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‘En la orilla’, páginas en presente

Los críticos del suplemento Babelia de El País de Madrid han elegido  a la novela de Rafael Chirbes el libro del año 2013

La Razón (Edición Impresa) / Luis García Montero - escritor

00:00 / 05 de enero de 2014

La realidad existe mientras se cuenta. Los hechos no son un escenario objetivo, sino el resultado de un orden y de una construcción. El instante puede ser muy orgulloso en nuestra sociedad, puede identificarse con un cuerpo deportivo, convertir en imperio la fugacidad de una mercancía, pero resulta incomprensible en sí mismo, no está operativo si no se reconoce en un pasado, es decir, en un modo de intuir el futuro. La realidad es inseparable del sentido.

Rafael Chirbes es uno de los novelistas españoles que mejor cuenta la realidad porque lleva muchos años persiguiendo su sentido. Los lectores hemos celebrado el poder de la ficción, la palabra directa, la mirada certera y seca sobre los personajes y las historias, a través de libros como La buena letra (1992), La larga marcha (1996), Los viejos amigos (2003) o Crematorio (2007). La intimidad de los personajes, el decorado de las vidas privadas y las historias públicas se tejen en un universo narrativo que ordena e interpreta ese argumento llamado España. La dimensión ética perfila la mirada y el vocabulario de Chirbes. Su poder es inseparable de la búsqueda de sentido, de la lucidez.

Quizás podemos situar este sentido en la conciencia de que la Transición no fue en realidad el paso de una dictadura a una democracia, sino la época en la que pasamos de los códigos económicos y vitales del subdesarrollo a las conductas del capitalismo avanzado. Una mutación antropológica. La prepotencia del lujo, encadenada siempre al imperio del instante, no dudó en traicionar los viejos ideales y devorar la memoria al mismo tiempo que cancelaba el futuro como lugar solidario. Los jóvenes rebeldes se iban vendiendo al poder, mientras el dinero lo corrompía todo. Y la mirada de protesta solo encontró en ese camino, ya que todas las banderas se acomodaban a la mentira, las complicidades de la enfermedad. El deterioro del cuerpo ha ido ocupando un lugar decisivo en las narraciones de Chirbes porque la voluntad de maquillaje perpetuo acaba derrotada por la ley implacable de los años y la biología.

La última novela de Chirbes, En la orilla (2013), se sitúa ya en los años de la crisis económica de España y entiende la irrupción de las dificultades como el estado de una agonía generalizada. El narrador busca un paisaje significativo, el pantano de Olba, y coloca un cadáver entre el fango para desatar la lucidez del sentido. La codicia, la traición, las miserias personales, la explotación aceptada como sistema, nos hacen a todos responsables de la agonía, del desempleo, la quiebra de los negocios y la infelicidad. Eva echó mano a la serpiente creyendo que era un collar de esmeraldas. Es “la seguridad de que no hay ser humano que no merezca ser tratado como culpable”, confiesa el protagonista, Esteban, un carpintero, amo y esclavo, que se ha visto obligado a cerrar su taller y a despedir a sus trabajadores.

No hay salida. El presente es la historia de alguien que se arruina al caer en la tentación de la avaricia. El pasado es un padre, educado en los viejos sueños revolucionarios, que se fue separando poco a poco de la vida por culpa de sus propios rencores y de su lejanía ante una realidad despreciable. El rencor conduce también a la falta de sentido y la inutilidad. Y el futuro tampoco parece una alternativa porque los descendientes nacionales siguen la senda macabra del dinero y los que llegan de fuera, empujados por una necesidad anterior, solo aspiran a competir en el festín de la indignidad.

En esta desolación adquiere especial protagonismo una sirvienta latinoamericana. Si los cuidados son el vínculo de una comunidad posible, el síntoma del amor y la solidaridad, En la orilla presenta una realidad muy distinta. La cuidadora ejerce el egoísmo, la hipocresía y el mundo entendido como compraventa. Igual que los demás personajes, pertenece al deterioro y la degradación. La voz narrativa es minuciosa, mancha todos los rincones, se convierte en obsesión, pasa del monólogo a la tercera persona para no dejar nada a salvo, ni desde la perspectiva de las intimidades, ni desde la descripción exterior de la sociedad.

Los lectores de Chirbes llegamos hasta aquí. La realidad es una enfermedad mortal, una vejez sin piedad, un pantano, un vertedero. ¿Y ahora qué? Es el momento de preguntarse si esta radicalidad de la mirada negativa mantiene su lealtad a la lucidez o paga la factura del rencor. ¿Es que no hay nada bueno en la vida? ¿Todo ser humano es sospechoso? ¿El amor resulta siempre una estafa? El buenismo, desde luego, falsea cualquier meditación. Pero, en el otro extremo, conviene también preguntarse por el nihilismo totalitario y su voluntad absoluta de descrédito. ¿Sirven para entender la realidad? ¿No son una forma más de acomodarse a los dictados de un poder que pretende cegar cualquier alternativa? La última novela de Rafael Chirbes me ha dejado estas preocupaciones.

Benito pérez galdós, el maestro

Chirbes elogia los ‘Episodios nacionales’, el libro que leía mientras escribía ‘En la orilla’Rafael Chirbes - novelista

¿Qué vale más, comer o ser comido? Hay que optar entre estos dos papeles: o el del cocinero o el del pobre animal que cae en la cazuela”. Es el dilema que se le plantea al protagonista de Las tormentas del 48, un joven revolucionario que está a punto de dejar de serlo. Acaba de descubrir el valor del dinero —“tan necesario (…) en los días fúnebres como en los alegres días”— y, para conseguirlo, se decide a casarse con una mujer a la que no quiere.

“Mercantilismo matrimonial”, llama él mismo a su acto. “Esto (es) venderse, no casarse”. En cualquier caso, mejor estar arriba que abajo; mejor comer que ser comido. Nos encontramos al inicio de la cuarta serie de los Episodios nacionales. Volví a leerla mientras escribía En la orilla. Galdós como maestro, modelo para cualquier novelista que, además de saberse síntoma de su tiempo, quiera ser testigo.

En ese tramo de los Episodios, un Galdós sesentón y desengañado vuelve la mirada hacia la España de sus años juveniles. El reinado de Isabel II. Un momento de oportunidades. Los bienes desamortizados sirven para enriquecer a los especuladores inmobiliarios; los usureros y los burgueses de nuevo cuño adquieren títulos de nobleza mientras la vieja aristocracia que no ha sabido adaptarse se arruina, la Iglesia mueve sus hilos entre las sombras, el nepotismo y la corrupción minan la Administración del Estado, los militares se pelean por el poder y manejan la desesperación de los de abajo, que son quienes aportan la ración de sangre en el tiovivo de una España intrascendente y trágica.

Galdós captura el fulgor de la historia tejiendo una telaraña invisible en la que, a la vez, queda apresado el propio lector que cree estar a solas con la verdad, sin intermediación literaria. Es justo lo contrario. Para su propósito, se sirve de todas las técnicas: narrador omnisciente, dialogismo, flujo de conciencia, epistolario, cuaderno de memorias…, discute y se pelea con sus criaturas de ficción (al modo en que pasado el tiempo lo harán Unamuno o Pirandello), y compone capítulos enteros como pequeñas obras de teatro, siguiendo el modelo de La Celestina. El lector se mueve de un lugar a otro, entra en cualquier parte, visita los cuartuchos malolientes del Rastro madrileño; los comedores, cocinas y dormitorios donde discurre la vida de la clase media; los vestidores, los despachos, los salones aristocráticos en los que se celebra una fiesta; los cafés: el aire cargado de humo y su vibrante agitación. Recorre de la mano del narrador los encinares y los campos de olivos de Toledo y de Córdoba, ve desplegarse desde la ventanilla de un tren los campos “trasquilados y amarillos” de Castilla, las tierras yermas, las borrosas imágenes de los campesinos pobres, un paisaje que es cristalización de una historia de injusticia.

Leyendo a Galdós oímos las voces de un país, nos enfrentamos al reto de discernir entre una pluralidad de puntos de vista: escuchamos las conversaciones de unos y otros, y se nos obliga a descifrar las diversas hablas de los personajes: la retórica de los políticos, el lenguaje castrense, los estilemas de periodistas y literatos, las tiradas verbales de los folletinistas, las divagaciones escatológicas del clero, los parlamentos de los aristócratas, la jerga forense, el argot de las clases bajas madrileñas o el de los campesinos del delta del Ebro. Todo se le convierte a Galdós en pasta narrativa al servicio de su gran proyecto: levantar un país literario trasunto del país real; descubrir, mediante el pequeño artefacto de la novela, los mecanismos que mueven ese gran artefacto que es España: la novela como modelo que permite aprender el engranaje social.

Llevo más de medio siglo leyendo a Galdós y cada día aumenta mi admiración por su maestría a la hora de construir un universo narrativo desde esa aparente falta de estilo que es dominio de todos los estilos. Admiración también por su modestia. Porque su despliegue de recursos literarios lo lleva a cabo con un pudor exquisito, sin que el lector se dé apenas cuenta; sin que note la tramoya, ni advierta sus deslizamientos, sus travestismos, su trabajo en filigrana, siempre atrapado en la invisible telaraña novelesca. Galdós no es un narrador tradicional, sino un narrador total, un maestro que —eso sí— se sitúa en el polo opuesto de los escritores que convierten su trabajo en espectáculo. En las novelas de Galdós, las cosas fluyen sin dar nunca la impresión de que son fruto de un gran esfuerzo. Se diría que el escritor no existe, que todo nace inocentemente, con extrema facilidad. Hasta ahí llegan su respeto por el lector y su elegancia.

Otros libros de 2013

Canadá

Richard Ford

Anagrama

El potente comienzo de Canadá —“primero comentaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después”— me hizo creer que leería sobre hechos, la intriga descifrándose y la letra deslumbrante de Richard Ford contándomelo. Me equivoqué, no en el brillo de la letra que seguía intacto, sino en la sencillez resolutiva que de antemano le atribuí a la novela y que se desvanecía según hablaba Dell Parsons, un sexagenario profesor regresando a la primavera de 1960, cuando comenzaron a fraguarse los sucesos, y él y su melliza Berner tenían 15 años. “No siempre vamos a sitios. A veces acabamos en ellos”. Great Falls, Montana. El atraco. Meses después, Fort Royal, Canadá: los asesinatos. Canadá en su intriga intimista y turbadora contiene una carga de profundidad imposible de esquivar. Está el desarraigo, la conversión de hechos decisivos en secundarios, los herrumbrosos paisajes que incluye casas y espacios interiores. Y duele el desvalimiento del presente. Sí, tomemos nota: “Hay que vivir como si cada día encerrara en sí mismo una pequeña existencia” o: “Asegúrate de tener siempre algo que no te importe perder”. Un Ford imprescindible. (María José Obiols)

Mi vida querida

Alice Munro

Lumen

El noviazgo cruelmente abortado de una virginal profesora; el fugaz encuentro amoroso en un tren de una joven madre que huye de su matrimonio; ser poeta de provincias y asistir sola a una fiesta de intelectuales; celos mortales de una esposa setentona al aparecer en casa un ligue de juventud del marido octogenario: en cada uno de los diez relatos de Mi vida querida Alice Munro asombra con la vertiginosidad con la que resume una existencia y la puntería con la que enfoca y amplía como con zum sus momentos clave. Sin preocuparse por la linealidad o la cronología, con artísticos saltos hacia delante o atrás, Munro llega al hueso del alma humana, y descubre con delicadeza el punto de inflexión de cada vida, su quebradura. La premio Nobel canadiense retrata personajes del montón, mujeres sometidas por familia, prejuicios de género o religión (estos últimos en una variante canadiense que pone los pelos de punta) y las salidas poco convencionales que encuentran. Lo extraordinario de su arte narrativo —el de una incontestada maestra de la elipsis— es su luminosa dimensión humana, con todas las aparentes pérdidas y dolores que contiene. (Cecilia Dreimüler)

Limónov

Emmanuel Carrére

Anagrama

Limónov: he aquí un hombre que acumula, como los escritores malditos, experiencias (mayordomo, mercenario, político, poeta, mendigo, preso en campos de concentración, cabeza rapada) en distintos lugares (Ucrania, Nueva York, París, los Balcanes, Rusia) con una idea clara: no colaborar con las verdades oficiales. Es por eso por lo que podría ser el héroe que a él le gustaría, un Rimbaud possoviético, o el héroe que necesitamos nosotros, uno que dinamite este Sistema represor, pero gracias a Emmanuel Carrère, que le sigue la pista, le entrevista y se documenta exhaustivamente para construir este fascinante reportaje novelístico, nos damos cuenta de que, en realidad, Limónov es un pobre tipo carcomido por unas contradicciones que le superan. Y salvaje como un cable de acero suelto dando latigazos al azar, no como una fiera dueña de su musculatura y su energía. Pura fuerza impura que Carrère sabe domar con una prosa y un ritmo geniales.

14

Jean Echenoz

Anagrama

Elegante y poderosa es la nouvelle con la que Echenoz nos abisma en la Gran Guerra a las puertas de su centenario. Un cataclismo que el autor francés desgrana a lo largo de 15 capítulos con la eficacia narrativa y la ironía a las que nos tiene acostumbrados. Con la lupa sobre un puñado de personajes —cinco jóvenes de la Vendée francesa movilizados para la contienda y una mujer importante en la vida amorosa de dos de ellos— plasma con breves pinceladas esa catástrofe desencadenada por el hombre, sin el afán de elucidar las estrategias militares o los motivos por los que estalló la violencia. Muerte, devastación, mutilaciones: el horror bélico cabe en apenas un centenar de páginas cuya nítida prosa libre de hipérboles, ampulosidad o redundancias incide en el lector con la exactitud de un escalpelo. 14 es una pieza concentrada, sobria y delicada acerca del zarandeado destino de los individuos en tiempos de calamidades que deja el eco distintivo de la buena literatura. (Marta Rebón)

Intemperie

Jesús Carrasco

Seix BarralTodo es furtivo y, sin embargo, todo sucede en la inmensidad de una llanura, en larguísimas travesías desérticas, en poblados abandonados como si la geografía de la desesperanza hubiese encontrado una nueva patria. Las figuras del cabrero y el niño huido se ligan con una inverosímil fibra emocional, pero el acoso al que esta novela somete al lector es frío y metódico, como si contar la rapiña humana y el desvalimiento solo pudiese hacerse contra el patetismo sentimental. Es novela de espacios sin metáfora, es fulgurante y precisa en su paisaje yerto, de vitalidad tan mineralizada que no queda rastro de ella y si existe se agosta hasta desaparecer. La violencia acecha con una pureza que equipara paisaje humano y moral a través de la mirada fríamente arrebatadora de un narrador que cuenta con un lector cobijado y protegido, e incomprensiblemente culpable de la vida calcinada. (Jordi Gracia)

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