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Bajo el oscuro sol: Vísperas

Bajo el oscuro sol: Vísperas

Bajo el oscuro sol: Vísperas

La Razón / Yolanda Bedregal

00:00 / 01 de abril de 2012

Disparos aislados trizan la noche. Silencio, tenso de expectativa y miedo. Veloz rodar de jeeps y motocicletas. Las radios, mudas. Se entreabre algún visillo cauteloso.

La gente se escabulle interrumpiendo las diversiones del domingo. A la memoria de cada cual acude el recuerdo de lo que otras veces significó esta atmósfera. Habrá quien no puede abandonar su puesto, soldados, policías. El que tiene parientes en el poder, ¡qué no daría para que las cosas no cambiaran! Los que tienen a los suyos en el exilio, ¡qué no darían para que las cosas cambien!

¡Esta ciudad es tan rara! No se sabe nunca. Como su clima: hace sol, graniza, diluvia. A poco, todo está seco; otra vez sol; y puede empezar a tronar más tarde. Achachicala con montera. Por el lado del Illimani sale la luna verde. Nubes enrojecidas. ¡Mal presagio!

¡Ojalá no corten la electricidad! Tantas veces se almacena velas, kerosene, vituallas, y nada ocurre. Otras, se está desprevenido; y sobreviene lo inesperado.

Se agudiza el tráfico: leve, lejano, punza, se atenúa. Rasguños de luz a fuerza de repetirse, enmarañan de cicatrices el ambiente. Enredan el temor y la esperanza. ¿Ambulancias de salvación, mensajes de paz, regueros de conspiración…? Tráfago inquietante. El pulso de la ciudad repercute en las alfombras, en las almohadas, en las cañerías. El agua gotea de otro modo, sigilosa, contenida; las tablas crujen recordando su niñez de árbol. Muebles, papeles callan. Asumen actitudes ridículas, inservibles.

Al tiroteo cerrado del norte responde otro lejano, ralo, al oeste. Abanicazos de fuego espantan a la mariposa oscura que protegía la zona…Un grito, un quejido, el rezongo de un camión que arranca. Un pedazo de tiempo mudo.

Habrá que tratar de dormir, de estar equidistante entre la vida y la muerte. Entre dos amenazas.

Una vez reventó furiosa una represa y acometió casuchas acorraladas en el cerro, arrastrando cumbre abajo ollas, gallinas, canastas, fogones, herramientas. Cuando cesó el desborde, la ciudad era una página dibujada por un demente.

En plena Alameda, entre gritos y banderas improvisadas, la muchedumbre, no ahíta del saqueo, incendió el gran piano de cola. Se erguía la mole negra en tres patas como toro sudoroso, esperando la banderilla que no vino de frente, sino en rastreras lenguas.

Lamieron el barniz hasta dejarlo como una piel enferma; goterones de sangre rojinegra brotaron por los flancos. Los cascos se hundían en el asfalto caldeado; los pedales metálicos trataban de retener el peso del cuerpo orquestal. Al fin cedieron al suelo reblandecido. Maderas rociadas de gasolina apuraban el fuego. El piano cayó arrodillado. Todavía con el pecho henchido resistía, resistía. Y ya no pudo más. Se desplomó.

Entre bramar de cuerdas reventadas se abrió la tapa colosal. Ya no era el toro en reto a la mañana brava. Era pájaro gigante caído de costado (¿desde qué cielos?). El ala impar parecía querer proteger la garganta sagrada. Grifo mitológico derrotado, acezaba con el ala al sesgo. En torno, un coro humano de aquelarre desafinaba impotencia, ira, contento, miedo, curiosidad, inconsciencia. El fuego crepitaba, danzaba, pugnando por entrar a la pulpa de los martilletes. La tapa, erecta todavía, lo impedía. Tras larga lucha, también se abatió sobre la encordadura al rojo.

Del piano en holocausto quedaba aún la boca pronta a descarnarse. Alguien trató de abrirla a lanzazos. Como la resina coagulada la adhería más, otros reforzaron la acción con rejas y postes recién arrancados. Se entreabrió el labio que cubría el teclado. La hilera de marfiles esbozó un rictus final.

Los carabineros conectaron mangueras a la fuente ornamental y el agua piadosamente acalló ese último estertor.

El penacho de humo se inclinó esparciendo hollín, ceniza, astillas.

Olor de ultrajado incienso invadía la atmósfera.

En el asfalto la cicatriz afrentosa. Y huellas indelebles en el recuerdo infantil y en el alma del pueblo.

Ha comenzado a llover a horcajadas. Las intempestivas lluvias paceñas tienen cóleras y también compasión. Sacuden, golpean, acarician; azotan cerros. Se escurren en ríos ocres. Cuando llueve de día, los transeúntes se guarecen en portones, se apiñan en ómnibuses y taxis; las fruteras y vendedores ambulantes cubren su mercancía con tela plástica, confiando en que el agua ha de buscar la primera cuestecilla para escurrirse y el aire seco disimulará pronto las fechorías del chaparrón.

Las lluvias nocturnas suelen ser pertinaces; remojan las zonas fofas y, con inocencia malsana, desmoronan barrios enteros. La de hoy puede ser providencial. Quizá mañana sea un día normal.

Si nada ocurre, mañana seguirá la rutina. Temprano aparapitas, cesta a la espalda, o camiones de hornos modernizados repartirán panecillos y marraquetas a las tiendas. Cholitas de pollera colorida, mantón enflecado, bombín de fieltro, irán al mercado saboreando todavía resabios de su idilio tras el portón.

Canillitas pregonarán los titulares de los rectángulos de medio luto. Maestros, oficinistas apenas despabilados acudirán a marcar tarjeta de control.

Conforme avance el día cambiará la faz de la ciudad. Gente que va al banco, a los juzgados, a los almacenes; cada cual con sus asuntos y quehaceres. Ajetreo callejero; expendio de salteñas. Y será ya mediodía. Hora de salida. Maestros, profesionales honrados, correístas, cajeras haciendo cola ante la parada de ómnibus y haciendo cuentas para estirar los magros hilos de su salario (los gerentes y ministros en sus autos).

(En los ministerios durmiendo expedientes, solicitudes, certificados hasta “el lunes”, un lunes impreciso, mientras por ahí rondan las japiñuñus, esas deidades folklóricas que sorben sesos de criatura y birlan cuanto encuentran para los innumerables bolsillos de su túnica).

Por todos lados vendedores ambulantes, mujeres sentadas en las aceras con su tendal de golosinas, cigarrillos de contrabando o tejidos, juguetes y artesanías caseras. Delante de los edificios en construcción, echados o acuclillados obreros merendando pan con plátanos y papaya Salvietti. Más allá mendigos acurrucados, chiquillos contentos, ricos impávidos. Todos mezclados pasándose por alto mutuamente, ignorando los problemas del vecino, de la misma manera que los gobernantes ignoran las necesidades del pueblo.

Si nada ocurre, así seguirá mañana. (… O quizá todo cambie…).

Si ocurre lo que unos temen y otros anhelan, cercarán la Universidad, el Tránsito, la Alcaldía. Entonces trabajarán de veras, con ahínco, dándose gritos de estímulo; quizá asalten coches oficiales, servicios extranjeros, casas particulares. Habrá saqueo; aparecerán a la vista docenas de costosos artefactos, cuerpos del delito de comerciantes privilegiados socapados por funcionarios que obtuvieron su tajada. Los nuevos ricos derrocados ya habrán huido, amparados por cómplices en picardía.

Puede que se descubran fábricas clandestinas de estupefacientes cuyos verdaderos propietarios, bajo firma supuesta, son personajes de la misma policía, sino del gobierno.

Habrá heridos, muertos, desaparecidos, prófugos, víctimas inocentes.

Si nada ocurre, seguirá la tristeza mansa de todos los días en este país de alturas y bajezas.

Pasado el entusiasmo esperanzado, empezará de nuevo la tristeza más derrotada aún.

Los inmutables montes: desgasta el viento las alturas y nuevo polvo rehace las cumbres. La nieve se derrite y se recobra. Las punas se secan, pero el cebadal vuelve a cubrir el lomo árido. Irrumpen las mazamorras; del sedimento renacen las chacras devastadas. La tierra no se muere como un hombre y los pueblos no se acaban. La serpiente mitológica nace de sus segmentos cercenados.

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