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La religiosa

Una versión para la pantalla grande de la novela del enciclopedista Denis Diderot

Religiosa. Pauline Etienne en su personificación de la  rebelde Suzanne. Foto: France Films

Religiosa. Pauline Etienne en su personificación de la rebelde Suzanne. Foto: France Films

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - Crítico de cine

00:00 / 14 de septiembre de 2014

La Revolución Francesa abrevó en las ideas de los Enciclopedistas. Allí encontró el fundamento teórico sobre el cual la burguesía en ascenso construyó la justificación racional para su asalto al poder. Ese momento de inflexión histórica le debe mucho a Denis Diderot, coautor de la Enciclopedia. Pero el ímpetu creador de Diderot no se limitó a ese emprendimiento, el teatro y la novela también se beneficiaron de su aporte. Ésta última, especialmente con La religiosa, publicada en 1760 y corregida en 1781 luego de incontables escaramuzas con la censura. La religiosa es una dura invectiva contra la Iglesia. Este texto de ficción, basado en la tragedia real de una joven monja procesada en París por renunciar a sus votos, está atravesado por la “teoría de la sensibilidad universal” de Diderot que busca el punto de equilibrio en el conflicto entre razón y sensibilidad.

La religiosa ha sido volcada al cine dos veces. La primera adaptación la hizo en 1966 Jacques Rivette, en pleno apogeo de la nouvelle vague (la nueva ola). La nueva versión es obra de Guillaume Nicloux. A diferencia de Rivette, Nicloux elige un tratamiento mucho más atenido al texto original, lo cual le ha valido duros cuestionamientos de los críticos empeñados en cotejar las similitudes y diferencias con la película de Rivette. La forma narrativa optada por Nicloux levantó un muro divisorio entre quienes la tildan de convencional, aséptica, teatral y los que creemos que se trata de un estilo perfectamente válido para sortear la declinación melodramática de un asunto que abunda en tentaciones para el descontrol.

La ordalía de Suzanne Simonin, tercera hija de un matrimonio de la nobleza de medio pelo, si se me permite el calificativo, comienza cuando pretextando haber consumido el patrimonio familiar con las dotes entregadas a las hijas mayores, los padres deciden recluirla en un convento de clausura para que allí busque, y si puede, encuentre su “vocación” religiosa. En verdad, los motivos de esa decisión son más escabrosos: se trata de esconder la aventurilla extra conyugal de la madre, fruto de la cual concibió a la reticente novicia. Así queda señalada, sin énfasis prescindibles, la profunda ambivalencia de esa sociedad montada, como todas por lo demás, en la hipocresía de los fingidos comportamientos sociales.

Sin embargo, Suzanne se resiste a renunciar a su libertad negándose a pronunciar los votos. Al haber tramado su relato sobre ese reiterado gesto de dignidad, Diderot rompió en su momento con los cánones establecidos respecto al lugar de la mujer en la sociedad, impregnando a su novela de una intemporalidad que le permite mantener plena validez incluso hoy en día. Genialidad potenciada por la mesura para evitar los juicios estereotipados y encontrar en los matices de los comportamientos el debido equilibrio. Ello se advierte particularmente en la descripción de las tres superioras de otros tantos conventos a los cuales Suzanne es trasladada. La anciana De Moni exhibe rasgos de humanidad y sabiduría de los cuales carece Sor Christine, la sádica rectora que solo conoce la humillación como método para acabar con la voluntad de quienes no se someten al “se debe” institucionalizado y bajo cuyas órdenes la protagonista se ve obligada a soportar las peores sevicias imaginables. Por su parte, la abadesa de Saint-Eutrope encarna las consecuencias de la represión religiosa sobre los deseos humanos, enfrentando a Suzanne a una nueva prueba para su indoblegable talante. Alrededor esas figuras centrales del drama, otros personajes terminan de componer un rico retablo humano pleno de tonalidades diversas y claroscuros, como la vida misma.

Nicloux decidió situar su mirada a la distancia necesaria para dejar que esas tonalidades se expresen evitando manipular los sentimientos del espectador con esos discutibles recursos a los cuales suelen echar mano los realizadores desconfiados del peso específico de sus historias. El ritmo es moroso y la forma de tramar el relato estrictamente funcional, síntoma, opinan los detractores del modo de Nicloux, de su desvaída creatividad. Se le cuestiona, por ejemplo, la sistemática apelación al plano-contraplano para los diálogos. Las formas, se sabe, no tienen valor per se, importa si responden a una necesidad dramática o expresiva, y para el caso me parece que cortar sobre el gesto, la palabra, la mirada, maneras usuales en el cine de hace tiempo, son poco menos que gestos desafiantes en este tiempo de inmotivados empachos efectistas.

Desconozco qué hizo el director antes de La religiosa o cuáles son sus referentes, pero presumo que vio y estudió a fondo La pasión de Juana de Arco (1928) de Carl Dreyer habiendo aprendido a cabalidad la lección, según testimonian la formidable labor de Pauline Etienne en su personificación de Suzanne y el cabal aprovechamiento dramático de la “microfisonomía” de su rosto, justo gracias al uso del primer plano para concentrar en la expresividad de los gestos y las miradas de la protagonista la gravedad de un drama que así puede prescindir de cualquier ampuloso despliegue formal.

Por lo demás, en el consistente desempeño de todo el elenco sobresale Isabelle Huppert (la afiebrada abadesa de Saint-Eutrope) contrapunteando con Etienne en un duelo histriónico que vale por sí la entrada. Aportan lo suyo la espléndida fotografía de Yves Cape, exenta de preciosismos pueriles y, en general, el manejo de los dispositivos visuales para armar un relato que, por momentos, puede dar la impresión de un desapego. Sin embargo, entiendo que ese elemento es algo deliberado para dejar al espectador en disposición de ejercitar su propia autonomía analítica en vez de zarandearlo con golpes bajos para direccionar su toma de partido de cara a la trama y sus connotaciones.

Ficha técnica

Título original: La Religieuse. Dirección: Guillaume Nicloux. Guión: Guillaume Nicloux, Jérôme Beaujour. Novela: Denis Diderot. Fotografía: Yves Cape. Montaje:  Guy Lecorne.  Arte: Alain Tchilinguirian. Maquillaje: Fabienne Adam. Música: Max Richter. Producción: M. Reza Bahar, Jacques-Henri Bronckart. Intérpretes: Pauline Etienne, Isabelle Huppert, Louise Bourgoin, Martina Gedeck, Françoise Lebrun, Agathe Bonitzer, Alice de Lencquesaing, Gilles Cohen, Marc Barbé. FRANCIA/BÉLGICA, 2013. 

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