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El pepino y el ch’uta, un siglo de reinado en el Carnaval paceño

El pepino y el ch’uta fueron los reyes de la farándula del Carnaval paceño” es el titular de un periódico paceño (20.2.2012) que hace un recuento de las fiestas carnavaleras en esta ciudad. Estas entrañables figuras tienen una antigüedad de más de un siglo y han participado en la historia de La Paz. Son, por ello, personajes emblemáticos cuya representación debe ser alentada y promocionada, pues poseen una personalidad definida y decantada por el tiempo, con virtudes y defectos que son parte de lo humano y llegan a lo mítico.

La Razón / Beatriz Rossells, investigadora docente de la UMSA

00:00 / 26 de febrero de 2012

Su actual conformación ha sido construida por la gente de la ciudad de La Paz durante años y décadas. La población ha puesto en ellos parte de sus propios valores y sensibilidades y, por cierto, ha delegado parte de su cultura. Hoy, los elegantes pepinos siguen llenando las calles con su picardía, con sus trajes que van del oro al multicolor en capas, o el sencillo bicolor que prioriza el rojo y blanco, celeste y blanco, rojo y azul o el rojo y verde característico de la ciudad, y con sombreros diversos o tricornios, dientes de oro, y llamativas caretas recargadas de adornos.

HISTORIA

Su vida como personaje imaginario o como bailarín disfrazado no ha sido fácil. Pasó de los desfiles de elegantes carrozas que pasaban por las calles céntricas con público como espectador desde los balcones y las aceras a los bailes nocturnos de les elites en los que predominaban figuras de origen europeo. El pepino nació, precisamente de una de estas figuras, del Pierrot. Éste fue un personaje de la comedia de arte italiana, muy difundido en toda América Latina junto con el arlequín. Pero fue el pierrot el que cautivó el interés de los carnavaleros populares que junto a los participantes económicamente pudientes danzaban por las calles paceñas. Así vemos en las estupendas fotografías del maestro Cordero numerosas comparsas de migrantes y artesanos disfrazados de pierrot hasta inicios de 1930. Sin embargo, gracias a este mismo documento excepcional que es la fotografía, ya en 1908 aparece el primer pepino en medio de jóvenes vestidos de marineros. Este dato es fundamental pues comprueba su origen popular aunque inspirado en una imagen foránea.

De allí en adelante, el pepino creció en medio de una serie de leyendas sobre su origen, que tocan las características del profundo estrato social boliviano: el pepino es un hijo natural del Carnaval, fue registrado en una comisaría como hijo expósito. Es un héroe marginal de vida corta, se desentierra para la fiesta, enterrándose nuevamente al terminar ésta; se reproduce milagrosamente. Es un ser de rasgos humanos y cierto romanticismo, pese a su picardía y los calificativos que le atribuyen como personaje audaz y atorrante, pero solitario. Autores paceños le dedicaron sentidas notas y versos, como éste del poeta Armando Soriano: “Al pueblo hace feliz, noble embustero / ocultando en el llanto la secreta / nostalgia que recubre su careta”.

El régimen de 1952 exaltó su figura y los pepinos se multiplicaron en las décadas de 1950 y 1960. Los periódicos aseguran que en las fiestas carnavaleras de cinco a diez mil pepinos llenaban las calles de La Paz. En tiempos de la dictadura, el Carnaval fue suspendido por algunos años. Inmediatamente éste fue recuperado, en el siguiente Carnaval, los pepinos salieron por miles para celebrar el retorno a la democracia. De esa manera, el pepino y el ch’uta forman parte de la historia del país.

El pepino, vestido de traje sencillo de franjas, volado en el cuello y careta simple, abrigaba a todos quienes quisieran ser parte de la fiesta, sin importar su condición social ni económica, jóvenes, viejos, gordos, flacos, amigos, vecinos, señoras, todos los ciudadanos eran convocados a formar parte de estas hordas de alegría que manejaban chorizos de trapo o matasuegras para asustar a la gente y pequeñas bolsas con mixtura, y hacían monerías para provocar la risa de los niños.

Existe alguna confusión entre el arlequín y el pepino, pero la revisión histórica de estos personajes deja en claro la similitud del pepino con el pierrot; mientras tanto que el kusillo, parecido al pepino en algunos rasgos de carácter, es un destacado personaje de la cultura aymara que requiere mayores estudios.

El ch’uta tiene una historia igualmente interesante. Ahora se ha convertido en un personaje elegantísimo, más allá de su chaqueta bordada que siempre fue llamativa con sus flores y motivos agrícolas. A su careta de malla y ojos azules, ha añadido barbas y otros adornos que lo hacen sofisticado e irreconocible. Su origen rural es indicador de la integración producida en las fiestas paceñas con la migración anterior y posterior a 1952, de la que el ch’uta fue parte. En la cultura aymara, esta figura está fuertemente relacionada con la época de lluvias y la producción agrícola, y con la música y el tipo de instrumentos que deben ser utilizados.

Una leyenda cuenta que a los ch’utas, por las máscaras que llevan, se les atribuía el espíritu que vela por la cosecha. El ch’uta se presenta en variadas fiestas de las provincias del departamento de La Paz. En la medida que este personaje se vuelve citadino y pierde el origen campesino, los atributos míticos desaparecen. Al llegar a la ciudad, antes de 1952, se convierte en pongo, especie de siervo del patrón de hacienda, encargado de determinados trabajos.

Dos localidades de la provincia de La Paz, Corocoro y Caquiaviri, compiten por ser la sede de origen de esta danza. La Gobernación del departamento de La Paz ha validado ambas propuestas. Las investigaciones históricas que se han realizado con relación a los ch’utas deben continuar para tener mayores indicios sobre el tema; sin embargo, es notorio que estas versiones se complementan de una manera extraordinaria.

Caquiaviri tiene como antecedentes los bellos bordados que representan los frutos de la tierra. Corocoro, por su lado, es el espacio del período del auge minero. Esta localidad, debido a su riqueza y al establecimiento de empresas mineras, otorga una importancia enorme a la fiesta del Carnaval, la que es celebrada con bandas, pandillas y comparsas en las que lucen las elegantes cholas de polleras de terciopelo y sombrero bombín y donde participan los jefes junto a los peones y trabajadores. Allí, el ch’uta es el gran personaje masculino.

TRANSFORMACIONES

De este pasado de sujeción, las primeras generaciones migrantes de estas provincias que llegaron a la ciudad de La Paz se convirtieron en gran medida en artesanos dedicados a los bordados y a las artes manuales, como la elaboración de máscaras. Otros se dedicaron a trabajos diversos, ocupando algunas zonas de la ciudad donde prontamente surgió su baile, el de los ch’utas. En las primeras décadas del siglo XX, no formaban parte de las comparsas y desfiles sino que bailaban en las zonas marginales de la ciudad. Con el correr del tiempo, las transformaciones políticas y económicas de La Paz y el ascenso social, se dio asimismo el ascenso simbólico de esta gran figura carnavalesca.

La consagración llegó con la fundación de la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Carnaval de La Paz a fines de la década de 1980. Una feliz iniciativa que reproduce los cambios sociales efectuados, ubicando a los ch’utas, antes discriminados, al mismo nivel de los pepinos. Pese a sus características diferentes, el pepino, libre de toda atadura, solitario, y el ch’uta hombre de familia y de pareja, según la tradición andina, convienen en asociarse para fortalecer la fiesta y la tradición paceña centrada en estos personajes. Otro rasgo fundamental de este período es que al dúo masculino de figuras carnavaleras se une la chola paceña, pues el ch’uta siempre tuvo pareja, y el pepino no; pero con el fin de asociarse el pepino accede a perder parte de su permisiva independencia y tiene que bailar acompañado, generalmente de su esposa. Éste es un paso sumamente interesante desde el punto de vista antropológico. Tiene que ver con la inclusión y el avance de la mujer en la vida social y, por cierto, en la vida festiva de la ciudad, tal como ocurre en el Gran Poder.

De ahí que desde fines del siglo XX se reconoce a los tres personajes simbólicos del Carnaval de La Paz: el pepino, el ch’uta y la chola, cuya presencia se ha consolidado en el siglo XXI.

Es meritoria la plena vigencia de estos personajes en el siglo XXI, pese a los embates de las nuevas tecnologías y el imaginario globalizado.

Figuras novedosas que desde mucho antes aparecieron en los carnavales, actores de cine, monstruos, esqueletos, personajes del cine y la televisión como Minnies, el Chavo del Ocho y su vecindad o figuras extrañas como bailarines vestidos de egipcios. Sin embargo, revisando la prensa de las décadas pasadas, se comprueba que estas apariciones resultan pasajeras y permanecen los personajes más queridos y representativos de la ciudad.

De esta manera, este año, en la Plaza Mayor se eligieron a los tres personajes del Carnaval Paceño: el pepino, el ch’uta y la chola con la participación de candidatos de todo el departamento y de la ciudad, además de las reinas del Carnaval paceño 2012.

El Jisk’a Anata viene a ser el cierre del Carnaval con una combinación de danzas folklóricas urbanas, rurales y propias de esta fiesta. Es la unión del campo y la ciudad, como señalan los organizadores de esta festividad. Aunque no asisten a la cita una buena cantidad de conjuntos provinciales, perdiéndose así en riqueza y cantidad, según el Registro de Música y Danza Autóctona del departamento de La Paz realizado por la Prefectura (2009).

INVESTIGACIÓN

La investigación de estas danzas folklóricas requiere, por cierto, de un tiempo largo y un equipo especializado de investigadores. A modo de comparación, en Oruro se han diferenciado totalmente estas entradas destinándose el día jueves para el Anata Andino de las provincias del departamento, con una asistencia masiva de comunidades agrícolas al ritmo de pinquillos y tarqueadas (La Razón, 17.02.2012), mientras que la famosa entrada del Carnaval de Oruro, como fiesta urbana, se realiza el día sábado.

Así pues, la ciudad de La Paz y el departamento en su conjunto tienen una riqueza festiva enorme cuya diversidad aún resta por explorar y poner en valor. En todo caso, esas danzas autóctonas tanto como las consagradas en la gran Fiesta del Gran Poder y los personajes del Carnaval de La Paz son parte del patrimonio cultural y merecen la mayor dedicación de todos los niveles del Estado y las instituciones, incluida la prensa que deben aunar esfuerzos para lograr su conservación, estudio, difusión y, sobre todo, su engrandecimiento.

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