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Los objetos contra la rutina

Andrés Bedoya expone en el Centro Cultural de España las huellas de su reencuentro con La Paz

Obra. Una fragante escultura de cáscaras de naranja. Foto: Pedro Laguna

Obra. Una fragante escultura de cáscaras de naranja. Foto: Pedro Laguna

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 28 de octubre de 2012

La exposición del artista boliviano Andrés Bedoya que se presenta en el Centro Cultural de España de la avenida Camacho se llama simplemente LPB. Es el código del aeropuerto de La Paz Bolivia.

 “En este caso —dice la presentación de la muestra—, el título hace referencia al retorno del emigrante al país. Las obras que se exponen exploran las expresiones y manifestaciones de la cultura local vistas a través de la mirada de un individuo que vuelve a su tierra y redescubre lo familiar”.

Pues bien, Bedoya ensaya su mirada —la de quien regresa a La Paz después de vivir fuera un largo tiempo— y encuentra los objetos que, precisamente por esa mirada, dejan de ser familiares y se tornan extraños. Una manera de redescubrir lo cotidiano.

Pero los suyos no son objetos encontrados —a la manera del ready made— sino objetos pacientemente construidos a partir de una materialidad o de un gesto sugerido al artista por el entorno urbano que explora.  

Bedoya dice —a contrapelo de lo que generalmente sucede en las versiones locales del arte contemporáneo— que no parte de un concepto para desarrollar una obra. Al contrario, su punto de partida es una determinada materia  para, a partir de  ella, desarrollar un concepto.

Esta opción introduce una variante decisiva a los usos y costumbres del arte conceptual que se practica en estas lejanas provincias: a Bedoya le interesa, en primera instancia, la materialidad del objeto, es decir sus cualidades plásticas, visuales y sensoriales.

Esas cualidades son las que, precisamente, pueden atrapar al espectador de esta muestra. El concepto viene después, quizás para darle alguna densidad complementaria a la propuesta, pero ya no para condicionar lo que el espectador debe observar.  

Por ejemplo, Bedoya construye con cáscaras de naranja —con esas largas tiras que desechan las máquinas callejeras de las vendedoras de jugo de naranja en La Paz— una fragante escultura. Es un objeto que manifiesta inmediatamente sus texturas y colores, su voluptuosidad de estado natural reciente (las cáscaras siguen oliendo). Pero, al mismo tiempo, la escultura esconde algo. Basta curiosear la estructura de metal que la sostiene para descubrir el gesto repetido, rutinario, artesanal que ha sido necesario para producir el objeto artístico. Pero eso no es todo, esa es también la huella del origen de la materia de la obra de arte: las miles de transacciones —diría Bedoya— que cotidianamente realizan las vendedoras de frutas en La Paz.

Lo mismo puede decirse de las placas de bronce que se superponen en una superficie construyendo un abigarrado y sensorial objeto. Lo visible también está sostenido por lo invisible. En este caso, por el bastidor en el cual, otra vez pacientemente, una a una han sido sujetadas, como en un tejido, las placas metálicas.      

Redescubrir un espacio cotidiano a través de algunos objetos, eso es lo que ofrece LPB de Andrés Bedoya.

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