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‘Lo que quiero conservar es mi propio ser’

‘Conservaciones atemporales’ es la exposición que Mauricio Bayro Corrochano inaugura el martes 1 en Espacio Patiño

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 29 de junio de 2014

En el principio está una pregunta. ¿Qué es conservar, qué conservamos y por qué? Se la hizo hace un tiempo Mauricio Bayro Corrochano y tenía sus razones. El artista y arquitecto estaba terminando estudios de posgrado en conservación y restauración y, además, estaba preparando una exposición de su trabajo creativo. A su hora, los estudios terminaron. Y la exposición fue tomando forma. Ya está lista y se inaugurará el martes 1 de julio, a las 19.30 en las salas de Espacio Simón I. Patiño.

¿Qué es conservar? ¿Qué conservamos y por qué? “Esas preguntas —recuerda Bayro— me llevaron a otras: ¿Qué conservo yo? ¿Mi identidad?, ¿mi familia?, ¿mis padres? Y así empecé a revisar mi pasado”. La muestra —43 piezas de mediano y gran formato en diversas técnicas: dibujo, pintura, grabado, fotografía— gira en torno a la idea de la conservación y junto a ella a las formas de la memoria y a cómo perduran (o no) las cosas en el tiempo.

En los tres años que le tomó prepararla, muchas cosas le sucedieron a Bayro y, todas, finalmente, confluyeron es torno a la conservación y la memoria. Por ejemplo —recuerda el artista—, en Cochabamba encontraron unos archivos que pertenecieron a sus padres, fallecidos hace muchos años. “En una caja fuerte encontraron cartas de amor, fotografías de cuando estaban de novios y entre otras cosas, la partitura de un tango escrita a mano”. Al parecer el tango fue un encargo para la boda de sus padres. “Este hallazgo me iluminó —dice—. Me hizo comprender que la memoria no es solo las cosas que están sino también las cosas que no ya están, que se han vuelto intangibles”. Como la música. Trabajó entonces una serie de obras en torno a ese tango y a la memoria que representa.  

En ese tiempo, por razones de trabajo, le tocó a Bayro recorrer la región de los Lípez. Y en esos desérticos parajes, por voluntad de una comunidad, tuvo acceso a un lugar sagrado. “Es una fortaleza natural inexpugnable —describe—, formas erosionadas en medio del desierto por los vientos milenarios. De un lado está el desierto y del otro un bofedal. Dentro hay  pequeñas ciudadelas de piedra. Todo parece responder a una lógica  defensiva, pero también encontramos espejos de agua cavados en la piedra que seguramente servían para la observación astronómica. Y una galería natural con pinturas rupestres. Y lo más asombroso: los restos de un taller donde todavía se conservan los morteros y pigmentos”.

Esa experiencia tuvo consecuencias para su exposición: incluye una serie de pinturas rupestres. “Fue un viaje en el tiempo a un estado tan primitivo pero a la vez tan sofisticado”, dice asombrado todavía por la enorme capacidad de síntesis expresada en esas pinturas. “Me he preguntado cómo trabajaban esas personas y cómo sus obras han perdurado en el tiempo. Entonces, a falta de piedra, he creado una superficie con textura a base de cal y yeso, y sobre eso he aplicado pintura al temple. Me he sentido un pintor de hace 1.200 años”.

Pero los viajes de Bayro no cesaron en ese punto. También emprendió uno al corazón microscópico de la piedra. Durante un viaje de investigación al sur del Perú, en la Escuela Autónoma de Artes de Cusco, visitó el laboratorio de Carlos Cano —“una eminencia peruana en conservación y restauración”, dice—, y ahí aprendió a fotografiar en un microscopio. “Eran muestras de piedras de Machu Picchu ampliadas cuatro mil veces. ¿Qué guarda la piedra? Una piedra labrada nos puede hablar de una actividad y de una cultura. Pero hay algo que está más allá de la piedra, un tesoro de formas y colores impresionantes. Esas imágenes son los cuadros  abstractos más lindos que he visto”. También forman parte de la muestra.

Y en otro momento, Bayro se convirtió en un arqueólogo urbano. Se dedicó a excavar, en sistemáticos recorridos, la memoria de la ciudad de La Paz. “¿Por qué preservar solo los monumentos?”, se pregunta. “He recorrido la ciudad fotografiando algunos elementos que ya no son visibles a simple vista, los mascarones del centro de la ciudad o de Sopocachi, por ejemplo. Las cosas que podrían contar. Es como despertar una memoria colectiva de las calles”. Y a esas exploraciones urbanas pertenece también su serie de dibujos del colectivo de la línea 2. “Recorre distintos barrios de la ciudad, distintas arquitecturas, distintos tiempos. Es una nave del tiempo”.

“Como ves todo confluye, de una manera u otra en la conservación. Y hasta ahora me sigo preguntando qué voy a conservar. Y estoy llegando a la conclusión: Voy a conservar mis sentimientos. Lo demás puedo admirar y respetar, pero lo que me conmueve y para mí es invalorable, es la memoria que está en la química de uno. Mi interés es conservar mi ser. No a Mauricio Bayro, sino el ser humano que tiene sentimientos, memoria, tristezas y alegrías. Y que es testigo de algo”.

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