en el misterio iniciático del kencherío, en el que los personajes se sumergirán.

Autores. Atrás a la izquierda, Álvaro Loayza, y atrás a la derecha, Diego Loayza.

Autores. Atrás a la izquierda, Álvaro Loayza, y atrás a la derecha, Diego Loayza.

La Razón / Ricardo Aguilar

00:00 / 03 de noviembre de 2013

Sin duda, De kenchas, perdularios y otros malvivientes es la novela del cacho y el singani. Escrita a cuatro manos (como si se tratara de un equipo de cacho) por Álvaro Loayza y Diego Loayza, el texto es de raigambre saenziana no sólo por ser Los papeles de Narciso Lima Achá (de Saenz) la primera alusión literaria al cacho, sino por el constante uso de paradojas, tautologías y silogismos muy característicos de Saenz y con los que el narrador y personajes quieren explicar el kencherío, el azar, el cacho y el singani.

De ágil lectura, el relato se desarrolla en La Paz. Rige una ley de prohibición del consumo y venta de singani y de la práctica del cacho, por “los estragos” que estarían causando en la población. Cacho y singani son tratados en la novela como causa y efecto uno del otro, sin poder determinarse nunca cuál de los dos es el origen de esta teleología con tintes místicos.

En las primeras páginas, antes de que la urbe paceña sea el escenario, la narración se ubica en un micro que va del campo a la ciudad. El carro está repleto de campesinos que van a probar suerte a la gran urbe. En esta parte, el narrador insiste en usar la palabra “partida” y sus derivados. El momento de la “partida” del campo a la ciudad, y la “partida” del juego de azar de la vida. Se trata pues de una partida de cacho que, ya en la ciudad, construye la imagen de una hoyada a modo de cubilete, siendo los migrantes y habitantes de La Paz los dados que son agitados por el gran cubilete-hoyada para ser lanzados al kencherío o no de la existencia.

Este azar está en correspondencia con el hilo que conduce el relato: las ocurrencias, que siempre tienen algo de azaroso. El texto está plagado de ellas, provocando el efecto de un humor pirotécnico. Una vez más, esto se relaciona con el cacho: la ocurrencia es vital cuando se lo juega, desde antes del primer lanzamiento de dados, es decir cuando uno debe bautizar a su equipo; luego, la ocurrencia no pierde importancia, pues el cacho no sólo se juega con la mano, sino también, y sobre todo, con la lengua: ésta es necesaria para jactarse de los póker de mano que uno haga y ridiculizar los tiros del oponente.

Así, las ocurrencias guían, un poco al azar, el sentido de la narración, sin ser desarrolladas, sino solamente lanzadas como dados. De este modo, las ocurrencias se prodigan en un gasto correlativo a la esencia de todo juego y del arte: es decir aquello que excede la utilidad y la necesidad. Entonces se dirá del juego del sapo que es un “bastión de resistencia” contra la arremetida cultural de los Estados Unidos; o aparecerá “un químico ruso nacionalizado orureño” encargado de un alambique ilegal; el cura Idelfonso, tras dar una puteada por no agradecer los alimentos antes de ingerirlos dirá: “en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, carajo, amén”; o la quimera del químico ruso que experimenta para crear el “vodkani”; o los títulos de filmes de pornografía nacional entre los que aparecerá “Semental mi querido Watson”; o el nombre del principal salón ilegal de cacho, el “Defensores del Cacho”; o los mismos nombres de los equipos de cacho, como “Los Método Silva de control mental” o “Los kumbaya my lord kumbaya”.

Esta avalancha de ocurrencia es una de las razones por las que la novela es de ágil lectura, se podría decir que el libro puede ser leído en lo que dura una tripleta. Sin embargo, el humor de la ocurrencia siempre fue visto por la teoría literaria como un mérito menor, privilegiando la ironía novelesca, problemática y corrosiva, la cual arrancará no más que una sonrisa, nunca una carcajada. En los Kenchas la ocurrencia tiene precisamente este efecto, los autores apuestan a ella y no al humor serio de la novela moderna, lo cual se relaciona también con su desprecio a la polifonía novelesca.

Mientras los nuevos autores se desviven para lograr complejas estructuras polifónicas en sus publicaciones, mientras hoy casi es un pecado escribir una novela y que ésta no sea polifónica, De Kenchas y perdularios... no da un ardite por la polifonía. Sus personajes parecen sostener un mismo discurso, casi se puede decir que, con dos excepciones menores, todos sus personajes son muy parecidos entre sí: hablan igual, incluso el narrador omnisciente se expresa como sus personajes.

Pero, ¿cuál es ese discurso común? El que trata de explicar la esencia del cacho y del singani en peroratas con tufo a alcohol en que no se escatiman tautologías y silogismos de espíritu saenziano. Así, un personaje dirá ante la prohibición de los dos “vicios”: 

“Mientras haya gente de verdadera cepa cachera, va a haber cacho y mientras haya cacho, va a haber singani”. También se quiere explicar el cacho mediante discursos paradójicos que dicen que el azar no existe, que el kencherío no es mala suerte (pero existe), que “el cacho no es un juego”, que sí lo es, o se insiste en el placer-malestar del singani... Estas figuras de pensamiento contradictorias que se despliegan a lo largo del texto recuerdan al discurso iniciático de los místicos, lo que no es gratuito pues repetidamente se hablará del cacho como un misterio. Así como en el Misterio de la Santísima Trinidad en que el Padre no es el Hijo, pero es el Espíritu y el Espíritu es el Hijo, etc... el cacho es un juego de azar que no es un juego y que no es de azar porque el kencherío no es mala suerte... El misterio del cacho y el singani, a través de la paradoja, nos devuelve a esa indeterminación teleológica de que se hablaba: ¿cuál hace nacer al otro, el cacho al singani o viceversa? Entonces, el cacho, en los Kenchas..., es algo oculto que será descubierto sólo a través de otro misterio: el singani.

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