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Una pena de amor

Gráfico del cuento: Una pena de amor

Gráfico del cuento: Una pena de amor

La Razón / Gonzalo Lema - escritor

00:00 / 14 de abril de 2013

Acodado en la barra del lujoso bar, el hombre dijo para sí con tono quedo:        — Yo la amaba hasta la muerte.

Seguramente era la vigésima vez que se lo repetía.Estaba más solo que solitario, como suele estarlo un hombre cualquiera trepado a un taburete frente al bar. En la superficie limpia y fría de la barra, su vaso de whisky parecía un buque pequeño, en medio del océano, a punto de naufragar.

Al frente suyo, el mostrador relucía con algunas botellas de colección. Tras el mostrador, poco pendiente del cliente matutino, laboraba el barman todavía con ropa de calle, ocupado en menesteres menores.

El ambiente estaba semiiluminado. Santiago Blanco carraspeó a su espalda.El gorila que lo seguía, en cambio, lo llamó por su nombre:—Señor Jungstein, ‘dice’ que lo buscan.

El hombre tardó un momento en reaccionar pero luego giró lento el rostro a los recién llegados. Tenía los ojitos hundidos en lo profundo de sus cuencas, como las aceitunas verdes sumergidas bajo un litro de Vermouth. Se le habían caído los cachetes como un par de nalgas fofas, jalando en su camino las comisuras de los labios. Parecía un muñeco de cera, mal hecho. Por eso, cuando habló, Blanco buscó en los rincones del bar al ventrílocuo.—Paul Jungstein, sí —dijo, luego achinó los ojos—: ¿Con quién tengo el gusto?

Blanco suspendió las cejas, sorprendido y divertido por la escena.

El gorila, contento y entusiasta, pensó que era cierto lo que intuía desde hacía unos minutos.—Esta poca cosa afirma que usted lo citó aquí —dijo, atrevido, casi listo para alzar con sus manos al investigador y ponerlo en la calle—. Dice que usted lo contrató para contarle sus penas de amor.

Paul Jungstein apretó los ojos en un vano afán de exprimirlos de alcohol. Sacudió la cabeza y tambaleó sobre el taburete.—Mejor me lo cargo afuera —opinó el gorila—, porque el gerente me tiene instruido que ningún menesteroso pise ni el primer metro de nuestra alfombra. A ver, usted: sígame por la cocina para que aterrice en el canchón de atrás.

Paul Jungstein paró de sacudirse el cuerpo. Con las palmas de ambas manos se frotó la cara y pretendió despertar.—¿Yo lo hice llamar? —preguntó sinceramente preocupado de su memoria. En ese instante se llevó una mano al pecho.El gorila se sonrió contento.

Blanco continuó sin hablar.—A ver, dígame —dijo Jungstein, irónico—: ¿Para qué diablos podría un hombre como yo llamarlo a usted?—¡Ya lo dije yo!— aseveró el gorila.

Blanco se mantuvo quieto. Pese a que era recién media mañana, tenía la camisa transpirada de la espalda. En esa whiskería, su corbata de reglamento lucía para mal, pobretona y ridícula. Su saco, raído y arrugado, era muy inferior al saco del gorila. Tuvo conciencia plena de la pregunta de Paul Jungstein al tomar conciencia plena de su indumentaria.—Dígame: ¿Para qué? —insistió.

El gorila se frotó las manos e inclinó el cuerpo, muy curioso y burlón, hacia el intruso desarrapado.Blanco dejó pasar unos segundos sin decir ni hacer absolutamente nada. Luego, ante la expectativa general, metió la mano derecha al bolsillo trasero de su pantalón y extrajo de su billetera una credencial.

Jungstein la tomó con mano temblorosa y buscó un poco de luz para sus pocos ojos.Deletreó:—Santiago Blanco. Investigador. Policía boliviana.

Volvió a leerla, en silencio, moviendo los labios.El gorila pareció sorprendido con la revelación. Miró a Santiago Blanco con el ceño fruncido, cobrando cierta distancia.—¿Todo eso es usted? —preguntó admirado.

Jungstein releyó la credencial un par de veces más. Cuando buscaba su whisky advirtió que el barman había seguido muy atento el desarrollo de las cosas. Quedó un instante quieto, algo perplejo, pero luego pareció resignarse y apuró el trago con un decidido golpe de cuello.—¿Quiere un autógrafo? —preguntó Blanco al gorila. Como era la primera vez que hablaba, la voz le salió sin firmeza.

El gorila, todavía sorprendido por la credencial, tardó un tanto en comprender la ironía del investigador. Entonces se sonrió hasta las orejas y se alejó de allí sin dar la vuelta, de espaldas, como los japoneses.

Blanco se acomodó con cierta dificultad sobre un taburete. Al hacerlo, sintió una suerte de tirón bajo las costillas. Pensó de inmediato en una contractura, pero el dolor se le convirtió pronto en flato.

De todas formas hizo su pedido:—Dos salteñas y un whisky… Para ahora.

Paul Jungstein no pudo evitar abrir la boca un tanto más. El barman se quedó pensando.—Esta es una whiskería —atinó a decir. Luego desapareció tras los mostradores aunque volvió a aparecer con un vaso con cuatro cubos de hielo. Se ubicó detrás del bar y lo cargó con un whisky algo más anaranjado que de costumbre. Casi un triple.

Blanco se sonrió. Por un instante pensó cuán débiles eran sus convicciones. En vísperas, sin ir más lejos, sobre los restos dispersos de un silpancho de doble huevo, había afirmado, sin presión alguna, que cambiaba media vida por dos cervezas diarias debidamente heladas. Nada, sobre la corteza terrestre, comparado con aquella fiesta. Sin embargo, a la mañana siguiente, la ansiedad le temblaba en la mano para apurar otro alcohol a su intimidad.

Jungstein pareció comprenderlo.—El primero siempre profundo —dijo y alzó su vaso hasta la frente—. Yo pago los demás.Ambos secaron sus vasos y luego los deslizaron veloces hacia el barman por la superficie limpia, lisa y fría de la barra. Blanco sintió el fuego entre sus tripas y una traspiración súbita brotó de su piel. Paul Jungstein, mientras tanto, pareció perder el equilibrio. Su cuerpo se inclinó peligrosamente hacia el vacío por cuenta propia, Blanco suspendió las cejas temiendo lo peor, pero el hombre crispó los dedos en el filo de la barra y recuperó el equilibrio.

Acto seguido bostezó.—Tengo muchísimo sueño —dijo—, pero no puedo dormir. Es más: tengo miedo de dormir.—Qué soñaría —preguntó Blanco, sin entonación.

Jungstein se tomó la frente con ambas manos, exprimió los ojos con mucha fuerza y contuvo en la garganta una arcada de un nivel extremo.—Que ella se me va —dijo, abatido.

Blanco lo escuchó frunciendo el ceño. El barman, ante esas palabras, hizo un alto en su labor de servir los vasos, pero tuvo miedo de la insolencia del investigador y terminó su faena.

Paul Jungstein se cubrió el rostro con ambas manos.—¿Acaso no está muerta? —preguntó Blanco con un hilo de voz apenas audible.Pero Jungstein no lo escuchó.

—Que abre la puerta de casa sigilosamente, y se me va —precisó moviendo la cabeza afirmativamente.—¿Se fue alguna vez? —preguntó Blanco con mucho cuidado—. ¿Alguna vez abrió usted la puerta de su casa y ella ya no estaba allí?

Oh. Fue mucho peor, porque abrió los ojos y ella ya no estaba en la cama, es decir, a su lado. Pasó rápida y desesperadamente la mano por las sábanas vacías y sintió su tibieza. Por eso pensó que estaría en el baño, o en la cocina, aunque lo más probable era el baño porque se oía el ruido del agua cayendo en el inodoro.

Pero luego el ruido cesó y ella no volvió al dormitorio.

Jungstein contestó sin destaparse el rostro.—Siempre quiso irse, ahora lo sé.

Pero otro ruido sonoro provino de la cocina, como de agua hervida, y le pareció escuchar sus pasos, por lo que se quedó tranquilo unos minutos más.—¿Siempre lo intentó? —preguntó Blanco.

Paul Jungstein pensó mucho antes de responder:—No, sólo esta vez.

Y cuando el ruido sonoro de la cocina ya no era agua sino puro fierro, Jungstein se volteó en la cama buscando alguna luz encendida en la casa… Nada. —¿Se había ido ya? —preguntó Blanco sinceramente interesado en el asunto.

Paul Jungstein intentó ordenar sus pensamientos y sentimientos a esa hora de la noche. Quedó de espaldas en la cama, en penumbras, alzó el oído: En la planta baja crepitaba un fierro. No advirtió ningún otro ruido más. Tuvo temor de todo lo que empezaba a suceder.

—¿Milena? —llamó a media voz.—Milena Santander. Treinta años. Natural de La Paz. Un divorcio previo —recitó el investigador de memoria.

Un crujido de madera se desprendió del fondo del primer piso. Paul Jungstein pensó en la puerta de malla milimétrica de la cocina al jardín.Se sentó en la cama sobresaltado pero todavía podía recordar que estaba desnudo entre las sábanas.

—Los vecinos dicen que ustedes dos parecían unos tortolitos —comentó Blanco—. Siempre tomados de las manos, o abrazados, paseando por la acera…Metió las manos al fondo de la cama en busca de su calzón. Primero halló el de ella: menudo, delicado, apenas unas cintas blancas para contener tanto, tanto...

El corazón se le aceleró por las imágenes de la víspera. Milena giró el cuerpo ante el leve roce de la piel propuesto por su novio. Quedó de frente, ambos recostados de costado, ambos respirando el aliento del otro. Una cigarra cantaba a todo volumen en el jardín.—Es que era mucho amor —se lamentó Jungstein y desfallecido buscó refugio en su vaso de whisky.

Blanco lo siguió con la mirada.    

Milena lo amó toda la noche posible, sin pausas, sin descanso, hasta agotarlo. Luego resbaló de su cuerpo y se quedó dormida casi de inmediato. Jungstein, en ese instante, sintió una profunda complacencia. Cruzó las manos bajo la nuca pesada y se sonrió: se admiraba. Ya no cantaba la cigarra en el jardín.

Parecía un enajenado mental cuando le gritó a Blanco su conclusión:—¡Ella intentó huir de nuestro amor!

Santiago Blanco retrocedió un poco en previsión.El barman volvió a llenarle el vaso y se quedó unos segundos observándolo.  La poca luz de la whiskería se concentró en la botella gorda y retacona que sostenía con ambas manos.

—Luego... —preguntó Blanco empujando juguetón su vaso por la barra— ¿salió a buscarla?Y seguramente primero se quedó dormido así, de espaldas, porque después recordó que tenía dificultades para respirar. Pero una hora más tarde algo lo despertó. Quizás su ausencia. Abrió los ojos súbitamente sin sueño e imaginó, por un instante, cómo sería su vida sin la bella Milena a su lado.

Se puso su calzón y salió de la cama con sigilo. Entró en el baño y halló cerrados los dos grifos del lavamanos, la misma ducha… Pero una botella vacía de agua había chorreado aplastada por la tapa del inodoro.

Bajó las gradas a los brincos, entró a la cocina y halló humeando la caldera sobre la hornalla encendida. Salió de la cocina en el acto y corrió hacia el jardín.

Aún no amanecía.

¿Cuál fue su primer impulso? ¿Correr por la acera, calles abajo, por si lograba alcanzarla?¿Y si en realidad debía correr calles arriba?

Porque Paul Jungstein no veía a nadie en ninguna dirección.—No tuve ninguna corazonada —dijo, negando con la cabeza—. Tuve que pensar un rato, ser práctico, y volverme a casa para sacar el carro. Pensaba realizar un rastrillaje en forma por toda la ciudad.

No hizo falta. Milena, que lo esperaba oculta en los setos del jardín, lo vio alejarse lo suficiente. Entró en la casa a la carrera y fue directo al cajón del escritorio por algo de dinero. No halló ni siquiera la billetera. Entonces subió al dormitorio para hurguetear en los bolsillos de Paul.

En ese instante se cerró la puerta de la casa.—Lo que no entiendo —dijo el investigador— es por qué tuvo que matarla. ¿No podía, por último, encerrarla unos días hasta comprender qué pasaba con usted?

Paul Jungstein pareció mirarlo desde bien lejos. Sus ojos, clavados al fondo de sus cuencas, lucían aguanosos, con la mirada borrada.—¿O fue mala suerte, Paul? —interrogó Blanco empujando el vaso vacío hacia el barman.

Milena se sobresaltó con el ruido de la puerta y pretendió llegar hasta la terraza. En su desesperación golpeó un mueble y alertó a su novio. En ese instante empezaron ambas carreras.

—Porque ella tiene mechones de cabellos sueltos —comentó el investigador— y una equimosis de dedos en el cuello. Además, murió con los ojos abiertos y saltones.

Paul Jungstein apuró su vaso de whisky y se frotó la cara. El barman se lo recibió vacío y desapareció con él bajo la barra. Se frotó la cara por enésima vez y Blanco comprendió que el sujeto llevaba dos días sin dar una pestañada.

Jungstein corrió con los ojos cerrados, dando tropezones en cada paso. ¿Estaba furioso? ¿No estaba, acaso, desesperado? Y encontró a Milena forcejeando atufada la cerradura de la puerta de la terraza. Nada, no logró abrirla.

—¡Te amo, Milena! —gritó y se abalanzó sobre ella dispuesto a todo.

 Santiago Blanco abrió los ojos al enterarse de aquel detalle. El hombre quiso inmovilizarla en el suelo, con brazos y piernas, pero ella no dejó de patalear ni chillar hasta el final. En algún momento se entendió, además, que ella no lo quería.

—¿Le escuchó decir eso? —preguntó el investigador con el vaso a medio camino de su boca.

En ese instante comenzó la tragedia. Jungstein se quedó de una pieza esperando escucharla decir todo de nuevo. Y lamentablemente así fue.—¡Yo no te quiero, maldito enfermo! —dijo ella en medio de su sangre.

Ambos hombres quedaron en silencio, acodados en el bar. Jungstein volvió a tomar de golpe un nuevo whisky. Blanco, en cambio, apenas pudo con su trago. En sus tímpanos aún retumbaba el grito desesperado de Milena Santander.

Jungstein la recostó cariñosamente sobre la cerámica del piso. Allí se quedaron hasta que amaneció. El, por supuesto, siempre de rodillas.—Milena no lo engañaba con nadie —dijo Blanco suspirando resignado—. ¿Sabía usted? Su hoja sentimental está limpita.Jungstein asintió.

El barman volvió a aparecer de algún lugar y se quedó mirándolos con un poco de admiración y aprecio. Blanco acabó el whisky y tardó una eternidad en descender del taburete.

—Cuando termine su farra búsqueme en la policía —le dijo.Sus primeros pasos arrastraron una leve cojera.Jungstein asintió a espaldas del investigador.

Casi a desgano, sin embargo, le preguntó:—¿No teme usted que huya?

Blanco detuvo sus pasos.—Lo encontraría siempre —dijo. Luego pareció sonreírse triste—: En algún bar.

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