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Los novísimos se van al cielo

Se murió Ana María Moix y, a los pocos días, también Leopoldo María Panero

Moix. La poeta catalana en 1974.  Foto: El País

Moix. La poeta catalana en 1974. Foto: El País

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 09 de marzo de 2014

Quería escribir una nota que había pensado titular “La balada de Ana María Moix”. Una nota para hablar no de la escritora española que murió el 28 de febrero a sus 66 años y que era justamente reconocida por la consistencia literaria y moral de su obra, sino de la chica de 22 que en 1969 publicó dos libros de poemas: Balada del dulce Jim y Call me Stone. Esos resplandecientes poemas le bastaron a José María Castellet para incluir a Ana María Moix  en su legendaria antología Nueve novísmos (1970). La leí precisamente en ese libro. Y esos poemas me bastaron para acordarme siempre de su nombre.

Después se dedicó a la narrativa y conquistó muchos lectores —entre quienes ya no me contaba yo— y a cultivar la memoria de su hermano, Terence Moix, muerto en 2003.  

En alguna parte de esa nota pensaba decir —casi al pasar— que como muy pocas antologías la de Castellet se jugó por unos cuantos nombres que entonces apenas asomaban la nariz y dio en el blanco. Admiro a los críticos que toman riesgos (y más aun a los que le achuntan). Quería decir eso ahora porque no lo dije cuando se murió Castellet, en enero de este año. Fue un estupendo crítico, editor y lector de poesía que ya en los años 50 supo remover las aguas estancadas de la literatura española de la época franquista. Y lo hacía con una infinita gracia.   

Estaba en esas cuando leí en el periódico que se murió Leopoldo María Panero. Nacido en 1948, Panero fue el más joven de los Nueve novísmos. Cuando lo descubrió Castellet era un poeta inédito de 21 años.

Su historia personal es complicada pero también, a la larga, emblemática. Su padre, un verdadero patriarca que se llamaba como él, fue un poeta e intelectual del franquismo. Estaba cantado que sus hijos iban a ser rebeldes. El mayor,  Juan Luis —se murió el año pasado— también fue poeta, pero a diferencia del padre, fue un poeta muy bueno. Y el menor, “Machi” Panero, también muerto, fue una figura de la movida cultural madrileña.

El del medio, Leopoldo María, fue un poeta tan bueno o mejor que su hermano, lo que es mucho decir.  Y se volvió loco. (Él decía que lo volvió loco España.) Jaime Chávarri retrató la historia de esa familia en un oscuro documental: El desencanto (1976).

Leopoldo María Panero escribió una extensísima obra poética cuando la locura le daba tiempo. Hace ya un par de décadas que a la crítica no le quedó más remedio que reconocer que —loco o no— estaba frente a uno de los mejores de su generación.

El año pasado, el último día de la Feria del Libro de Madrid en El Retiro, una multitud se agitaba en torno a Joaquín Sabina. A 20 pasos, en otro stand, Leopoldo María Panero miraba la punta de su cigarro totalmente solo. Si no estaba loco, tenía la cara. La escena era digna de contemplación. Solo por no romper esa perfecta simetría española no me acerqué a pedirle que firmara mi ejemplar de su Poesía completa. Por supuesto que me arrepiento.

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