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Todo es poesía, menos la poesía

El 5 de septiembre, el poeta chileno Nicanor Parra cumplió 100 años. A mediados del siglo XX inventó la ‘antipoesía’ y nada volvió a ser como antes

Parra. Nació en San Fabián de Alico, un poblado en las puertas del sur chileno. Es físico teórico y poeta o, más bien, antipoeta. Foto: Universidad Diego Portales

Parra. Nació en San Fabián de Alico, un poblado en las puertas del sur chileno. Es físico teórico y poeta o, más bien, antipoeta. Foto: Universidad Diego Portales

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 14 de septiembre de 2014

Ahora que ha cumplido 100 años, todos hablan de Nicanor Parra. Menos Nicanor Parra, por supuesto. Nada cuesta imaginar al poeta chileno, en su retiro del pueblo de Tres Cruces, callado, mirando el mar de invierno y preparándose, cada tanto, un tecito en la cocina. Hace tiempo ya que los periodistas que lo rondan —y estos días han extremado la frecuencia de sus rondas— no logran arrancarle algo más extenso que un monosílabo. Está callado. Después de todo, Parra ya dijo lo que tenía que decir. Y lo dijo en el momento preciso y de tal modo que desde entonces la poesía en lengua castellana no volvió a ser la misma.

Eso ocurrió hace 60 años, cuando publicó sus Poemas y antipoemas.

Para comprender el significado y la trascendencia de ese libro hay que tener una idea del momento que atravesaba por entonces la poesía latinoamericana. “Hacia 1945 —escribe Octavio Paz en su libro Los hijos del limo— la poesía en nuestra lengua se repartía en dos academias: la del ‘realismo socialista’ y la de los vanguardistas arrepentidos. Unos pocos libros de unos cuantos poetas dispersos iniciaron el cambio”. Uno de esos poetas fue Nicanor Parra y uno esos libros, escrito entre 1943 y 1954, fue precisamente Poemas y antipoemas. Fue el inicio de una de las aventuras creativas más singulares, más atrevidas y también una más de las más necesarias. Y esa aventura aún no concluye. ¿Quién sabe lo que en silencio y frente al mar trama el centenario poeta?  

De irreverente y desacralizadora, desmitificadora e iconoclasta ha sido calificada frecuentemente la poesía de Parra. Todos estos adjetivos trazan un cerco en torno al espíritu que animó su escritura: la búsqueda y el encuentro de un nuevo lugar para la poesía. Un nuevo lugar donde la palabra pudiera ventilarse de los corsés de las ideologías, de los modales del buen decir y de las mistificaciones de la novedad.

Y para abrir ese espacio renovador, Parra tuvo que arremeter contra su propia tradición. Contra la poesía de ambiciones cósmicas con la que Pablo Neruda impregnaba el ambiente de la época, Parra desplazó su palabra hacia el terreno de las cosas menores, a la calle y al individuo concreto. Contra los escritores que se reclamaban pequeños dioses, como Huidobro, Parra decidió que “los poetas bajaron del Olimpo”. Contra el lenguaje sublime y elevado de la retórica declamativa o sentimental, el poeta chileno optó por el lenguaje coloquial, por los giros del habla popular y por los registros próximos a la oralidad. Pero eso no es todo, contra la solemnidad y las verdades trascendentes, Parra antepuso el humor, la risa y la carcajada.

Todo eso logró con Poemas y antipoemas, de ahí su importancia y trascendencia. Y luego, acentuando cada vez más esos gestos, vinieron sus títulos emblemáticos: La cueca larga (1958), Versos de salón (1962), Canciones rusas (1967), Obra gruesa (1969), Artefactos (1972), Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1977), Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1979) y Hojas de Parra (1985).

Parra inventó la antipoesía y la perfeccionó. Y su perfección radica, precisamente, en que nunca se constituyó en un lenguaje o en un estilo acabados. Fiel a su definición negativa, la antipoesía no estaba destinada a echar raíces y quedarse en un solo lugar. Por el contrario, lo suyo es la movilidad, la extrema movilidad.

La escritura de Parra no solo operó una radical apertura en el plano temático, llevando al poema una serie de historias que no eran, tradicionalmente, reconocidas como “poéticas”. No solo encontró una forma para el despliegue y la parodia del coloquialismo, sino también, y sobre todo, acabó con la imagen del poeta como un ser especial o privilegiado. El “yo” que habla en sus poemas es una figura móvil, una máscara o un juego de máscaras, un disfraz, una parodia de la imagen del poeta como elegido y también una parodia de sí mismo: el fantasma de la tribu.

Por ello, hay algo de nómada en la poesía de Parra, o de francotirador. Aparece donde menos se le espera. Su poesía cultiva el arte de burlar o despistar todo afán de fijarla o clasificarla. Aparece como un estallido disgregador del orden, se deja oír y leer, y antes de entregarse a los goces de sus propios hallazgos, borra toda huella, se niega a sí misma —“me retracto de todo lo dicho”— y desaparece. Pero solo para aparecer en otro lugar donde nadie lo espera, con otro disfraz, con otra voz y otros gestos.

Burlar y burlarse, tal parecería ser el juego de la antipoesía. Burlar y burlarse del poder para mejor denunciarlo; burlar y burlarse de las jerarquías, las ideologías y las buenas costumbres, para vacunar y vacunarse contra ellas; y, sobre todo, burlar y burlarse de los lugares comunes, de “lo poético”. Finalmente, para Parra, como él mismo lo proclamó, “Todo / es poesía / menos la poesía”.

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