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Una obra que increpa y reflexiona

‘Animales domésticos’ no tiene barniz que cubra el horror de la violencia de género.

Actuación. Piti Campos, en una escena del monólogo que protagoniza.

Actuación. Piti Campos, en una escena del monólogo que protagoniza. Foto: Late

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Soruco

00:00 / 28 de mayo de 2017

No es fácil ver Animales domésticos, el último trabajo del taller de Artes Escénicas (Late), especialmente si uno espera que sea similar a anteriores piezas en las que trabajó Piti Campos, como Colgadas (también de Late) y Teresa bailaba... ¿con tacones?, donde la comedia es el vehículo para tratar problemáticas de la sociedad boliviana.

No es fácil porque la obra no barniza la tara que disecciona con el texto. Aunque hay momentos en los que Piti roza el humor, éstos solo acentúan la tragedia expuesta en el escenario y, lo que es lo peor y lo mejor, obligan al asistente a reflexionar si realmente le parece chistoso lo que ve.

Es que los chistes que cuenta Piti, que los muestra con mímica, son un síntoma de un machismo que queremos ignorar, al que estamos acostumbrados pero que los titulares de los periódicos, noticieros y post en las redes sociales nos muestran que sigue allí, presente y que se cobra víctimas.

“La de contabilidad”, dice Piti al tiempo que describe una mujer obesa con brazos imitando una barriga y cachetes hinchados. Odia tal o cual palabra ya que fueron convertidas en armas por la pareja de “la de contabilidad”, a la que mira con pena, ignorando los patentes paralelismos que los espectadores vemos.

Animales domésticos explora a profundidad, de forma íntima, la violencia de género, la violencia intrafamiliar y extrafamiliar. Esto lo hace siempre desde el punto de vista de dos personajes: una mujer y un perro. La cosa es que el espectador nunca llega a estar seguro de si el perro es, de verdad, otro personaje o es una división que utiliza la mujer para hacer más tolerable su martirio. Es que, como describieron las teatristas, el título de la obra hace referencia a cómo incluso las condiciones más crueles se convierten, con el tiempo, en una rutina, algo normal.

El martirio se describe por medio de una violencia cruda, muy bien lograda. Piti no necesita de una contraparte física para simular la realidad de miles de mujeres del mundo. Le basta con un pan, un plato de comida para mascotas y cajas de cartón vacías. Ayuda mucho a la obra que todo en la escenografía es utilizado por la actriz, desde el vestido tirado con descuido en una esquina, hasta un par de candelabros de hojalata.

Pero, peor aún, es cómo se muestra que lo que ocurre se convierte en un aspecto más de la vida cotidiana. Utilizando la voz Piti logra comunicar que su personaje acude al trabajo, prepara la comida, atiende al perro y recibe los golpes de la misma manera.

La única pista de que algo va mal es su desesperada búsqueda de un cambio, sus continuas comparaciones con “la de contabilidad” y que el perro comienza a ocupar un lugar más importante en su vida que su pareja. Y con ella los espectadores aprendemos que la frase más horrible del lenguaje es “Perdón, amor”.

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