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‘No quiero vivir de mis libros’

Rodrigo hasbún. El escritor boliviano Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981) fue uno de los invitados al Festival de Literatura de Buenos Aires realizado en septiembre, precisamente cuando apareció la edición argentina de su novela ‘Un lugar del cuerpo’. La cita literaria reunió a importantes escritores como la mexicana Margo Glantz y el colombiano Fernando Vallejo —que acaba de publicar ‘Cuervo blanco’— y tuvo al argentino Ricardo Piglia como el conferenciante de apertura.

Rodrigo Hasbún

Rodrigo Hasbún

La Razón / Andrés Hax - periodista

00:00 / 07 de octubre de 2012

La novela de Hasbún Un lugar del cuerpo (Alfaguara, 2007) acaba de ser editada en Argentina, lo que confirma la creciente atención que suscita su obra (pese a su brevedad: esa novela y dos libros de cuentos: Cinco y Los días más felices, este último publicado en España) más allá de Bolivia. Hasbún fue elegido en 2010 por la revista británica Granta entre los 22 mejores autores de lengua española menores de 35 años.

El narrador boliviano, quien actualmente vive en Ithaca, Nueva York, donde estudia un doctorado en Literatura, fue entrevistado por la Revista Ñ, suplemento cultural del periódico porteño Clarín con motivo de su visita a Buenos Aires. Transcribimos partes salientes de esa conversación.  

— Salió tu novela ahora en la Argentina. ¿Estás contento?

—Me alegra mucho que haya salido una edición de la novela, que es básicamente la historia de Elena, una mujer vieja, escritora que en algún momento decide confrontarse a sí misma y confrontar su pasado —ver quién ha sido, quiénes son las mujeres que han ido ocupando el lugar de su cuerpo—. Ella está muy marcada por los abusos que sufrió en su infancia. Y después de décadas de silencio decide confrontarlo finalmente.

Está enferma y siente que es un buen momento para hablar y para mirarse a sí misma.

— ¿Cómo nació la novela? ¿Cómo elegiste una protagonista mujer?

— No creo que haya elegido nada. Me llegó la imagen inicial; en realidad, me llegó la primera frase: “Se metió en su cama y le hizo cosas que ella no quería”. Sentí que había una novela, así que la escribí muy pronto, como en tres semanas, sin ningún plan de la novela, ninguna estructura preconcebida… Fueron tres semanas de escritura febril, muy intensa.

— ¿Y cómo fueron esas tres semanas de escribir?

— Yo estuve viviendo entre 2004 y 2005 en Barcelona, haciendo un posgrado allá, y había vuelto recién a Bolivia. Y ese regreso había sido muy intenso. Volver a estar en los lugares que son tuyos, pero sentirte un poco enajenado después de un tiempo de estar lejos. Y siento que esa enajenación es fundamental para la novela, porque Elena es una mujer muy enajenada. Una mujer que se siente fuera de lugar en todas partes. Se siente muy extranjera en el extranjero, pero también en su propia casa… Me encerré tres semanas en casa —no estaba trabajando todavía— escribí esa primera versión. Escribía un par de horas, dos, tres horas. Salía a caminar un poco a distraerme. Almorzaba y volvía a escribir. Y después de eso la trabajé varios años.

— ¡Varios años!

— Sí, la trabajé varios años. Tiene muchas versiones. Corté mucho. Era bastante más extensa. Se centraba en varios personajes antes. En el hermano, en los padres. Y luego decidí que la que realmente importaba era Elena. Así que decidí adoptar un poco su punto de vista, y su mirada y su voz. Y luego en algún momento de entusiasmo, que son muy infrecuentes, decidí mandarla a este concurso y salió premiada y se publicó.

— ¿Cómo fue la reacción a la novela en Bolivia?

— Cuando escribí la novela tenía la sensación de que la literatura boliviana era demasiada pudorosa, demasiado tímida y que prefería no mirar hacia ciertos lugares. Y yo siento que escribí la novela, en cierta medida, en contra de eso, en una respuesta a eso. Es una novela muy explícita, muy dura, muy sexual. Muy impúdica. Muy personal en más de un modo. Y entonces la respuesta fue extraña. Hubo gente que se escandalizó un poco y gente que se sintió un poco ofendida. Hubo gente que la clasificó de pornográfica. Pero al mismo tiempo, creo que fue una intervención saludable en el campo literario boliviano. Hubo una muy buena respuesta crítica y buena respuesta de los lectores y una discusión en torno a lo que la novela proponía.

— Y para tu escritura, ¿qué significó escribir esta novela? ¿Qué habías escrito antes y qué escribiste después?

— Yo había escrito antes un libro de cuentos que se llama Cinco y que salió en 2006. Publiqué la novela en 2007. Y luego pasaron como cuatro, cinco años hasta que publiqué mi segundo libro de cuentos. Tengo un par de libros inéditos que no me funcionan bien todavía, entonces los estoy trabajando, viendo si en algún momento puedo publicarlos o no.

— ¿Cómo es ese proceso de decidir cuándo funciona o no?

— A mí lo que me gusta es esperar. No me gusta publicar nada inmediatamente después de escribirlo, porque es una perspectiva muy engañosa la que tienes. Generalmente justo después de escribir algo piensas que está muy bien. Entonces me gusta esperar un par de años y leerla ya con cierta distancia y trabajarla con cierta distancia. Más como lector o montajista que como escritor.

— Es admirable eso. Hay mucha gente muy ansiosa por publicar rápidamente y todo lo que puedan…

— Sí, hay demasiada prisa ahora.

— ¿Cuál es la vida ideal  para alguien que quisiera escribir sin prisa? ¿La vida académica ha sido tu respuesta?

— Esa fue mi respuesta y es una respuesta que estoy cuestionándome ahora mismo. Porque el mundo académico es muy exigente también, muy demandante, y me deja poca energía para la escritura de ficción. Ahora mismo me estoy preguntando qué hacer. No sé si quiero seguir con una carrera académica. Si quiero buscar alguna otra vía económica. Porque la vía literaria la tengo clara. No tengo ningún apuro. No sé cuándo publicaré un próximo libro. No quiero vivir de mis libros. No tengo ninguna aspiración económica en ese sentido. No quiero depender económicamente de ellos.

— Sin embargo, ésa es tu esencia. La ficción. ¿Es el centro de tu vida?

— Sí, es el centro absoluto de todo. A pesar de que soy un escritor que escribe poco, un escritor lento, es el centro absoluto.

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