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La red de corazones solitarios

Todos, desde la bisabuela al bisnieto, miraban internet; Google, redes y periódicos digitales

contacto • Borges ya adivinó al hombre cegado por la luz cenital. Foto: suggestkeyword.com

contacto • Borges ya adivinó al hombre cegado por la luz cenital. Foto: suggestkeyword.com

La Razón (Edición Impresa) / Juan Cruz - El País

00:00 / 23 de agosto de 2015

En un restaurante del sur de España, a las diez y media de la noche de un día de éstos, una mesa estaba ocupada por todas las generaciones de una familia, desde la bisabuela al bisnieto, que tenían algo en común además de los apellidos. Todos tenían un aparato en las manos y todos consultaban algo: allí no hablaba nadie. Desde la bisabuela al bisnieto, todos miraban internet: Google, redes, periódicos… Los dedos fervorosos navegaban con la ligereza de un poni, y en los rostros se reflejaba esa luz cenital que ahora habita entre nosotros como la lumbre de los corazones.

Todos los que miran esa reverberación luminosa son hoy deudores de un invento que Jorge Luis Borges convirtió en una adivinación de ciego en El Aleph y que vislumbró Ray Bradbury en uno de sus relatos más futuristas. Él no lo sabrá nunca, pero lo que escribió como imposible es lo que sucedía en el restaurante: una familia se reúne ante la televisión y considera que la realidad es lo que sucede en la pantalla y no lo que pasa, dramáticamente, en la puerta de al lado.

Así es la vida de estos inventos: terminan dominando el futuro con una fuerza increíble; así que lo que hace quince años era una suposición de locos encerrados en garajes de los campus de Estados Unidos ahora es Google o Facebook, o Twitter, y todo ha ido destinado a ser consumido masivamente por gente que ya no tiene esas edades imberbes, sino por seres humanos que ya disfrutan de la quietud que se supone a los bisabuelos. De modo que todo lo que pasa en la pantalla desata un interés similar al que podrían despertar en los niños de mi generación las noticias falsas sobre la muerte de un superhéroe del cómic o las suposiciones que había en la legendaria, y tan cercana a lo real, Farenheit 451. Ahora se ha presentado un teléfono nuevo y se ha hecho con el secretismo y la repercusión que hubiera querido para sí Orson Welles cuando desarrolló la idea del programa más famoso de la radio en el mundo.

Google, la madre de casi todas estas batallas o al menos la que apadrina a muchas de ellas, ha adoptado ahora un nombre, Alphabet, que hubiera hecho las delicias del Borges de El Aleph. Y ese hecho, la creación de un paraguas para sus empresas, ha parado las linotipias —digamos linotipias para hacernos ilusiones románticas— del universo porque no es solo una noticia comercial o tecnológica: Google, internet, Facebook y Twitter ya forman parte —como la luz de aquella familia en el sur de España— de una red de corazones solitarios destinataria universal de todos esos inventos, que son, sí, comerciales y tecnológicos, pero que vienen a calmar la ansiedad de saber de otros. Aunque de los otros no tengamos ni  idea, pero son nuestros amigos o contertulios de una conversación infinita que Borges adivinó con la certeza de un hombre cegado por su propia luz.

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