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Una revista que invoca el ajayu

Un paseo por las rutas que propone el número quinto de esta publicación

Un paseo por las rutas que propone el número quinto de esta publicación

Un paseo por las rutas que propone el número quinto de esta publicación

La Razón / Ximena Soruco Sologuren

00:00 / 01 de abril de 2012

El Colectivo 2 nos transporta por un recorrido que empieza al final del viaje, y que habiéndolo realizado, nos permite recoger los pasos, uno por uno, para volver al principio: la apuesta de conocer con el cuerpo y desde el hacer (lurawi).

Boaventura de Sousa —en la entrevista realizada por Fabio Addis en este número de Colectivo 2, “La sociología es parte de un pacto colonial”—, sentencia: la sociología es la otra cara de la antropología, en tanto se construyó para estudiar “lo civilizado”, al reverso de lo “salvaje”. Cuidado, semáforo amarillo con la academia, pero como alguien dice: no echar el bebé con el agua sucia de la bañera; esto sería, no abandonar el pensamiento por su despliegue eurocéntrico, sino repensarlo (pensar lo que se piensa) desde otro lugar, como aquel no sólo físico ni simbólico sino epistémico que el Colectivo 2 escogió en su trayecto: el pensar desde el hacer, hacer su casa (el centro cultural), hacer su comunidad en este proceso cotidiano y, desde ahí, también hacerse y hacer el mundo.

Rosa Rojas y Ximena Bedregal  (“La agonía de la cuenca sagrada”) nos alumbran un viaje a una cuenca (la del río Desaguadero) cubierta de colas (sedimentos contaminados de las minas en los cursos de agua) y copajira (aguas ácidas de la mina): “si todavía nace algún forraje, los animales ‘lo comen pero no se alimentan y mueren de diarreas y otras enfermedades’ (Florián Quispe, 173). La naturaleza convertida en objeto de despojo y muerte: la boca de mina se traga todo y desecha veneno.

CUERPOS. La siguiente parada es la de Molly Geidel: “Cuerpos indígenas y contrainsurgencia en la guerra fría: fotografías de Life, 1961-1964”. La autora, escarbando un reporte de la CIA de 1963 y analizando fotografías de la revista Life muestra otra historia agónica: la de la Revolución de 1952 y, hacia 1963, la miseria del MNR.

Este partido, de mano de Estados Unidos, inició la estrategia de enfrentar campesinos indígenas y mineros. En el informe de la CIA se relata: “El coronel Claudio San Román… ha organizado un batallón de 200 civiles armados con 170 rifles y 30 ametralladoras y disfrazados de indios, para que se desplieguen en el área de Catavi” (152). Estos militares debían matar líderes mineros, forzar a la marcha minera que avanzaba hacia La Paz a replegarse y declarar zona militar y estado de sitio. La treta no tuvo éxito esa vez, pero resultó en el tiempo, ya a la cabeza de Barrientos en la masacre de Campamentos (mayo 1965), Siglo XX y Catavi (septiembre 65) y San Juan (junio 67).

A esta memoria del terrorismo de Estado en Bolivia le sigue la de Argentina, con Mario Santucho, quien reivindica la historia de un dolor politizado (las madres de mayo, los hijos huérfanos de la dictadura, el olvido neoliberales), a través del testimonio y las movilizaciones. Por ejemplo: una vez identificada la casa de los represores, usaban el grafiti y el “escrache” para ponerlos en evidencia. “Ese instante (de furor) nos entregaba un saber que constituye la pequeña revelación del escrache: que nuestra única venganza es ser felices” (147).

Lo desandado hasta ahora es la ruta kupi (derecha-masculina) del Colectivo 2 que desemboca en un texto de Jaques Derrida —“Oh amigos míos, no hay ningún amigo”— que muestra que “el concepto [occidental] de lo político en su tradición más potente (la posibilidad real de dar muerte física al enemigo)” (139), nos lleva “al principio, siempre, [donde] el Uno se hace violencia y se guarda del otro” (138).

Punto de parada pero no de llegada. Miramos la violencia y la destrucción del ser humano y la naturaleza de frente, pero reconociendo que existen otras historias, otros caminos. En el taypi (centro) los colectiveros continúan su recorrido con Sinclair Thomson, y su análisis de los imaginarios sobre Tupaj Katari y Tupaj Amaru.

Cuando la insurrección fue derrotada (1781), el Estado colonial buscó extirparla: “debían entregar a las autoridades las prendas negras que traían ‘en señal de luto que arrastran en algunas provincias como recuerdo de sus difuntos monarcas y del día o tiempo de la conquista, que ellos tienen por falta y nosotros por feliz, pues se unieron al gremio de la Iglesia Católica y a la amabilísima y dulcísima dominación de nuestros reyes’” (115). Asimismo, “las casas de Amaru fueron demolidas y la tierra fue salada para impedir cualquier vida futura en el lugar” (117). Pero si el sol lloraba (imagen 2: 119), su  memoria reapareció en pinturas populares de San Isidro (Amaru fue ejecutado a inicios de la fiesta de San Isidro), textiles andinos y ya en el siglo XX intelectuales de izquierda como Tristan Marof o Alipio Valencia Vega y el muralismo de Solón Romero y Alandia Pantoja recuperaron la figura de Katari, hasta su reivindicación por el katarismo y el indianismo desde los 70. Sin embargo, esta reaparición y su uso oficial actual cuestionan la separación del héroe del movimiento popular que le dio a luz.

ALMA. Tras este estudio, llegamos a un texto de Silvia Rivera, escrito varios años atrás, que reflexiona sobre la pérdida del alma colectiva, la mirada sin brillo que no “destella la chispa de la memoria, del arraigo colectivo”, que vio en Nueva York, como se ve en La Paz. “Otra sería la historia —nos dice Silvia— si en lugar de parecer inteligentes, pensáramos. Sin en lugar de consumir las teorías posmodernas y poscoloniales sin discernimiento, nos ocupáramos de reflexionar sobre la historia, el pasado y lo propio, como prácticas de reelaboración y reinvención del/para el futuro” (108).

Y volvemos al cuerpo, al que narra John Berger sobre Frida Kahlo, quien en la finura de su pintar, casi siempre sobre superficies “tan lisa(s) como la piel” (100), evoca que “la capacidad para el dolor es, como lamenta su arte, la primera condición de ser sensitivo” (102). “En Kahlo no hay futuro, sólo un presente inmensamente modesto” (104), un conocer con el cuerpo, ese cuerpo herido, mutilado (individual y colectivo) que desde el dolor mismo le canta a la vida, como una urgencia contra la muerte.

El alma del Colectivo 2 se presenta en la sección ch’iqa (izquierda-femenina), su “Lurawi, el hacer. Una experiencia anarco-ch’ixi”, una narración poblada de voces, de vidas y de manos. Los colectiveros reflexionan sobre el hacer su casa (el tambo colectivo), tocar, limpiar, moldear la tierra, la madera, poner el techo con las enseñanzas del maestro Gabriel Alberto Ramos, quien trabaja con alegría, una ética del trabajo que dice “siempre hay que tratar de hacer las cosas bien, es decir lo que tiene que ser” (76).

CONSTRUIR. Esta ética de bienpensar  —no de posar a pensar de alguna academia—, de construir un texto como se construye un camino, una casa, como se siembra, con las manos, un oficio artesanal, respira por cada testimonio de la experiencia de los colectiveros. Del arraigo colectivo en la tierra y el trabajo, en la experiencia, el camino se hace agüita fresca: Beatriz Chambilla nos remonta a la cotidianidad de la comida y el cuidado de la vida de las mujeres aymaras, regalándonos quinua para sembrar en casa y “chairo de jallupacha”, receta de la awicha. Y Violeta Montellano, quien en su “Vidas tejidas sobre tejidos vivos” y su aprendizaje del telar y pallir los hilos, nos muestra la sabiduría indígena del dar vida en el tejido: “el tejido era una wawa y tenía una boca que se abría y se cerraba” (29) o el acto de urdir el telar es como “hacer que se convierta una wawa en persona” (30) porque “es el desdoblamiento de la misma mujer tejedora que prepara su vientre para la creación de un ser y su mismo ser” (33).

Así es como he discurrido y disfrutado la revista Colectivo 2, entendiendo que los colectiveros están haciéndonos una propuesta epistémica que es descolonizadora porque busca integrar las escisiones que la modernidad nos ha traído: la separación entre cuerpo y alma, trabajo intelectual y manual, teoría y realidad, esfera oficial-estatal y cotidiana. También nos recuerdan que la subjetividad colonial se ha construido en la negación, invisibilización y desconocimiento de nuestra experiencia y de nuestro propio ser y potencia, que ya nos toca invocar de vuelta.

Perfil

Nombre: Colectivo 2, revista estacional, alternativa e irreverente Contactos: www.elcolectivo2.blogspot.com Prácticas alternativasColectivo 2, una alusión y homenaje a un inveterado paseante de la ciudad, es la publicación de un grupo de investigadores de las ciencias sociales que han decidido hacer su trabajo fuera de toda academia. Así como piensan y escriben también hacen adobes (están construyendo su propio centro cultural).

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