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Los peligros del silencio en ‘Mapocho’ de Nona Fernández

La novela de la escritora chilena ganó el Premio Municipal de Santiago 2003.

La escritora chilena Nona Fernández.

La escritora chilena Nona Fernández. Foto: Editorial El Cuervo

La Razón (Edición Impresa) / Alejandra Hübner - Literata

00:00 / 30 de octubre de 2019

Mapocho es la primera novela de la escritora chilena Nona Fernández. La obra se publicó por primera vez en 2002 y ganó el Premio Municipal de Santiago en 2003. Se reedita este 2019 en varios países incluyendo Bolivia con la editorial El Cuervo. Mapocho narra la historia de una familia que es también la historia de Chile, de Santiago particularmente. A través de flashbacks y episodios fragmentarios de distintas épocas desde la colonización hasta la contemporaneidad, Fernández nos pone en escena el relato de la creación de una nación basada en omisiones, silencios y mentiras.

La novela narra la historia de una familia sin apellido, como para hacernos saber que podría ser cualquier chileno el que nos cuenta este relato. Rucia, personaje principal, es una mujer que de niña vivió brevemente la dictadura de Augusto Pinochet, que se inició en 1973, antes de que su madre decidiera llevarlos a ella y a su hermano a vivir a Europa. Pero sus relaciones con la dictadura no terminan en su infancia, es una herida que llevará hasta la adultez, en la que se cuestiona si algo de lo que sabe de su familia y de su país es cierto. Rucia y el Indio, su hermano, del que nunca sabemos el nombre y que transita como un espectro en la novela, son testigos de un episodio en el que, entrada la noche, llega un grupo de militares a llevarse a su padre. El padre, que es profesor de liceo, mago y contador de historias, les promete que volverá pronto. Al día siguiente, madre y niños ya están camino a Europa. La vida de Rucia continúa en España, a orillas de una playa donde la familia incompleta intenta rehacer su vida. La madre envuelve a los niños con su silencio, con su falta de respuestas. Un día ella les cuenta a los niños que el padre al que nunca volvieron a ver está muerto, quemado en un incendio. Hacen un entierro simbólico, pero lejos de pasar la página los hijos se obsesionan con el padre y con que un día volverá a buscarlos. A partir de ahí, se construye la historia de los hermanos que además está marcada por el incesto y por la búsqueda de su identidad como chilenos.

Mapocho, como se menciona al principio, no es solo la historia de Rucia, esta está intercalada, complementada, cortada y ejemplificada con una serie de episodios de corte histórico, y otras un poco más fantasiosas, que nos van mostrando la imagen de un país construido sobre hechos terribles y ocultos. Se nos habla, por ejemplo, de la fundación de Santiago por el mismísimo Satanás, o del hecho de que los colonizadores españoles eran no solo extremadamente cobardes, sino también homosexuales de clóset. El (y a veces también ‘’la’’)  narrador, a su vez, pasa de la primera a la tercera persona y nunca podemos estar totalmente seguros de qué es lo que sabe y qué lo que no, qué es cierto en lo que nos cuenta y qué es solo un recuerdo o una fantasía. El Mapocho, río que cruza Santiago, es el testigo de todos estos acontecimientos, lleva y arrastra en sus aguas cadáveres de cuerpos inmemoriales, de cuerpos cercanos y conocidos, cuerpos olvidados que siguen reclamando para que alguien cuente lo que les ha ocurrido. La novela insiste en el hecho de que aunque la Historia no los recuerda a ellos, las víctimas, los muertos, los desaparecidos, los asesinados, siguen ahí, habitan las calles, habitan la nación.

A lo largo de la narración existe una permanente voluntad de desacralizar y desmentir versiones oficiales de la Historia, para desenmascarar y destapar los horrores sobre los cuales se fundan las sociedades coloniales y poscoloniales. La novela no está desprovista de toques de humor y sarcasmo en las situaciones en las cuales la solemnidad se traduce como puro absurdo. Es el caso, por ejemplo, del coronel Carlos Ibáñez Del Campo, quien fue presidente en los años 1920 y después nuevamente en 1952. En la novela, Ibáñez es un militar profundamente conservador que quiere deshacerse de todos los homosexuales y travestis de Chile. Sin embargo, cuando encuentra una habitación repleta de dichos personajes termina vistiéndose como ellos y haciéndose lavar y perfumar hasta que es visto por otros militares y decide enviar a sus maquillados testigos a donde nadie los vaya a escuchar más.

Al estilo de Rulfo en Pedro Páramo, la historia de Mapocho está plagada de apariciones, de fantasmas del pasado que se niegan a desaparecer y vagan sin rumbo en el país que les ha dado la muerte. Leemos, por ejemplo: “El pasado tiene la clave. Es un libro abierto con todas las respuestas. Basta mirarlo, revisar sus páginas y abrir los ojos con cuidado para caer en cuenta. El pasado es un lastre del que no hay cómo librarse. Es mejor adoptarlo, darle un nombre, aguacharlo bien aguachado bajo el brazo, porque de lo contrario pena como un ánima con los rostros más inesperados”.

La vida de Rucia es también la vida del exiliado que vuelve a su país para enfrentar a su pasado, es también la historia de su padre, la historia de un escritor, un historiador que para mantener a su familia crea una historia de Chile al servicio del régimen dictatorial. Ello destruirá la vida de sus hijos, pues no se puede construir nada sobre el ocultamiento, la corrupción y la muerte. Mapocho nos pinta un retrato de Chile como sociedad profundamente autoritaria, paternalista y nepotista. Podemos ver las similitudes con el resto de Latinoamérica, donde el punto de quiebre esencial que da paso a la historia es y ha sido la colonización. Fernández, a través de todos los retazos de su narración, nos muestra la idea de que desde su fundación (e incluso antes, durante el periodo de colonización) el territorio y la nación chilenos han sido sujetos a una permanente purga humana, primero los indios, a los que después se sumaron todas las oposiciones a los gobiernos autoritarios.

A la luz de los acontecimientos desatados recientemente tanto en Chile como en Bolivia, Mapocho nos recuerda la importancia de viabilizar una sociedad en la que todos sus miembros puedan participar sin temor a ser reprimidos por los gobiernos de turno, de lo contrario todos podríamos terminar hundidos en un río interminable dirigiéndonos a ninguna parte.

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