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El poder de la música prohibida

Tras huir de los yihadistas, cuatro malienses formaron Songhoy Blues y ahora graban y tocan en Londres

Músicos. Los miembros del cuarteto, cuyos videos se pueden ver en YouTube. Foto: highroadtouring.com

Músicos. Los miembros del cuarteto, cuyos videos se pueden ver en YouTube. Foto: highroadtouring.com

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Guimón (El País) / Londres

00:00 / 12 de abril de 2015

Camden Town, una noche de un lunes. Un chico se dirige desde el escenario al centenar de personas que abarrotan una pequeña sala. “Hoy es el mejor día de nuestra historia”, dice, “porque se publica nuestro primer disco”. Todo un lugar común. Pero las extraordinarias circunstancias que rodean a Songhoy Blues dotan a la frase de un significado profundo. Y convierten en especial el momento que están viviendo estos cuatro veinteañeros del norte de Malí que proceden a descargar, ante un público asombrado, el groove hipnótico y poderoso de su “música en el exilio”, palabras que dan título al álbum y resumen la historia de la banda.

La historia de Songhoy Blues empieza en las polvorientas calles de Diré, a orillas del río Níger, cerca de Tombuctú. Allí se divertían tocando la guitarra acústica, cada uno por su lado, estos cuatro jóvenes apellidados todos Touré, aunque no guardan relación familiar. Tampoco con Alí Farka Touré, la gran leyenda de la guitarra maliense, en cuyo grupo, eso sí, tocaba las percusiones el padre de Garba, guitarrista de Songhoy Blues.

“Escuchábamos la música que hacían los artistas de nuestra tierra, la música tradicional”, explica en francés Garba, guitarrista, en un modesto hotel del norte de Londres la tarde después del concierto del pasado febrero. “Pero también música moderna. Somos la generación de internet, del mundo abierto. Bebemos de esas dos fuentes. Todos tocábamos, cada uno en nuestra esquina. Para nosotros, esos recuerdos son muy importantes. Son los últimos días en que vivíamos la música tranquilamente en nuestra casa”.

Todo cambió en la primavera de 2012, cuando yihadistas armados tomaron el control del norte de Malí. “Una sharia prohibió la música”, cuenta Garba. Quien la escuchara o la tocara, se enfrentaba a latigazos o prisión. Huyó como otros miles de refugiados; se metió en un autobús con su guitarra destino a Bamako. “No es posible la vida sin la música”, expresa Garba. “Otras cosas sabemos de dónde vienen, pero es imposible remontarse al origen de la música. El hombre y la música tienen que estar juntos”.

Lo que escuchó en Bamako fue el sonido de las armas. Pero allí, estudiando en la universidad, conoció a otros músicos. “Había muchos desplazados del norte del país. Solo hablaban de lo que dejaron atrás en sus casas. Por eso formamos la banda, para recrear ese ambiente. Para tratar de aliviar ese sufrimiento y que nuestra gente pudiera hacer otra cosa que pelear y lamentar. Por eso nuestras letras hablan de reconciliación y de paz”, dice.

El nombre de Songhoy Blues aúna dos homenajes. Uno, al pueblo songhai, que dominó el Sahel occidental en los siglos XV y XVI, al que pertenecen tres integrantes. Y otro, al blues, la música que tiene su raíz en el norte de Malí y cuya reinvención al otro lado del Atlántico les fascinó desde niños.

La banda se abrió enseguida un hueco en el circuito local de Bamako. Sus riffs de funk machacón y bailable tenían la virtud de congregar a gentes de todo el país, incluso a históricos enemigos como los songhai y los tuareg. “La música es un medicamento. Sana a las personas y cura la nostalgia”, sostiene Garba.

Entonces apareció un francés, que dio el giro final a la historia. Marc-Antoine Moreau estaba en Malí en busca de talentos para el proyecto Africa Express, comandado por Damon Albarn, vocalista de Blur. Moreau recibió una llamada de Garba para mostrarle sus maquetas. “Fue el comienzo de una historia muy bella”, recuerda éste.

“En Malí puedes encontrar muchos músicos tradicionales”, comenta Moreau. “Pero en ellos vimos algo nuevo. Eran una verdadera banda, no era un jefe acompañado de otros músicos. Era un grupo de rock como los que puedes encontrar en Glasgow o en Bilbao, y eso es muy raro en África. Era algo muy fuerte”.

Lo primero fue una grabación con Nick Zimmer, de la banda británica Yeah Yeah Yeahs. Juntos hicieron Soubour, un crudo tema de rythm & blues eléctrico con sabor africano del recopilatorio Maison des jeunes sobre el viaje a Bamako de Africa Express. Aquello les abrió las puertas de festivales europeos y propició su primer viaje a Londres, donde empezaron a grabar las maquetas de Music in Exile en el estudio de Damon Albarn en 2013. El disco, producido por Zinner, se acabó de grabar el pasado verano en Bamako.

Ahora, en este escenario de Londres, empieza la nueva vida de Songhoy Blues. “Vamos a vivir donde nos lleve la música”, refiere Oumar, el cantante. “Tenemos como objetivo tomar el relevo de Alí Farka Touré. Llevó la música maliense a un nivel excepcional. Nos enseñó a los jóvenes que era posible expresar toda nuestra tradición con una guitarra eléctrica. Nos abrió los ojos”.

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