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El reto de dibujar y borrar los recuerdos

Patricia Mariaca cierra una etapa y abre otra nueva con una instalación efímera sobre su vida en el Sáhara y en Centroamérica

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

00:00 / 23 de noviembre de 2015

Patricia Mariaca quiere retratar lo que tan intensamente ha sentido en los últimos 16 años que ha vivido fuera de Bolivia para así cerrar un ciclo y abrir otro, ahora que vuelve a instalarse en La Paz. Y lo hará en tan solo cinco días de arrebato creativo, encerrada sola desde este sábado entre las paredes blancas y desnudas de la sala de exposiciones del Espacio Simón I. Patiño. “Nunca he trabajado con esta presión del tiempo limitado”, dice. La instalación que resulte de este desafío se inaugurará el jueves y existirá hasta el 15 de diciembre. Entonces se retirarán las fotografías y los proyectores de video y se volverán a pintar las paredes, borrando los dibujos, de tal forma que todo desaparecerá físicamente. Así se convertirá en una exposición tan efímera y personal como los recuerdos, y por eso se titula Fragmentos reales de mi memoria inventada.

Todo se encuentra ya en la cabeza de la artista, esperando a salir. Lo más presente es su vida cotidiana en Nuakchot, la capital de Mauritania, o más exactamente las imágenes que Mariaca retiene de ella, porque “cuando alguien trata de contar nunca es fiel a la realidad, eso es imposible”, explica. Fueron cinco años en el desierto del Sáhara que provocaron muchas reflexiones y los consiguientes cambios en la obra de Mariaca.

Antes pintaba principalmente mujeres y los temas tenían mucho que ver con sus planteamientos sobre las relaciones de género, pero al llegar allá enfocó su trabajo de otra manera. “Era un difícil equilibrio entre una autocensura y un respeto al país. Poco a poco fui integrando dos culturas diferentes, la mía y la suya, y ahora voy a transmitir lo que sale de ese choque, una vez pasado todo por el filtro de mi cuerpo y de mi mente”.

La tradición establece que las mujeres mauritanas pintan las casas y, en las bodas, cubren parte de sus cuerpos con tatuajes de henna. En una sociedad tan machista ese trabajo no se reconoce como arte, se ve como algo normal, cotidiano. Pero para ellas sí adquiere un significado especial porque es un ámbito en el que pueden expresarse con libertad, hasta cierto punto con un lenguaje vedado a los hombres. Mariaca no hablaba francés al llegar, y comenzó a relacionarse con otras mujeres a través de lo que tenían en común: el arte. “Usábamos dibujos hechos en la arena del desierto. Dibujábamos y al momento borrábamos. Era algo efímero, igual que los tatuajes de henna, que son delebles… como la exposición que presento ahora”.

El dibujo y la pintura constituyen la base de la obra de Mariaca porque estructuran su pensamiento artístico y su modo de trabajar, se encuentran en todo. Sus maestros le enseñaron que así debía de ser, que siempre había que dibujar y pintar siempre pensando, siendo muy consciente de lo que se está haciendo. Por eso, la mirada de pintora marca sus fotografías, sus videos y sus instalaciones, que en el extranjero son más conocidas que sus cuadros. En ellas Mariaca ha encontrado un campo para expandir su trabajo: “Estos años me he sentido libre de probar más técnicas y otros temas en mis instalaciones. Como al principio allí nadie te conoce, estás menos encasillada y puedes hacer muchas cosas. Esa sensación de libertad de movimientos y de acción no la que quiero perder al volver a casa”.

La Paz, la ciudad de origen de Mariaca, su casa, tiene también un espacio importante en el montaje del Espacio Patiño. Aunque más que la ciudad tal como es, lo que se contemplará son las imágenes recurrentes de Bolivia con las que la artista soñaba cuando estaba en el extranjero, confrontadas con la realidad: las fotos que está tomando ahora de su barrio de siempre, Sopocachi, y de sus personajes. Una forma de reconocer que “muchas cosas que siempre nos parecieron inamovibles han cambiado bastante en poco tiempo”. Pero una vez superada la nostalgia de los primeros días la artista se ilusiona porque sospecha que está llegando a una ciudad mejor, que ha progresado mucho y a la vez ha conservado la esencia, sin que sus habitantes pierdan la amabilidad y la cercanía de toda la vida: “la gente del mercado aún se acuerda de mí y me da una conversación muy agradable”.

La parte boliviana del montaje quedará situada en mitad de la sala. “Hará de puente porque siempre ha estado en medio” y conectará el espacio dedicado a la experiencia de África con otro que habla de El Salvador y Guatemala, dos países en los que también vivió Mariaca. Así se muestra lo totalmente contrario: frente a la aridez del Sáhara, la frondosidad de Centroamérica. La filmación del follaje de unos árboles mecidos por la brisa dominará la escena centroamericana, en la que unas manos dibujadas en la pared se integrarán con el verde que —reforzado más aún frente a los colores ocres que dominan el desierto— tomará un significado mítico, muy parecido al que tienen las cosas y los hechos que ya solo existen en la mente de quien los evoca.Mariaca ya ha trabajado esa yuxtaposición entre lo seco y lo frondoso. Recientemente ha expuesto, también en La Paz, los cuadros que pintó en Nuakchot y que interpretan el jardín y la huerta que ella misma plantó y cultivó en su casa, en un ejercicio artístico de crear y recrear algo al mismo tiempo. En su proceso cambio de vida la exposición de pintura ha constituido una etapa inmediatamente anterior a la presentación en el Espacio Patiño. Con aquella muestra echó el cierre al pasado en su faceta de pintora y ahora lo hace en lo tocante a las instalaciones. “Siempre separo estos dos campos de mi trabajo porque me parecen cosas distintas y no me gusta mezclar lenguajes”, dice.

Como todos los recuerdos, El Salvador y Mauritania se irán borrando en parte y transformándose en la mente de la artista para dejar espacio a otros nuevos, los que cree la experiencia del retorno a La Paz. Un proceso que Mariaca no pretende forzar, pero sí facilitar. Por eso, este fin de semana la artista entrará de pleno en un momento creativo muy especial, con la cabeza y el corazón bullendo para rescatar las huellas que estos últimos tiempos han dejado en su subconsciente. “Idear y armar esta exposición, mostrar todo lo anterior, me está sirviendo mucho para avanzar en el trabajo de cerrar el capítulo de estar fuera y empezar el próximo año con otra mirada, ya marcada por vivencias que vaya a tener aquí”.

Mariaca por el momento solo tiene un esquema muy general de lo que va a hacer, lo que le provoca intranquilidad, una sensación muy habitual en un artista que enfrenta un reto como el que ella se ha impuesto. “Cada vez que miro esas paredes tan blancas me entra un poco de miedo y no sé muy bien qué es lo que va a salir de todo esto. Pero sí me da la impresión de que será uno de mis trabajos más personales de mi carrera”.

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