Tendencias

Tres poemas de Lêdo Ivo

La Razón

00:00 / 06 de enero de 2013

El octavo día

El mundo, creado en apenas siete días, lleva la marca ostensible de la prisa de Dios. ¡Mi Dios, qué imperfecto es! Yo descendía en la oscura corriente de voces y de gestos los peldaños del metro de la Ciudad de México y a mi alrededor el mundo se desvaía. En la caverna serpenteante que zumbaba nosotros éramos insectos que esperaban en la mañana ruidosa del domingo en que se oía el toque taciturno de la campana negra de la melancolía

que rayase la mañana del octavo día.

El silencio esperado

Ahora que vi la nieve ya puedo morir de una muerte blanca e inmaculada que reunirá la sombra y la claridad en el vértigo del último enlace. Con su soplo tembloroso y sus labios fríos ella es el silencio esperado y sepulta en la tierra el amor audaz y el sueño insensato como quien esconde un pajarito muerto en los ojos del paseante que atraviesa el parque.

Los pobres en la central

de autobuses

Los pobres viajan, en la central de autobuses levantan los cuellos como gansos para mirar los letreros del autobús. Sus miradas son de quien teme perder alguna cosa: la valija que guarda un radio de pilas y una chaqueta que tiene el color del frío en un día sin sueños, el sándwich de mortadela en el fondo de la bolsa, el sol del suburbio y polvo más allá de los viaductos. Entre el rumor de los altoparlantes y el acelerar del autobús temen perder su propio viaje oculto en la niebla de los horarios. Los que dormitan en los asientos despiertan asustados, aunque las pesadillas sean privilegio de los que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas en consultorios asépticos como el algodón que tapa la nariz de los muertos. En las filas los pobres asumen un aire grave que une temor, impaciencia y sumisión. ¡Qué grotescos los pobres! ¡Y cómo sus olores incomodan a pesar de la distancia! No tienen la noción de las conveniencias, no se saben comportarse. El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado que del sueño retuvo apenas la legaña. Del seno caído y dilatado escurre un hilillo de leche hacia la pequeña boca habituada al llanto. En la plataforma van y vienen, corren, aseguran maletas y paquetes, hacen preguntas inconvenientes en las ventanillas, susurran palabras misteriosas y contemplan las portadas de las revistas con el aire de espanto de quien no sabe el camino del salón de la vida. ¿Por qué ese ir y venir? Y esas ropas extravagantes, esos amarillos de aceite de palmera que duelen a la vista delicada del viajante obligado a soportar tantos olores incómodos. ¿Y esos rojos contundentes de feria y parque de diversiones? Los pobres no saben viajar ni vestirse. Tampoco saben vivir: no tienen noción del bienestar aunque algunos poseen hasta televisión. La verdad es que los pobres no saben ni morir. (Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante). En cualquier lugar del mundo incomodan, viajeros inoportunos que ocupan nuestros lugares aunque viajemos sentados y ellos de pie.

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