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Un paseo alrededor de Efraín Huerta

Hace cien años, el 18 de junio de 1914, nació el poeta mexicano Efraín Huerta; buen pretexto para una relectura de su obra

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 15 de junio de 2014

Desde que publicó su primer libro, a sus 21 años (Absoluto amor, 1935), Efraín Huerta (1914-1982) ha sido (y es) sucesiva o simultáneamente el poeta de las más famosas y emotivas declaraciones de amor y de odio a la ciudad de México; el autor de aquellos textos que él mismo calificó como “poemas políticos” y que expresaron su adhesión y su fe en el comunismo; la voz siempre dispuesta a entonar el amor y a encarnar el erotismo; o el inventor de los explosivos y exitosos poemínimos. Huerta ha sido también (y es) el poeta de la imprecación y el desborde del adjetivo; el amigo (o enemigo) que no resistía la versificación de circunstancia.

Este 18 de junio habría cumplido cien años. A los mexicanos —es de suponer— este año les faltará tiempo para celebrar centenarios. En 1914 nacieron tres luminarias —aunque de muy distinto signo— de su firmamento literario. El 31 de marzo, el poeta y ensayista Octavio Paz; el 18 de junio, Huerta; y el 20 de noviembre el gran novelista —pero igualmente agonista— José Revueltas. En los últimos meses, de Paz prácticamente ya no queda faceta sin esculcar. De Revueltas, a su hora, debería decirse por lo menos que sus novelas —Los muros de agua (1941), El luto humano (1943) y Los días terrenales (1949), entre otras— clausuraron críticamente el ciclo narrativo de la Revolución mexicana y desbrozaron el camino para el advenimiento de un Rulfo o un Fuentes. (Debería decirse también, la frase es de Paz, que Revueltas fue “uno de los hombres más puros de México”.) En 1988, Martí Soler compiló y ordenó la Poesía completa (FCE) de Efraín Huerta. Ese volumen de unas 600 páginas es al mismo tiempo el mapa y el territorio de sus afanes poéticos. Y la fecha, una oportunidad para volver a recorrerlo.       

Huerta cultivó en sus poemas de juventud —Absoluto amor, Línea del alba (1936)— una escritura de corte lírico que recibió parejamente el influjo de la española Generación del 27, especialmente Rafael Alberti y Federico García Lorca, y de cierta imaginería de corte surrealista elaborada a través de los vanguardistas españoles y latinoamericanos. Tempranamente también hizo suya una actitud de compromiso con la historia inmediata, que lo llevó a la militancia política: durante la guerra civil española, como casi toda su generación, se definió por la causa republicana; un poco más adelante, la Segunda Guerra Mundial lo convirtió en un franco propagandista del frente popular y, por supuesto, del bando soviético. Sus Poemas de guerra y esperanza (1943) son una muestra clara de esta actitud. En sus años formativos, participó, junto a Alberto Quintero Álvarez, Neftalí Beltrán y Octavio Paz, entre otros, del grupo y la legendaria revista Taller (1938-1941). “Los poetas de este grupo —escribió Paz en Poesía en movimiento (1966)— intentaron reunir en una sola corriente poesía, erotismo y rebelión. Dijeron: la poesía entra en acción. Su tentativa fue distinta de los ‘estridentistas’ que unos años antes se habían servido de la revolución como otro elemento (sonoro) más, en su estética de timbre eléctrico y martillazo”.

En 1944 Huerta publicó su libro más importante: Los hombres del alba. En sus páginas están contenidos, de alguna manera, los elementos quedefinen su poesía. Está, de un modo irrepetible, la ciudad; la ciudad no solo como presencia temática dominante, que nunca más habría de abandonar la escritura del poeta guanajuatense, sino, sobre todo, la ciudad como un lenguaje, como la irrupción de las voces de la calle. En Los hombres del alba están las famosas declaraciones de amor —“Ciudad que lloras, mía, / maternal, dolorosa, / bella como camelia / y triste como lágrima, / mírame con tus ojos / de tezontle y granito,/caminar por tus calles / como sombra o neblina”— y odio a la Ciudad de México: “Amplia y dolorosa ciudad donde caben los perros, / la miseria y los homosexuales, / las prostitutas y la famosa melancolía de los poetas, / los rezos y las oraciones de los cristianos. / Sarcástica ciudad donde la cobardía y el cinismo son alimento diario / de los jovencitos alcahuetes de talles ondulantes, / de las mujeres asnas, de los hombres vacíos”.

Sin abandonar del todo el tono lírico de sus primeros libros, Huerta impone a estos poemas la áspera modulación, la fuerza, a veces disonante, que solo puede venir de una palabra que se aventura en la realidad de la urbe. Amor y desprecio, lirismo e imprecación, y una decidida toma de partido por los “humillados”, en los que Huerta ve la encarnación de la historia y el futuro, caracterizan a los poemas de este libro.

Hay, por otra parte, en Los hombres del alba, una mayor definición en el lenguaje poético de Huerta, sobre todo, una opción por la metáfora como recurso fundamental; también una ambivalencia que pesará en el curso de su producción posterior: enfrentada a la realidad y al habla de la ciudad, ambas plurales, su poesía no resigna el lugar central que ocupa un “yo”, una primera persona que se instaura como la “voz de los son voz”, como el poseedor y enunciador de “la robusta verdad de los verdaderos hombres”, como reza un verso del poema con que se cierra Los hombres del alba. (Cómo no pensar en Neruda que por esos años ya se había alejado de sus Residencias y andaba construyendo la imagen del poeta como profeta de la historia que plasmaría en su Canto general, 1950.)

Las siguientes dos décadas, el compromiso político —Huerta militó en el Partido Comunista Mexicano, en los 40 siguió la línea del frente popular y fue, como Neruda, abiertamente estalinista— y los temas que dicta el amor dominan sus páginas. La excesiva referencialidad, sin embargo,  a veces entorpece sus textos. Por otra parte, la vena amorosa se expande en registros líricos que, sin embargo, no aportan mayormente a lo que ya había logrado en sus primeros libros. A esta etapa corresponden el mencionado Poemas de guerra y esperanza, La rosa primitiva (1950), Poemas de viaje 1949-1953 (1956) y Estrella en alto (1956).

Pero en 1963 publicó El Tajín y otros poemas y su escritura tomó un vuelo inesperado. No solo el poema que da título al libro, motivado por la visión de una pirámide totonaca, abre para la poesía de Huerta —dominada hasta entonces por una concepción lineal y progresiva de la historia— la alternativa de un tiempo y una escritura míticas, sino que el conjunto del libro expresa una concentración y depuración notables. Dicen las últimas líneas de “El Tajín”:

Oh Tajín, oh naufragio,

tormenta demolida,

piedra bajo la piedra;

cuando nadie sea nada y todo quede

mutilado, cuando ya nada sea

y solo quedes tú, impuro templo desolado,

cuando el país-serpiente sea la ruina y el polvo,

la pequeña pirámide podrá cerrar los ojos

para siempre, asfixiada,

muerta en todas las muertes,

ciega en todas las vidas,

bajo todo el silencio universal

y en todos los abismos.

Tajín, el trueno, el mito, el sacrificio.

Y después, nada.

En este libro hay una gran distancia respecto a la épica heroica y a las certezas de su poesía “comprometida”, así como un cambio de tono, una renuncia a la palabra exacerbada, que puede llevarle a escribir, algo acaso impensable en sus libros de los 40 y 50: “digamos la más noble y secreta / de las palabras: la no dicha”. (Entre nosotros: Óscar Cerruto tiene una versión muy superior de esa imagen: “Una sola palabra / la no pronunciada / porque en ella está / inscrita /  la dispersión de lo que amas.”)Con Los eróticos y otros poemas (1974) y Circuito interior (1977) se marca el ingreso del humor y de la ironía en su poesía. En algunos textos del primero se opera un desplazamiento que vale la pena anotar: Ese “yo” amoroso y profético, pero fundamentalmente trascendente, que domina gran parte de su obra, sufre aquí una metamorfosis: el poeta se proyecta en el poema con muchos rasgos (seguramente) autobiográficos, pero sobre todo como una invención, casi como un personaje. Así, toda una carga anecdótica y circunstancial es transformada y resuelta por medio de una distancia irónica. Lamentablemente este procedimiento de saludable desacralización del “yo” y humor verbal no es parejo; hay textos que en este desborde cae en lo meramente anecdótico, el humor en el chiste, el juego de palabras en previsibles asociaciones.La década de los años 70 es también la década de los poemínimos. En esta afortunada invención de Huerta participan el humor y la ironía y el más caro de sus temas: la ciudad. De alguna manera, los poemínimos son una escritura sobre la ciudad, en el doble sentido de la expresión: como temática y como escritura misma, que en su brevedad y complicidad con el lector adquiere un aire de grafiti, de escritura en los muros. Dice el poeta en “La contra”: “Nomás / por joder / yo voy / a resucitar / de entre / los Vivos.” Y en “Tango”: “Hoy amanecí / dichoso / herido de / Muerte Natural.”  En el prólogo de su antología Transa poética (1979) Huerta ensaya esta definición: “Un poemínimo es un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia y que los años luz no cuentan sino como referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro. Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no la toque ya más, que así es la cosa. La cosa loca, lo imprevisible que te puede caer encima o tan solo te roza la estrecha entenderá —y ya se te hizo”. Y, de verdad, ya se te hizo, como en “Mocambo”: “Hasta ayer / comprendí / por qué / el mar / siempre está / muerto de brisa.”

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