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Una poética del paisaje extremo

La artista holandesa Scarlett Hofft expone en el Museo Nacional de Arte junto a Gastón Ugalde 

La Razón / Rubén Vargas

00:00 / 25 de marzo de 2012

La escultura, la instalación y la fotografía se mezclan en el arte de la holandesa Scarlett  Hooft Graafland, que estos días expone en el Museo Nacional de Arte una serie sobre el Salar de Uyuni junto al artista boliviano Gastón Ugalde.

La exposición conjunta, titulada Almas de sal, es el resultado del trabajo sostenido y de numerosos viajes que ambos artistas realizaron al Salar de Uyuni a lo largo de ocho años. Sobre el inmenso paisaje blanco, como sobre una hoja, cada uno de ellos construyó imágenes, interviniendo con diversos recursos el paisaje para extremar la sensación de extrañeza que ya de por sí tiene esa geografía.

Gastón Ugalde es conocido por haber hecho del Salar de Uyuni un objeto privilegiado de su arte. Esa misma fascinación siente Scarlett Hofft, quien ha declarado su predilección por ese tipo de lugares, por los paisajes “que sean  casi irreales, espacios que parezcan de otro mundo, en los que  no hay mucha presencia humana”. 

La artista holandesa, nacida en 1973 y con una larga trayectoria internacional, leyó “en alguna parte” como ella misma contó, que un artista boliviano utilizaba un inmenso desierto de sal en Bolivia como galería y que invitaba a otros artistas para crear en el lugar. Se propuso encontrar a ese artista. Así nació su asociación artística con Gastón Ugalde que se plasma en la exposición Almas de sal.

Las fotografías que expone Scarlett Hofft en el Museo Nacional de Arte resultan una buena puerta para ingresar en el conjunto de su obra, realizada en los últimos años en lugares extremos del mundo: Islandia, las llanuras de Noruega, la región polar del Canadá, la China... En las diversas series se mezclan la escultura, la instalación y la fotografía. Pero hay que agregar inmediatamente que también se mezclan la poesía visual, las narrativas fragmentadas y una suerte de diario de viaje.

Una de sus reconocidas influencias es el artista norteamericano Robert Smithson, figura mayor del llamado land-art (porque trabaja, precisamente, interviniendo el paisaje). Smithson hablaba de esas intervenciones como de “metáforas tridimensionales”. Observando las obras de Hofft la justeza de esa expresión se revela inmediatamente: son ciertamente poemas visuales. Pero los trabajos de Hofft son también, como ella suele definirlos, “narrativas fragmentadas”: porque son imágenes que no necesitan explicación, están ahí sin antecedentes, sostenidas en sí mismas y abiertas a la interpretación del espectador. Y son, finalmente, una especie de diario de viaje porque documentan una pasión terrestre: los viajes largos (pasó cuatro meses en el ártico canadiense), las permanencias extendidas en los lugares para captar su esencia (le gusta tomar contacto e involucrar a la gente del lugar para la realización de sus obras, como en el Salar de Uyuni), y las peripecias que cada viaje a regiones remotas entraña.

En la remota Islandia, Hofft encontró en la vastedad del campo solitarias cabañas de refugios para los viajeros. A esas imágenes, como para poblarlas, sumó su propio cuerpo, como una escultura, para crear escenas casi irreales.

En Fujian, China, encontró casas que todavía conservaban el clásico techo volado. Esa forma le recordó el perfil de un bote. Entonces sentó en el techo, como si fuese una embarcación, a un grupo de niñas del pueblo. Sus cuerpos, en cualquier momento, parece que comenzarán a remar.   

En Igloolik, territorio Inuit del ártico canadiense, pasó meses frente a la extrema soledad del paisaje blanco, montando instalaciones. La artista introducía un elemento de color para extremar, por contraste, la blancura de desierto de hielo. Ella misma, otra vez como una escultura o un tótem profundamente solitario, se retrató frente al mar glacial con una piel de oso encima. Es el tamaño de lo humano frente a la grandiosidad del paisaje, asunto que a Hofft siempre le ha interesado explorar.

En las llanuras de Noruega siguió el rastro de las manadas de renos. En este caso, le interesó destacar que en las manadas también hay lugar para la individualidad. Así su reno azul es una “oveja negra”. 

Todos estos elementos la acercan al land-art, pero hay una importante diferencia: Hofft no quiere dejar su huella en el paisaje. Sus obras son efímeras. Si alguna “huella” queda es la fotografía. Interviene en el paisaje, pero luego se retira y éste queda tal cual ella lo encontró.  

“Tomo fotos para escribir mis propias historias, para celebrar la belleza de la naturaleza, para sorprender y ser sorprendida”, dice la artista holandesa.

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