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El réquiem de Mozart: dolor y gloria

La Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Weimar Arancibia, ofreció la obra de Mozart, en busca de recuperar su sonoridad original.

Weimar Arancibia, director de la Orquesta Sinfónica Nacional. Foto: José Lavayén

Weimar Arancibia, director de la Orquesta Sinfónica Nacional. Foto: José Lavayén

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada / Escritor / La Paz

00:00 / 04 de julio de 2018

Me recuerda a la muerte de un ser querido. ¡Pieza desgarradora y solemne! La Orquesta Sinfónica Nacional ha interpretado, con un conjunto reducido —similar a uno de los de la época del maestro de Salzburgo—, el Réquiem en re menor K. V. 626.

I. Introitus

La partitura del oficio religioso está lista. El coro es como un cortejo fúnebre que toma aire para llorar. En contrapunto imitativo han entrado los fagots y el corno di bassetto. Los bajos levantan su voz estremecedora como para preparar el ambiente por donde han de volar las notas. Réquiem aeternam, se escucha lentamente, y luego, con un tono de menor pesimismo, et lux eterna luceat eis. ¡Señor, dales a los muertos la paz perpetua! La soprano canta a Dios; le dice que lo alabarán en Sion y Jerusalén. Es, sobre todo, una invocación. Más que un lamento, es todavía un preludio a todo el dolor que se ha de verter.

II. Kyrie

Luego un salto de séptima disminuida descendente; se da un saltus duriusculus, como Handel hizo alguna vez. El Kyrie, hablando del material melódico, es una fuga con todas las de la ley. Y el coro, modulando lentamente sus palabras, implora a Cristo su piedad. Kyrie, eleison. Christie, eleison. Se escuchan nada más que estas súplicas por la compasión divina por casi tres minutos. Y al final la pieza no se resuelve definitiva, sino triste y amarga.

III. Sequentia

1. Dies irae. Este bloque (de seis piezas) comienza con una fuerza inusitada. No es un lamento ni una imploración; es un anuncio del día en que los hombres han de rendir cuentas definitivas en el Juicio Final. Mozart subordina su música al texto de la misa del franciscano Tomás de Celano. El viento y las cuerdas se hacen agresivos. La melodía es pasional, nerviosa, terrible, con subidas y bajadas acompañadas de un coro que canta desesperadamente las profecías de David en Sibila. Los bajos del coro introducen la figura del trémolo para producir en el oyente el efecto del temblor de que habla el texto.

2. Tuba mirum. Esta pieza comienza tranquila, con el sonido de un trombón esparciendo su melodía, como dice el texto: Tuba mirum spargens sonum per sepulcra regionum… En el canto tienen primacía los solistas, o el cuarteto.

3. Rex tremendae. Haciendo honor a la obertura francesa, Mozart apela en esta pieza a la atracción majestuosa, armónica. El coro invoca nuevamente a Dios. Rex tremendae majestatis..!, se dice, con voz aguda, tratando de persuadir a la divinidad para que los muertos se salven.

4. Recordare. Nuevamente los cornos di basseto, como al inicio, pero esta vez en un tono dulce y de paz. Las cuerdas, al igual que el viento, son de una serenidad milagrosa, como brotadas de un manantial santo. Calla el coro, y el cuarteto, al unísono, eleva una oración tranquila a Jesús. La soprano descuella por los registros a los que llega.

5. Confutatis. Los instrumentos se estremecen y los bajos del coro irrumpen en la melodía, indignados, cantando en La-Mi-Do-La, porque los condenados irán al infierno. Éste es un recurso interválico (o un eje melódico) utilizado por Mozart para denotar indignación o un sentimiento de venganza; lo hizo, por ejemplo, en

La flauta mágica y en Don Giovanni. Los primeros sones de la pieza hacen alusión a un infierno implacable, pero la resolución es más bien una antítesis, dado que es como si la ira se fuese desvaneciendo en latidos sutiles de postración.

6. Lacrimosa. Se dice que cuando el maestro compuso esta parte, se puso a sollozar en su lecho. Es el fin de la Sequentia. ¿Habrá pieza musical más desgarradora que ésta? Las cuerdas van haciendo notas de dos en dos, y el coro exclama Lacrimosa dies illa..! Un sentimiento de culpa se deslíe en la pieza. Mozart sabe que va a morir pronto.

IV. Ofertorium

1. Domine Jesu. Esta parte, compuesta ya por Süssmayr, es de variable tonalidad, y hace alusión a la promesa que Dios hizo a Abraham de salvarlo y de dar luz eterna a su estirpe.

2. Hostias. Con el protagonismo de las cuerdas en un ritmo de lamento, el coro suplica al Señor el perdón para las almas caídas, para su vuelta a la vida.

V. Sanctus

Otra vez un tono esperanzador del coro que, como si fuese in crescendo, evoca el nombre tres veces santo de Dios. La melodía es gloriosa y en el final se exclama un hosanna.

VI. Benedictus

Los violines anuncian el bendito nombre del Dios, y el cuarteto de solistas, como en una dualidad o una alternancia de voces femeninas y masculinas, dice “bienaventurado al que viene en nombre del Señor”. El bajo y el tenor sobresalen en el canto.

VII. Agnus Die

Como si se estuviese acercando un final terrible, el ritmo del bloque es de lamento, pero el texto de esperanza. Se le pide al Cordero de Dios, al Mesías, que limpie de pecados al mundo.

VIII. Communio

Coros y solistas se unen en un clamor uniforme de súplica, como al comienzo en el Introitus, como recordando el voto primigenio de la obra, y elevan un ruego inmortal para que Dios no olvide a quienes son su creación. Porque, aunque pecadores, no olvidamos su eterno nombre. Lux aeterna luceat eis, Domine…!

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