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‘El paraíso está en la luz pasajera...’

Otro comentario sobre la ‘Obra poética’ de Eduardo Mitre publicada en 2012 por la editorial PreTextos de España

Foto: La Razón archivo

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La Razón / José Andrés Rojo - periodista

00:00 / 10 de febrero de 2013

En un poema, dedicado a su hijo Gabriel, Eduardo Mitre le dice: “Hay un país solo, triste, / pobre, mágico, difícil, / casi imposible. Errantes nosotros, / hijo, de allá nomás somos”. De allá: “Oruro fue mi cuna / y el Altiplano la época del aire / y de mi infancia”, escribe en Susana San Juan. De allá nomás somos, de Bolivia. Y, de tanto en tanto, a los errantes les toca regresar.

Ahora, la editorial PreTextos ha reunido en Obra poética los libros de versos que Eduardo Mitre fue escribiendo entre 1965 y 1998. Están sus poemas de muy al principio, luego sus primeros libros, donde estuvo probando su voz y jugaba con las palabras en la página y hacía filigranas. Hasta que, poco a poco, va cogiendo esas maneras que se le fueron conociendo más tarde. Una poesía transparente, cargada con la verdad propia, pegada a la tierra.

En su Testamento, incluido en Camino de cualquier parte, de 1998, les vuelve a hablar a sus hijos (a Ernesto y Gabriel) y les dice al principio: “Siempre díganle sí a la vida / como en su vuelo los pájaros, / aunque se les venga abajo / el cielo, y San Pedro encima. // Nuestra casa es el tiempo: / un desierto y un vergel. / Y a veces —con mar o sin él— / un paraíso terreno”. Y, luego, ya al final: “La muerte no existe. / Existen los muertos. / Todos nos dejan maltrechos / pero vivos. Son buenos. // Les dejo mi verso preferido. / Es de mi amigo Pessoa. / Guárdenlo en la memoria / y protéjanme del olvido: //

Sólo para oír pasar el viento / vale la pena haber nacido”. Tiene razón Pessoa, tiene razón Mitre. Y para quien no lo crea, ahí tiene el Altiplano. El viento del Altiplano.

Mitre nació en Oruro en 1943, pero se fue muy pronto con su familia a Cochabamba. Allí estudió Derecho. Viajó después a Francia para aprender literatura francesa, y luego se instaló en Estados Unidos para dedicarse a la literatura latinoamericana: se doctoró en la Universidad de Pittsburgh con una tesis sobre Vicente Huidobro. Ha enseñado en Nueva York, en New Hampshire, en Cochabamba. Y lleva ya años en Manhattan donde da clases en la Saint John’s University. Copio todos estos detalles de su biografía para dar cuenta de sus vagabundeos. En los distintos libros incluidos en esta Obra poética salen ciudades y lugares muy diferentes: París, Oaxaca, Taxco, Baeza, Úbeda, Querétaro, Hanover, habla de un lugar “donde se juntan las aguas frías del Ayutla y las aguas calientes del Concá”, se refiere a Bruselas, al puerto de Ostande, va camino de Amagá...  

Hay un poema, sin embargo, en el que habla de su regreso. Empuja la puerta del baño, se encuentra con un espejo: “Se asoma y, de pronto, / como de otra orilla del tiempo, / un niño lo mira / sin reconocerlo”. Va por las calles, ve hileras de mujeres con sus retoños, no sabe si son quechuas o aymaras. Ahí está el viejo mundo que dejó hace ya tiempo. Le llega un verso de Óscar Cerruto (“y hasta el olvido al fin se olvida”), se pierde caminando sin rumbo. Está la vieja ciudad, está su antigua casa. No, no ha regresado, escribe Eduardo Mitre, ha venido: “Bajo el cielo natal: / la tierra de la extrañeza”. O también esos otros versos: “Y la tristeza por el pecado / de estar por fin uno aquí / y sentirse extraño”.

No hay manera de regresar, el tiempo lo ha destruido todo. Simplemente se viene. A veces no hay ya ni siquiera casa y, por tanto, ni baño, ni espejo donde haya un niño incapaz ya de reconocer al extraño. Las cosas son así. No importa. Mitre no deja de celebrar la vida. Como en Prólogo al presente: “Abre los ojos. Despierta: / el paraíso está aquí / en la luz pasajera”. O, en fin, no deja de dar cuenta de cómo somos. Ahí está su maravillosa Confidencia de Lucrecio: “Solamente una vez sentí piedad /(esa suerte de indefensión compartida): / fue al comparar y contrastar / la breve duración de nuestra vida / con los ingentes caudales del deseo, / como un vaso destinado / vanamente a vaciar el mar / y a quebrarse en el intento”.

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