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El placer de releer el manuscrito

Plural reedita ‘La toma del manuscrito’, la obra con la que Sebastián Antezana ganó el Premio Nacional de Novela 2007 y abrió nuevos caminos en la literatura boliviana

Foto: Plural Editores

Foto: Plural Editores

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 28 de marzo de 2016

Sebastián Antezana tenía solo 26 años cuando publicó La toma del manuscrito, la obra con la que ganó el Premio Nacional de Novela 2007. Entonces provocó un importante impacto en el mundo literario boliviano, al punto de que hubo quien lo calificó de “terremoto”. Las excelentes críticas resaltaron su estructura innovadora, hábil e imaginativa y por eso, en opinión de muchos, marcaba un punto de inflexión en la literatura boliviana del siglo XX, modernizándola y llevándola un paso más allá. La toma del manuscrito es una obra extensa, que presenta casi una infinidad de personajes e historias, que abarca gran cantidad de  realidades y de temas. En eso contrasta con la mucho más concisa El amor según, que Antezana publicó en 2011 y es, por el momento, su última novela.

Plural Editores acaba de reeditar La toma del manuscrito, que a pesar de su importancia —e igual que la mayoría de las que recibieron el premio— no se podía encontrar en las librerías desde hace años por culpa de las muchas veces incomprensibles razones empresariales de las que rigen las editoras multinacionales: Alfaguara fue comprada por Random House y, en esa transición, la obra quedó en el olvido. Con este rescate, los lectores bolivianos tienen la oportunidad de volver a disfrutar de una novela que recuerda que leer es un placer, algo que, por fundamental que parezca, quizás muchos autores olviden a la hora de escribir.

— ¿Ha envejecido bien esta novela?

— Espero que la experiencia de lectura siga siendo buena, quizás incluso mejor ya que he trabajado bastante el texto. Los buenos libros —y no digo que éste lo sea— son perfectamente capaces de vencer, y lo hacen todos los días, esa prueba: la del tiempo. Es lo que diferencia la literatura de la prosa del puesto de novedades, su extemporaneidad, su capacidad de mover o conmover a sus lectores a pesar del paso del tiempo o  quizás debido a él precisamente.

— ¿Ha introducido cambios en esta nueva edición?

— Yo escribí esta novela hace ya bastante tiempo, cuando tenía 24 años, y hoy, 9 años después, muchas cosas han cambiado en mi forma de escribir, leer, y entender la literatura. Además, me considero un crítico bastante duro de mí mismo. Escribo, dudo, corrijo, releo, borro, tiro y vuelvo a empezar continuamente. Tanto en lo nuevo que tengo en proceso como en esta novela ya viejita. Por eso hay bastantes cambios en la segunda edición de La toma del manuscrito, aunque ninguna alteración fundamental. Ésta es una versión mejorada —adelgazada, pulida y perfeccionada— de la que salió a las librerías en 2008.

— ¿Haber ganado el premio influyó mucho en su obra posterior?

— Fue un incentivo que en su momento ayudó en temas como el de la exposición pública, pero que eventualmente hay que superar y dejar atrás. Cada vez estoy más convencido de que la escritura es una prueba que uno se propone a sí mismo. Es un ejercicio individual que a veces se libra frente a muchos lectores. Pero es un ejercicio de ensimismamiento y trabajo paciente, casi secreto, que ocurre a puertas cerradas, lejos —pero nunca del todo, porque así se ha fabricado en la contemporaneidad el modelo del escritor exitoso— del reconocimiento público.

— La toma del manuscrito tiene muchos capítulos, muchos personajes, hace mucho énfasis en la forma. ¿Es una novela al alcance de cualquier lector?

— Imagino que es, espero que sea, un libro al alcance de cualquiera. Ciertamente, al escribirlo nunca me propuse dirigirme a un lector determinado, estudiado o no. Hay mucho juego intertextual en la novela y eso quizás esté más al alcance de lectores más sistemáticos, sí, pero me gustaría creer que la novela no tiene problemas para hablar a todos por igual.

— ¿Se trata de una novela policial y de aventuras? ¿Cómo definiría su género?

— Sí, el proyecto original tenía que ver con fusionar dos corrientes literarias, el policial y la novela de aventuras, y hacerles una especie de homenaje paródico. No sé si lo he conseguido pero creo que, en todo caso, el producto final tiene que ver con estas corrientes aunque no se adscriba del todo a ninguna de ellas.

— Unas fotografías dan pie a toda la novela. ¿Qué puede aportar lo visual a la literatura y la literatura a lo visual?

— Creo que son dos fenómenos inseparables. La literatura tiene mucho de visual —es, de hecho, una forma de “ver” el mundo, de entenderlo y proponerlo— y las imágenes siempre conforman un discurso narrativo, una historia, incluso esas imágenes inmóviles y detenidas en la historia que son las fotografías. Ambos son, al fin, hechos simbióticos que se retroalimentan continuamente.

— La literatura boliviana ¿se está abriendo al mundo?

— Creo que, fuera del análisis crítico, tiene poco sentido referirse a la literatura según la nacionalidad de sus autores. Los libros crean sus propias cartografías y rutas de viaje, un mapeado constantemente variable que desafía el modelo oficial regidor de la imaginación política y económica mundial. Y creo que los escritores en Bolivia, explorando caminos nuevos y otros tradicionales, se van abriendo —como ya han hecho tantas veces antes— una senda entre las demás literaturas.

— ¿Qué autores han influido más en su estilo literario?

— Son muchos, bastantes más de los que podría mencionar en este espacio. Sin embargo, quizás el referente más inmediato en lo que respecta a la escritura de La toma del manuscrito sea Georges Perec, ese inagotable escritor francés que proponía una lectura ávida, casi descontrolada de la realidad — y solo casi, porque pese a la avidez estaba regida por una muy curiosa y seductora legislación personal—. Es un clásico al que esta novela mía le debe y le agradece mucho.

‘Un juguete raro con una fabulosa trama’

Wilmer Urrelo - escritor

Algo diferente, distinto, una bocanada de aire fresco. La toma del manuscrito es una novela que vino a romper con una tradición pétrea, monolítica, con la que los lectores y lectoras bolivianas nos topábamos todo el tiempo. La novela no se queda solo en eso: también está presente, y lo digo con énfasis, la magnífica capacidad técnica de su autor. Es por eso precisamente que es un libro imposible de dejar de lado. Entre otras cosas porque Sebastián Antezana es un escritor con una formidable imaginación, que le otorga una sorprendente capacidad de crear exquisitos e inolvidables personajes.

Es un libro, lleno de sorpresas pero sin trucos efectivistas y otro tipo de recursos. Antezana opta por desconcertarnos poco a poco, y solo casi al final nos da la gran sorpresa, la cual  es siempre distinta cada vez que uno tiene el gusto de leerla. Hace algunos años me tocó presentar esta novela —si no recuerdo mal en la Feria del Libro— y no sabía muy bien qué decir por el impacto positivo que me causó, pese a que la había leído casi de un tirón. La relacioné con Rodolfo el descreído, de David S. Villazón, un libro también extraño, un juguete raro al que no sabemos, ni siqiera ahora, por dónde entrarle.

Porque seis o siete años después me encuentro en la misma encrucijada: ¿cómo calificamos una novela de estas dimensiones? ¿Nos vamos por los lugares comunes y lo dejamos todo ahí? Creo que es mejor dar un paso atrás y volver a leerla, volver a meternos en esa fabulosa trama de fotografías tramposamente realizadas y, a lo mejor, no nos encontraremos en la misma encrucijada, sino en otra completamente distinta.

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