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A las once de la noche...

A sus ‘Aguafuertes porteñas’ ahora se suman,  póstumamente, sus ‘Aguafuertes cariocas’

Roberto Arlt • Era un trasnochador. Foto: Beatriz Viterbo

Roberto Arlt • Era un trasnochador. Foto: Beatriz Viterbo

La Razón / Roberto Arlt - (1900-1942)

00:00 / 21 de abril de 2013

En 1930, Roberto Arlt —el autor de El juguete rabioso y las memorables Aguafuertes porteñas— viajó a Río de Janeiro como corresponsal. Allí escribió crónicas y apuntes periodísticos. Un libro, de inminente aparición bajo el sello Beatriz Viterbo de Buenos Aires, recoge sus Aguafuertes cariocas. Unos fragmentos para disfrutar por adelantado. Hace un calor de andar en paños menores por la rua. Y a las once de la noche cada mochuelo está en su olivo. ¿Se dan cuenta? ¡A las once de la noche, cuando en la calle Corrientes la gente se asoma a la puerta de los bodegones para empezar a hacer la digestión! ¡Ah, bottiglieriís de la calle Corrientes! Se me hace agua la boca.

Decía que aquí a las once de la noche todo el mundo está en cama. Alguno que otro trasnochador pasa con cara de perro por la avenida Río Branco. Debo estar mal de la cabeza. ¿He dicho que algún trasnochador pasa? Bueno; está bien, trasnochador ¡de las once de la noche! El sujeto se garufea hasta las diez y cuarenta, y a las diez y cincuenta raja para su casa. Y hace un calor como para pernoctar en la acera. Y todo el mundo encamado.

¿Conciben ustedes una tragedia más horrible que ésta? ¿Acostarse a las once de la noche? Porque, ¿qué va a hacer, dígame, después de esa hora? ¿Medir el ancho de las calles, la longitud de la vía, el kilometraje del estuario? Todo el mundo encamado a las once de la noche. A las once, sí, a las once. Yo concibo que se acuesten a las once o diez de la noche los recién casados. Admito que el propietario de alguna de estas meninas no se descuide y a las diez y cuarenta piante diligentemente hacia el nido. Soy humano y comprensivo. Me lo explico y mucho más aquí. Pero ¿y la juventud suelta y libre? “El divino tesoro” la apoliya también. A las once, a más tardar, se calafatea en el catre; y usted gira que gira desesperado por estas calles solitarias donde, de vez en cuando, se tropieza con un negro, que sin estar borracho va riéndose y conversando solo...

Pero ¿quieren decirme qué es lo que puede hacer un porteño en la cama, a las once de la noche?

Prende un cigarrillo. Fuma. Tira el pucho y escupe desde cualquier ángulo. Mete el brazo bajo la almohada, luego la cabeza, después el otro brazo, más tarde encoge las piernas, luego otro cigarrillo, vuelta a expectorar. Larga una mala palabra, medita, endereza la esquena; le dan ganas de agujerear el cielorraso; otro cigarrillo; pasa un tranvía con traqueteo infernal y lo arranca de su levísimo sopor, que prometía convertirse en el conato de un semisueño.

Dan las dos en el reloj, y dan las tres, y dan las cuatro, y no hay sereno que grite: “Viva la Santa Federación”, pero está usted con un ojo abierto y el otro conspirando y pensando macanas a granel. Y entonces usted desesperado, se pregunta por cienmilésima vez:—¿Qué es lo que hace tan temprano en las camas esta gente? ¿Qué es lo que hace?

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