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La obra musical de Modesta Sanjinés

Un libro recoge todas las partituras conocidas de una mujer de carácter que se dedicó a la música, además de la poesía, el periodismo y la filantropía

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador La Razón

10:11 / 25 de enero de 2016

En una época en la que en Bolivia y en el mundo se relegaba a las mujeres aún más que hoy, Modesta Sanjinés (1832-1887) utilizó su fuerte carácter para llevar una vida muy productiva más allá del ámbito doméstico al que se suponía que debía limitarse. Administró un importante patrimonio, hizo filantropía, ejerció el periodismo, escribió poesía y, antes de todo eso, compuso música y la interpretó al piano. Nadie sabe exactamente cuántas obras dejó escritas. Por el momento solo se conocen las 34 partituras completas y dos inacabadas que la pianista Mariana Alandia y el compositor Javier Parrado reunieron y publicaron por primera vez en un libro que edita el Espacio Simón I. Patiño.

El violinista francés Denis Clavier fue profesor visitante del Conservatorio Plurinacional de Música durante varios años, a principios de esta década. Enamorado de Bolivia y su música, buscó en los archivos y bibliotecas de París hasta que encontró las partituras que Sanjinés había publicado en aquella ciudad; las primeras, en 1858 y las demás, en una fecha indeterminada después de 1881. En uno de sus últimos viajes a La Paz, en 2003, Clavier tuvo el detalle de traer una copia como regalo para el conservatorio y sus compañeros músicos. Luego pasaron años sin más novedad hasta que el año pasado la historiadora Patricia Montaño, biógrafa de Sanjinés, donó al Espacio Patiño un cuaderno de manuscritos en el que había varias partituras más.

“Fue como descubrir un tesoro”, afirma Parrado, ya que muchas de las obras que estaban en el cuaderno nunca se habían escuchado, solo se suponía que existían porque se mencionaban en periódicos de la época. “Cuando empezamos a tocar las que estaban en el conservatorio nos dimos cuenta de que habían sido transcritas por editores contratados y tenían muchos errores”, recuerda Alandia, mientras que las manuscritas mostraban borrones y manchas, e incluían anotaciones poco claras, porque Sanjinés las había escrito para ella misma.

Alandia, pianista, y Parrado, compositor y profesor de historia de la música, se pusieron a editar las 36 partituras hasta conseguir que “la obra de Sanjinés sea comprensible y cómoda para un músico actual y, por lo tanto, pueda ser tocada y difundida”. La edición ha cubierto varias etapas. Primero, tuvieron que estudiar la grafía de la autora pues, igual que las letras, los signos musicales tienen mucho de la personalidad de quien los escribe y, además, han evolucionado desde el siglo XIX de forma que ahora algunos signos han desaparecido y otros se usan de manera diferente. Luego se centraron en lo que realmente quería decir la compositora, que dejó silencios y acordes sobreentendidos porque no pensaba que nadie trabajaría con aquellas páginas escritas a mano. Finalmente, corrigieron los errores que cometieron los editores franceses.

Toda su labor ha estado presidida por el principio de “respetar la idea musical de la composición original”, dice Parrado, y no hacer más modificaciones que las absolutamente necesarias. “Hay otros editores que intentan mejorar lo que está escrito y lo cambian, pero no es ésa nuestra visión. En varios casos, cuando la duda era muy grave, hemos preferido poner las dos cosas: lo que Sanjinés dejó escrito y lo que nosotros hemos reconstruido”. Porque el libro es lo que en el mundo editorial se conoce como una edición crítica, aquella en la que quedan claramente señaladas las interpretaciones y se sugieren otras posibles. Además, ofrece un texto biográfico sobre la compositora, una reflexión sobre el mundo musical de aquel tiempo, una bibliografía y un catálogo de todos los documentos de los que se habla en el libro.

Los autores han dividido la publicación según su propia clasificación de las obras, que no coincide con la que la propia Sanjinés estableció. Por un lado han agrupado las piezas de carácter, por otro describen las religiosas, y han dedicado un capítulo a las más numerosas: las de música de salón. Estas piezas son todas para piano y se compusieron para animar las reuniones que la alta sociedad celebraba en el salón, un lugar de gran importancia pues en él la gente no solo se divertía, también enamoraba, cerraba negocios y establecía pactos y traiciones políticas. Principalmente sonaban melodías para bailar, como las polcas y los valses. “Que sea música de baile no quiere decir que fuese frívola o de poca calidad; hay algunos valses que no tienen nada que envidiar, por ejemplo, a los que los Strauss escribieron en Europa por aquellos tiempos”, dice Parrado.

En el salón también había momentos para sentarse y disfrutar de piezas más íntimas y reflexivas, compuestas solo para ser escuchadas, como las mazurcas Alto de la Alianza y La brisa del Uchumachi. “Estas obras son mucho más recogidas, de más calado, en ellas la compositora usa un lenguaje más expresivo, dice cosas más interesantes”. Sanjinés compuso otra música, no ya para las ocasiones sociales sino para celebraciones religiosas familiares —tiene varios villancicos, para piano y voz, y adoraciones al Niño Jesús— o para disfrutar ella misma de las melodías. Son las que se llaman piezas de carácter, entre las que destacan unas Variaciones sobre la Canción Nacional (que más tarde sería el Himno) y un tema titulado Zapateo Indio. Baile de los indígenas de los Alrededores de la ciudad de La Paz.

Todas las composiciones de Sanjinés tienen formas europeas, y solo en los temas hacen referencia a la cultura de los pueblos originarios. Entonces aquello se consideraba un avance que adelantaba el periodo nacionalista que marcó la música latinoamericana del siglo XX. El nacionalismo y la música barroca colonial han centrado el interés de los historiadores y los musicólogos, y están muy bien descritos y popularizados en Bolivia y en todo el continente, lo que no ocurre con la música del siglo XIX, que ha quedado medio olvidada.

Sí se sabe que Sanjinés se relacionó intensamente con otros músicos como Manuel Norberto Luna, Mariano y Pablo Rosquellas, César y Luis Núñez del Prado, y Juan José Arana. Todos ellos compusieron obras para la alta sociedad de La Paz, con un tinte claramente europeo y vanguardista —o, al menos, a la moda— pues tenían acceso a las más novedosas partituras e instrumentos gracias a algunas casas comerciales que los importaban de Europa, rompiendo así con el aislamiento geográfico de la ciudad.

Estos músicos se preocuparon no solo por tocar sino también por difundir y educar, y fundaron la sociedad Haydn, un lugar para organizar conciertos, en 1863, y la Sociedad Filarmónica, predecesoras de las orquestas sinfónicas y de los conservatorios. Hasta entonces solo se podía estudiar música en la esfera religiosa, que admitía únicamente a hombres. Además se comprometieron con los problemas que enfrentaba la sociedad boliviana y aportaron su música al esfuerzo de la Guerra del Pacífico, organizando conciertos en los que se escucharon las obras de Sanjinés interpretadas por ella misma y que recaudaron fondos para, por ejemplo, atender a los heridos que volvían del frente o para comprar ambulancias.

En todo este movimiento americano y boliviano las mujeres jugaron su papel y empezaron a destacar. Aquí Sanjinés y —en el continente y en el mundo— la venezolana Teresa Carreño, quien comenzó a darle un toque criollo a la música gracias a variaciones rítmicas y temáticas sacadas de la cultura popular, y que vivió en Europa colaborando con Franz Listz y otros grandes. Un pasado que Parrado se esfuerza por recuperar en sus clases del Conservatorio Plurinacional, en el que no se cuenta con una materia específica de historia de la música boliviana: “Cuando hablo por ejemplo de Brahms, aprovecho para contar algo de sus contemporáneas Modesta y Carreño (…), intento que los músicos bolivianos jóvenes tengan una mejor idea de dónde venimos todos”.

El libro con las partituras de Sanjinés juega un papel muy importante en el rescate de la música boliviana del siglo XIX, un esfuerzo que va más allá. Alandia ya las ha interpretado varias veces en público y se compromete a enseñarla más a sus alumnos: “Difundir las partituras está muy bien, pero no se tiene que perder la tradición oral de transmitir cómo se toca esta música (…), lo que un profesor enseña al alumno no está en un libro y para tocar bien estas obras no basta con leerlas, hay que entenderlas e interiorizarlas”. Parrado y Alandia trabajan ahora para grabar los temas de Sanjinés y publicarlos en un disco, como ya hicieron el año pasado con parte de la obra de Eduardo Caba. Recuperar y socializar la faceta de compositora y pianista de Modesta Sanjinés dará un buen empuje a la música boliviana y, además, seguramente tenga repercusión en más campos pues ayudará a poner otra vez en primera línea a una precursora de la emancipación y de otra forma más justa de ver el mundo, una mujer que se convirtió en modelo de superación para muchas que vinieron después de ella.

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