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28 de noviembre de 1935

Pessoa. El gran poeta portugués y sus heterónimos se convierten en personajes de las narraciones de Tabucchi.

Pessoa. El gran poeta portugués y sus heterónimos se convierten en personajes de las narraciones de Tabucchi.

La Razón / Antonio Tabucchi

00:00 / 01 de abril de 2012

¿Qué hora era? Pessoa no lo sabía. ¿Era de noche? ¿Había llegado ya el día? Vino la enfermera y le puso otra inyección. Pessoa ya no notaba el dolor en el costado derecho. Ahora se encontraba en una paz extraña, como si una niebla hubiera descendido sobre él.

Los otros, pensó, ahora vendrán los otros. Naturalmente, quería saludarlos a todos antes de marcharse. Pero un encuentro le tenía preocupado, el encuentro con el Maestro Caeiro. Porque Caeiro venía desde Ribatejo y tenía una salud delicada. ¿Cómo vendría a Lisboa, tal vez en calesa? Es verdad que Caeiro ya estaba muerto, pero todavía estaba vivo, permanecía eternamente vivo en aquella casa encalada del Ribatejo desde donde contemplaba con ojo implacable el transcurrir de las estaciones, la lluvia invernal y la canícula del verano.

Oyó que llamaban a la puerta y dijo: adelante.

Alberto Caeiro llevaba una chaqueta de pana con el cuello de piel. Era un hombre del campo y se veía en sus ropas.

Ave, Maestro, dijo Pessoa, morituri te salutant. Caeiro se acercó al pie de la cama y se cruzó de brazos. Mi querido Pessoa, dijo, he venido para decirle una cosa, ¿me permite que le haga una confesión?

Se lo permito, replicó Pessoa.

Pues bien, dijo Caeiro, cuando a usted, durante las noches, le despertaba un Maestro desconocido que le dictaba sus versos, que le hablaba del alma, pues bien, ha de saber que ese Maestro era yo, era yo quien se ponía en contacto con usted desde el Más Allá.

Lo suponía, mi amado Maestro, dijo Pessoa, suponía que se trataba de usted.

Sin embargo, tengo que pedirle disculpas por haberle provocado tantos insomnios, dijo Caeiro, noches y noches en que usted no ha dormido y ha permanecido escribiendo como si estuviera en trance, yo siento remordimiento por haberle causado tantas molestias, por haber ocupado su alma.

Usted ha contribuido a mi obra, respondió Pessoa, usted ha guiado mi mano, me ha provocado insomnios, es verdad, pero para mí han sido noches fecundas, porque ha sido durante la noche cuando ha nacido mi obra literaria, la mía es una obra nocturna.

Caeiro se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo de la cama. Pero no es ésta la única cosa que quería decirle, susurró, hay un secreto que quisiera confesarle antes de que las distancias interestelares nos separen, pero no sé cómo decírselo.

Pues dígamelo con toda normalidad, dijo Pessoa, como me diría cualquier cosa.

Verá, respondió Caeiro, yo soy su padre. Hizo una pausa, se alisó sus escasos cabellos rubios y continuó: yo he desempeñado el papel de  su padre, de su verdadero padre, Joaquim de Seabra Pessoa, que murió de tisis cuando usted era niño. Pues bien, yo he ocupado su lugar.

Pessoa sonrió. Lo sabía, dijo, siempre le he considerado mi padre, incluso en mis sueños ha sido usted siempre mi padre, no tiene nada que reprocharse, Maestro, créame, para mí, usted ha sido un padre, aquel que me ha dado la vida interior.

Y, sin embargo, yo siempre he llevado una existencia sencilla, replicó Caeiro, he vivido brevemente en una casa de campo en compañía de una tía abuela, he hablado sólo del tiempo que pasa, de las estaciones, de los rebaños.

Sí, confirmó Pessoa, pero para mí usted ha sido un ojo y una voz, un ojo que describe, una voz que enseña a los discípulos, como Milarepa o Sócrates.

Yo soy un hombre casi sin instrucción, dijo Caeiro, he tenido una vida muy sencilla, se lo repito, en cambio usted ha tenido una vida intensa, ha asumido las vanguardias europeas, ha inventado el Sensacionismo y el Interseccionismo, ha sido asiduo de los cafés literarios de la capital, mientras yo pasaba mis veladas haciendo solitarios con las cartas a la luz de una lámpara de petróleo, ¿cómo es posible que me haya convertido en su padre y su Maestro?

La vida es indescifrable, respondió Pessoa, nunca hay que preguntar, nunca hay que creer, todo está oculto.

Sí, continuó Caeiro, pero insisto, ¿cómo es posible que me haya convertido en su padre y su Maestro?

Pessoa se incorporó sobre las almohadas. Respiraba con dificultad y la habitación ondulaba ante sus ojos. Verá, querido Caeiro, respondió, el hecho es que yo necesitaba un guía y un coagulante, no sé si me explico, de otro modo mi vida se hubiera hecho pedazos, gracias a usted he encontrado una cohesión, en realidad soy yo quien eligió a usted como padre y Maestro.

Entonces le voy a dar un regalo que he traído, dijo Caeiro, son unos pocos versos escritos en prosa, que jamás publicaré, ahora que usted me abandona se los diré de viva voz, son el testimonio de mi afecto por usted. Caeiro sacó una hoja del bolsillo, acercó el papel a sus ojos, porque era miope, y leyó: En estos largos años siempre he contemplado la luna, pero con la mirada nítida he seguido a mi hijo y discípulo, para que mi mirada pudiera ser su mirada, para que la colina que traza mi horizonte pudiera ser su horizonte modesto y magnífico.

Es un poema bellísimo, dijo Pessoa, se lo agradezco, maestro Caeiro, me lo llevaré conmigo al más allá.

Usted ha escrito tantas poesías por mí, continuó Alberto Caeiro, yo también quería despedirle con el homenaje de una persona que siempre he admirado.

Pessoa cerró los ojos por un instante. Cuando volvió a abrirlos la habitación estaba desierta. Tocó el timbre para llamar a la enfermera. ¿Qué día es hoy?, preguntó.

Es la noche del veintiocho de noviembre de mil novecientos treinta y cinco, respondió la enfermera. ¿Necesita alguna cosa?

No, gracias, respondió Pessoa, sólo necesito descansar.

(Fragmento de Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Un delirio de Antonio Tabucchi. Traducción de Javier González Rovira).

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