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Un patrimonio de Bolivia

El escritor, historiador, político y periodista Mariano Baptista Gumucio, un ‘omnívoro cultural’, recibirá el próximo domingo el homenaje de la Feria Internacional del Libro por su muy productiva vida.

Pasión. “Tomé partido, de una manera apasionada por la cultura, entendiendo que su fomento y expansión salvará a Bolivia como no pudieron hacerlo el salitre, el caucho, el estaño y el gas”, escribe Baptista en el borrador de las palabras que ofrecerá el domingo en agradecimiento al homenaje de la FIL.

Pasión. “Tomé partido, de una manera apasionada por la cultura, entendiendo que su fomento y expansión salvará a Bolivia como no pudieron hacerlo el salitre, el caucho, el estaño y el gas”, escribe Baptista en el borrador de las palabras que ofrecerá el domingo en agradecimiento al homenaje de la FIL.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco / Diplomático y escritor

00:00 / 13 de agosto de 2017

Como aficionado que soy a la historia republicana, me llamó la atención que alguien de mi generación escolar ostentara el mismo nombre del ilustre presidente Mariano Baptista. Era, en efecto, su bisnieto. Y marchaba por las calles paceñas con su hermano Fernando, tan unidos que parecían gemelos. Ellos en el colegio La Salle y yo en el alemán Mariscal Braun. Eran los bravos años 50, en los que la sangre aún tibia de Gualberto Villarroel rememoraba su martirio a manos del populacho alcoholizado. Guardaba bajo mi colchón recortes de prensa y algunos números del pasquín Alambre de púa que, pese a los años transcurridos, seguía atizando el odio hacia el MNR y a la supuestamente tenebrosa logia Radepa. Toda esa malsana literatura produjo en muchos de nosotros admiración por el coraje de los vencidos el 21 de julio de 1946.

Fue durante las elecciones del 6 de mayo de 1951 que, incrustado en la Federación de Estudiantes de Secundaria (FES), apoyé con mis seguidores la candidatura presidencial Paz Estenssoro-Siles Zuazo. En esas andanzas nos contactamos con los Baptista, además de hacer causa común con la juventud comunista. Advino el miércoles 9 de abril de 1952 y en las primeras escaramuzas, ora en la plaza Abaroa o en el monoblock de la UMSA, fusil al hombro nos cruzamos nuevamente con Mariano. Pero nuestra amistad se fortaleció cuando como dirigentes estudiantiles —en memorable congreso en Potosí— armamos la toma de la Confederación Universitaria de Bolivia (CUB) con Baptista (alias Mago) a la cabeza, porque lejos de los pelotones de choque contra el falangismo fascistoide, Baptista era ya Secretario Privado de Paz Estenssoro y autor de Revolución y universidad en Bolivia, su primer libro.

En 1957, pichón de diplomático, asumí la tarea de secretario de la Embajada en Londres bajo la tuición del embajador Víctor Paz. Un año después, Mago fue transferido de Roma en igual función y de esa manera pasamos dos años de intensa fraternidad y múltiples actividades. Por ejemplo, nos matriculamos en aquel interesantísimo curso de civilización y literatura inglesa, que además de pulir los conocimientos lingüísticos nos adentró a la obra de Shakespeare y los modernos de la época, como E. M. Foster o las hermanas Brontë. Por mi parte seguí estudios internacionales en el London School of Economics and Political Science, lo que posibilitó asistir a aquella conferencia dictada por Arnold J. Toynbee, con quien Mago sostuvo, luego, un agitado diálogo.

Fue en el barrio londinense de Hampstead donde nos hospedamos en ese singular internado mixto llamado Belzise Residential Club y donde se fortaleció la complicidad juvenil: marchamos por la paz en Aldermaston, leíamos todo y de todo; en esos esfuerzos comenzó mi verdadera admiración por Mago, por su seriedad prematura y por su voracidad por informarse de todas las aristas literarias, científicas y artísticas en ese cautivante tiempo de la Guerra fría. Era, como siguió siendo después, un verdadero omnívoro cultural.

De la pérfida Albión se autoexilió a Venezuela para soterrarse una década, ¿perdida? No tanto, allí germinó su La guerra final, manifiesto angustioso contra el holocausto nuclear que amenazaba al planeta. De retorno al país, ante el colapso del MNR en 1964, una nueva generación política irrumpió en el escenario nacional: Marcelo Quiroga Santa Cruz, José Ortiz Mercado, Óscar Bonifaz, Eduardo Quintanilla, quienes con la incorporación de Mago y más tarde la mía propia, formamos el cuerpo civil del gobierno del general Alfredo Ovando, ese patriota taciturno que desde el 26 de septiembre de 1969 aspiraba devolver a Bolivia su perdida dignidad en el quinquenio barrientista. La noche negra del militarismo volvió con Hugo Banzer en 1971 y Mago tomó la pluma para combatir la satrapía implantada.

Entretanto desde el destierro en Caracas trabajábamos arduamente para la recuperación democrática que advino con las elecciones generales de 1979. El interregno de Wálter Guevara Arze requirió el concurso de Baptista en la cartera de Educación y Cultura, cargo que ocupó por segunda vez. Nos cruzamos en el mismo camino cuando me entregó el solio ministerial al asumir la presidencia Lydia Gueiler Tejada.

En todos esos años Mago se consagró a escribir libros y más libros sobre la realidad nacional educativa y cultural, criticando el sistema educacional decadente o bien exaltando los valores olvidados de pensadores bolivianos. Desde entonces su pasión por sembrar museos se volvió imparable. Cuando Hernán Siles asumió la presidencia lo invitó a la importante Embajada en Washington y su sucesor más tarde lo convocó a asumir la jefatura de misión en Santiago. En ambos destinos, aparte de su cometido diplomático, el escritor dejó sendas obras alusivas a esos países. En ese agitado itinerario otra característica que compartimos fue la amistad que nos unió a ese ateneo de políticos celebres irreproducibles en comparación a la fauna política actual. Hombres de la talla de Paz Estenssoro, Guevara Arce, Siles Zuazo o Augusto Céspedes nos brindaron su amistad y contribuyeron a nuestra formación cívica.

En más de dos ocasiones, cuando la función internacional me lo permitió, invité a Mago a acompañarme, por ejemplo, a la Conferencia Mundial sobre Población realizada en Bucarest en 1974. Allí ocurrió un divertido episodio, pues el diminuto dictador Nicolás Ceausescu —quien había construido un gigantesco palacio al que dominó la Casa del Pueblo—, nos agasajó allí mismo, pese a no estar terminado el edificio de 4.000 habitaciones. Para pesar suyo, nunca logró ocuparlo plenamente, porque el 25 de diciembre de 1989 murió fusilado junto a Elena, su mujer, al cabo de una cruenta rebelión popular. También Baptista, el pensador, nos regaló conferencias en La Catalina en Costa Rica, en ese centro democrático dirigido por el presidente José “Pepe” Figueres.

Siempre en constante contacto sea a nivel gubernamental o en el llano, en días de sol de dicha o en noches lóbregas de desdicha, nuestra amistad se hilvanaba con el hilo irrompible de la lealtad y el afecto mutuo. Entretanto, Mago seguía escribiendo y ayudando con su característica generosidad a autores noveles o a escribidores tardíos. En sus años otoñales impuso en la televisión local un novedoso programa de exaltación a la razón de ser de la bolivianidad que con esa constancia que es la suya, llegó a miles de entregas, levantando la fe en Bolivia y en los bolivianos.

Los recuerdos antes anotados son pertinentes cuando la Feria del Libro rinde homenaje al escritor por su obra y por la entrega de su vida a la cultura de la nación. Porque Mariano Baptista Gumucio es, sin ningún género de duda, un ejemplo de trabajo lúcido y constante y de patriotismo para la generación de ahora y para aquellas que aún vendrán.

El Mago incansable

Alfonso Gumucio Dagron / Cineasta

Los libros, las crónicas, los artículos de Mariano Baptista Gumucio son como espejos. O bien transparentan en imagen nítida y detallada aspectos de la realidad social y cultural boliviana o bien reflejan una serie de impulsos originados fuera del país, que iluminan nuestra cueva cultural y proporcionan puntos de referencia, parámetros de juicio y amplían el horizonte cotidiano.

Mariano Baptista es un creador de ensayos, autor permanente de textos que son aportes concretos sobre situaciones concretas. Ninguna divagación, ningún alarde puramente artístico o psicológicamente egocentrado, pero sí una claridad absoluta de exposición, agilidad de estilo y riqueza de expresión que muchos autores de ficción quisieran poseer. Y mucha lucidez, amplitud de 360 grados hacia todo lo nuevo y todo lo que pueda significar positivo para la humanidad. Su radio de acción lo diferencia de otros escritores bolivianos.

Está por encima de fronteras y encasillamientos; se proyecta lejos de la mezquindad que suele caracterizar a nuestro mundillo intelectual; desafía los celos y recelos de la olla de grillos con solidez intelectual confirmada con el prestigio internacional del que goza. Por otra parte, es el escritor inmediato. Nada de lentas y pesadas elaboraciones ilegibles, nada de obras escritas “para la posteridad”. Si La guerra final o Los días que vendrán son libros que perdurarán, no han sido escritos con el propósito de convertirse en clásicos. Cada uno de los libros de Mago cumple o intenta cumplir una función inmediata. Todos manifiestan con gran objetividad y lenguaje depurado y sereno (libre de prejuicios) la angustia del humanista por el mundo que lo rodea.

Lector-devorador, consume libros y revistas de todo orden, se nutre de publicaciones llegadas de diversos países del mundo. La lectura le gusta, la palabra impresa lo subyuga, cita a Isaac Babel: “un punto bien colocado puede traspasar el corazón de un hombre”. Tiene una memoria impresionante, un fichero mental que le permite respaldar todo lo que escribe con citas a la vez amenas y contundentes. A quienes lo acusan de utilizar mucho la tijera, responde: “No hay nada nuevo bajo el sol. Es más honesto citar las fuentes que no hacerlo”.

(*) Párrafos del libro ‘Provocaciones’.

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