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Su propia guerra y paz

Cuando murió, Albert Camus, estaba escribiendo lo que llamaba su personal ‘Guerra y paz’

Camus • Era también, un devoto del teatro. Foto: Archivo Camus

Camus • Era también, un devoto del teatro. Foto: Archivo Camus

La Razón / Rafael Chirbes - escritor

00:00 / 17 de noviembre de 2013

Según su biógrafo Herbert R. Lottman, en 1957 Albert Camus recibió con más angustia que satisfacción el Premio Nobel. Pensaba que el reconocimiento del jurado venía a dar su obra por cerrada, condenándolo a muerte literaria, cuando él tenía el convencimiento de que su carrera como narrador acababa de empezar. Las tres novelas publicadas hasta entonces le parecían más bien ejercicios de aprendizaje, y era en aquel momento cuando estaba escribiendo la que tenía que ser su gran obra, su personal Guerra y paz (así la llamaba).

Con El extranjero (1942), Camus le había ofrecido a la literatura universal un libro extraordinario en una prosa brillante como metal bruñido. En el texto hay ecos de El proceso de Franz Kafka, aunque Camus aseguró que, para inspirarse no había necesitado del checo, le había bastado con trabajar como reportero de tribunales en Argel. La desazonante visión de un universo absurdo le permitía filtrar en la novela la irracionalidad del nazismo que ocupaba entonces Francia.

El extranjero desarrollaba la idea de que “una novela es siempre una filosofía puesta en imágenes”, principio que inspiró también La peste (1947), metáfora del irreparable dolor que provocan las infecciones ideológicas. En el libro, que tiene algo de auto sacramental, la epidemia pone a prueba y redime a una serie de personajes-idea. Entre los bastidores del texto se deja notar cierta sobrecarga filosófica: de nuevo, la falta de sentido del mundo, el difícil compromiso del hombre en lucha contra el dolor, o en su intento de no acrecentar la cantidad de dolor; la culpa y su complicada redención: formas de rebeldía que tienen más que ver con la honestidad que con el heroísmo.

En la crítica que le había dedicado a La náusea de Jean-Paul Sartre en 1938 acusaba a su colega de no respetar el frágil pacto entre idea e imagen y acabar convirtiendo la novela en un monólogo, mera ilustración de las teorías de algunos filósofos. Pues, exactamente eso (un monólogo, escaparate de teorías) resultó ser La caída (1956).

Un par de años después del Nobel, Camus seguía empeñado en escribir su propia Guerra y paz. Entre los restos del automóvil en que perdió la vida el 4 de enero de 1960, encontraron un portafolios de cuero en el que guardaba 144 páginas anotadas con letra apenas inteligible. En ellas estaban los emigrantes, la madre analfabeta y sorda, el desconocido padre que murió en la guerra, la infancia y adolescencia en Argel, el mar y el sol como regalos piadosos de la naturaleza a los desheredados del Mediterráneo: toda la semilla novelesca de ese personaje cargado de contradicciones que había acabado por ser Albert Camus, hijo de pobres que se esfuerza en recuperar lo que —son sus palabras— sólo los ricos recuperan: el tiempo perdido. Sospechoso argelino en la metrópoli y colonizador francés en la colonia... Eso era lo que había empezando a contar en aquellos papeles, que no vieron la luz hasta 1994 bajo el título de El primer hombre.

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