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La pasión de la danza

Norma Quintana presenta un drama que se ha convertido en emblema del taller experimental que dirige desde hace dos décadas

La Razón (Edición Impresa) / Tania Delgadillo - crítica de danza

00:00 / 21 de marzo de 2016

Todos participamos de la Pasión de Cristo. Experimentamos esta pasión cada día en cuanto integramos una humanidad que se comporta unas veces como Pilatos o Judas y, otras tantas, como Cristo. Nos comportamos como hombres y mujeres que contemplan azorados la repetición de este drama, que es el drama de los hombres”. Este es el concepto que sustenta La Pasión de Cristo según San Lucas, la propuesta de danza–teatro inscrita en el género dramático que el Taller Experimental de Danza (TED), de la Universidad Católica Boliviana, bajo la dirección y con coreografía de Norma Quintana, presenta el martes y miércoles en el Teatro Municipal.

El espectáculo se basa en la obra musical La Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, del compositor y director de orquesta clásico Krzysztof Penderecki, un polaco que mantiene al público en una tensión constante gracias a unos recursos sonoros y un lenguaje musical cargados de efectos. Quintana considera la propuesta escénica de La Pasión de Cristo según San Lucas como una obra “emblemática”, pues surgió hace 20 años, en un momento de su proceso vital en el que el trabajo y el acercamiento al teatro le abrieron nuevas posibilidades creativas gracias a la utilización de símbolos y la improvisación. Estos elementos, junto al fuerte acento que se pone en la interpretación, se convierten en los ejes fundamentales de la obra.

El TED nació hace 22 años de la mano de Quintana, bailarina clásica y maestra de ballet, quien decidió abrirse a la experiencia de la creación tras alejarse del Ballet Oficial en un tiempo en el que esta institución pasaba por momentos críticos. Al TED lo llamaron La Burbuja del Aula 26, ya que sus actividades las desarrollaba en una sala (número 26) de siete por siete metros. Este pequeño espacio no solo ha servido para inspirar el amor por la danza y abrir nuevos horizontes para muchos de los que atravesaron sus puertas, sino que también ha representado una oportunidad para bailarines profesionales, quienes no tenían dónde bailar o querían tomar unas clases y mantenerse a punto mientras estudiaban una carrera. Algunos, además, tuvieron la oportunidad de obtener una beca artística que cubriera los costos de sus estudios.

La Burbuja del Aula 26 se constituyó en un proyecto pionero, al menos en La Paz, donde una universidad brindaba a sus estudiantes el privilegio de vivir la experiencia de la danza para enriquecer su formación profesional, y nada menos que a la cabeza de una maestra con una vasta experiencia artística y una sólida formación. “Todos cayeron alguna vez por aquí”, relata Quintana, al tiempo que rememora cómo al menos seis generaciones de estudiantes y bailarines formaron parte de esta aventura. “Era absolutamente surrealista lo que se vivió en esa sala, donde parecía que las paredes se dilataban”, dice.

La concepción de que, alguna vez en su vida, todos los seres humanos manifiestan la necesidad de experimentar el placer del arte, las posibilidades expresivas y comunicativas que las diferentes disciplinas artísticas ofrecen, no es nueva. Autores con diversos enfoques han demostrado que dichas experiencias son fundamentales en el proceso de conformación del sujeto, tanto en su dimensión individual como social. Y así lo considera Quintana, quien defiende que la danza aporta y ha aportado mucho a quienes la experimentan, porque una vivencia así queda grabada en la memoria corporal, tanto como en el ser interior, y deja una huella imborrable.

“Es tanta la vida compartida entre la gente que ha pasado por el taller…”, afirma al recordar anécdotas y momentos inolvidables. “El TED ha representado para mí una escuela de coreografía, un aprendizaje muy valioso. Allí pude aprender que un gesto cotidiano es arte; que antes de ser bailarín, una persona es un ser humano, más allá de la técnica”.

Quintana ha montado varias obras de su creación junto al TED, que abarcan diferentes estilos o géneros como la danza-teatro y el neoclásico. La interpretación y la dramatización son los elementos clave que explota en sus bailarines y que la coreógrafa explora como recursos expresivos, más que buscar la pureza técnica. A pesar de provenir de una escuela rígida como lo es la clásica, reconoce que se vio enriquecida gracias a su acercamiento a la danza contemporánea y al teatro.

Entre los hitos fundamentales en el proceso de formación del TED estuvo la experiencia con César Brie, fundador del Teatro de los Andes, quien en su sede en Yotala, Sucre, —aquel “monasterio laico” como él le solía llamar— por el año 1996, acogió a un grupo de estudiantes del taller de danza y a su directora para desarrollar una experiencia conjunta de intercambio de saberes. Quintana recuerda que la experiencia fue profundamente enriquecedora, ya que desde que salía el sol hasta que se ponía todos juntos, actores y danzarines, experimentaban mucho: acrobacias, improvisaciones, teatro y danza clásica. Esa vivencia ha dejado una profunda huella en su aprendizaje de cómo crear danzas.

La colaboración con Nicholas Rodrígues, coreógrafo y maestro de danza estadounidense, que trabajó con el Taller en 1998, fue otro hito importante porque ofreció a los integrantes del TED una formación complementaria desde el punto de vista técnico. Otra fase decisiva que nombra Quintana la constituye la serie de musicales que montó, abriendo otra posibilidad expresiva para estudiantes y bailarines profesionales que siempre rondaron un taller que aún ofrece el privilegio de participar en clases gratuitas con una renombrada maestra y, además, contar con un lugar dónde trabajar artísticamente.

“El taller es como la danza: efímero, de alguna manera”, dice Norma con cierta resignación, ya que todo maestro quisiera tener un elenco estable por un tiempo más prolongado. Sin embargo, ella aprendió a convivir con esta realidad del ir y venir de los bailarines y estudiantes, e incluso a sacarle provecho. Por La Burbuja del Aula 26 han pasado muchos y algunos han permanecido al menos cinco años, el tiempo que duran sus carreras universitarias: . “Pero esto es como la vida, nadie se queda para siempre en un lugar”, asegura Quintana.

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