Tendencias

La revolución antes de la Revolución

La tierra y la justicia fueron demandas enarboladas por las luchas indígenas y campesinas desde finales del siglo XIX hasta 1952. El libro de la historiadora Laura Gotkowitz echa una luz distinta a los orígenes de la insurrección de abril, una de cuyas conquistas fue la Reforma Agraria de 1953

La Razón / Rossana Barragán - Historiadora

00:00 / 15 de abril de 2012

La revolución antes de la Revolución plantea, desde el título, que hubo, antes de la conocida y mentada Revolución de 1952 (una de las cuatro grandes revoluciones de América Latina), un largo y sostenido proceso en el área rural que se remonta por lo menos a las últimas décadas del siglo XIX. Se complementa, así, el sesgo interpretativo que asoció la revolución al movimiento obrero minero y a las organizaciones sociales urbanas y de clase media. Pero más importante aún: se deconstruye la visión del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) como el partido y movimiento que realizó de motu propio una de las más importantes reformas en el área rural. La autora, al reinsertar en primer plano las largas y continuas luchas indígenas, permite comprender la insurrección de 1952 de otra manera.

Este libro tiene además otra peculiaridad: no es sólo el estudio de caso de una comunidad o sobre la realidad indígena en las haciendas; tampoco es una investigación sobre una región llámese ésta altiplano o valles; estamos, más bien, frente a un trabajo que se pasea por comunidades y haciendas de Pacajes en La Paz o de Vacas y Arani en Cochabamba, entre el área rural y las ciudades; entre Cochabamba y La Paz, y entre diversos tipos de actores como jueces, autoridades indígenas, comunarios y colonos, diputados y presidentes; entre fuentes primarias provenientes de numerosos y diversos archivos y la literatura histórica de las últimas décadas. Un libro que al no recortar y establecer fronteras preconstituidas y rígidas permite la fluidez del ir y venir de los actores como lo hacían en su época o como la que existe hasta hoy en día, un libro que permite vislumbrar el entramado social en toda su complejidad visible e invisible.

Dos ideas fundamentales atraviesan el libro: la lucha “por nuestros derechos”  así como las formas y modalidades de utilización de los recursos jurídicos y, sobre todo, las interpretaciones y los usos que hizo de la ley la población indígena campesina en diferentes momentos y contextos. Se apropió de su vocabulario para demandar derechos, fundamentalmente tierra y justicia, apelando a la legislación colonial y republicana de manera selectiva. Las luchas analizadas en diferentes trabajos por Silvia Rivera, fundamentalmente en su libro Oprimidos pero no vencidos, por Roberto Choque Canqui y por Jorge Dandler, son retomadas por la autora iluminando las continuas interpretaciones de la ley que implicaron una ampliación de sus contenidos hasta el punto de prefigurar las medidas y reformas que se buscaban, pero también la propia Revolución de 1952.

El libro está organizado en ocho capítulos, empezando con una excelente síntesis de las leyes que buscaron destruir las comunidades y que engendraron su propia fuerza y sus nuevos líderes ante el Estado: los caciques apoderados, conocidos a partir de los trabajos del Taller de Historia Oral Andina, de Silvia Rivera y más recientemente por los de Choque y Mendieta (2006), analizados aquí no sólo en el área altiplánica paceña, sino también en Cochabamba e incluso otras regiones.

La relación entre la política estatal y los caciques apoderados es analizada en el segundo capítulo, lo cual enfatiza los proyectos de ley, ambiguamente pro-indígenas, para una especie de justicia especial. En el tercer capítulo se analizan las demandas y redes entre actores distintos en términos de su posicionamiento agrario, principalmente en Cochabamba. En todo este proceso, a partir de 1880, la autora nos muestra cómo comunarios y colonos se convirtieron en actores sociales imprescindibles en la política nacional. En otras palabras, frente a un conjunto de políticas que explícitamente buscaron destruirlas como entidades colectivas, de un conjunto de medidas y acciones que buscaron la individualidad en la propiedad (capítulo uno), emergieron una serie de voces que precisamente hablaban no sólo a nombre de esas entidades colectivas en todo el área rural del país, fundamentalmente La Paz, Cochabamba, Potosí y Chuquisaca, sino que realizaron peticiones y solicitudes de manera conjunta creando verdaderas redes de alianza.

Las migraciones y la agitación en la posguerra del Chaco —tema del capítulo cuatro— que se intensificaron junto con la organización de varios grupos y sectores de la población desembocaron en el ascenso de los socialistas militares y, fundamentalmente, en una de las Asambleas-Congresos más importantes en la historia del país: la Convención de 1938. Unidad, descentralización, ciudadanía, comunidad y propiedad, familia y servicios personales fueron los temas de discusión. El definir la función social de la propiedad, característica que en la última Constitución Política de la Asamblea Constituyente de 2007 es aún crucial, se remonta precisamente a esa época.

“El campo revoltoso” es, sin duda, uno de los capítulos (el quinto) en el que se abordan temas nuevos y poco conocidos como la diversidad de la situación de los sistemas de tenencia de la tierra entre los pegujaleros, arrimantes, aparceros, arrenderos, jornaleros, colonos… enfrascados, con gran intensidad, en prácticas que han sido uniformizadas bajo el título de “huelga de brazos caídos”. En la administración populista y reformista del presidente Gualberto Villarroel que declaró ser “más amigo de los pobres que de los ricos” (capítulo seis), tuvo lugar el Congreso Indigenal de 1945 (capítulo siete) que en lugar de resolver una larga crisis exacerbó, según la autora, la agitación social vinculando las movilizaciones indígenas con los proyectos de Villarroel y el MNR.

Un conjunto de amplias demandas fueron parte de los 27 puntos abordados por el Comité Indigenal que lideró la organización del Congreso Indigenal. Estos diversos puntos fueron mayormente suprimidos en las conclusiones oficiales del Gobierno, dando lugar a cuatro decretos más limitados: la supresión o remuneración de los trabajos no agrícolas que los hacendados exigían de los colonos, el fin del pongueaje y el mitanaje, la creación de escuelas rurales y el Código Laboral Agrario. Además del impulso continental de congresos indigenistas e interamericanos en la realización de este Congreso Indigenal boliviano, es fascinante pensar en las influencias de la dinámica política local.

Roberto Choque llamó la atención sobre la realización de congresos desde los años 1930, siendo el primero organizado por Eduardo Leandro Nina Quispe. En el análisis de Gotkowitz podemos vislumbrar además una serie de elementos que parecieran emular las modalidades y procedimientos del Parlamento como la elección de dos delegados por comunidad que fue la regla en la elección de algunas de las Asambleas de la primera mitad del siglo XIX, sobre todo la primera Asamblea de Representantes de 1825; la formación de subcomisiones, la realización de plenarias en las noches, el establecimiento de decretos especiales para los indígenas, etc. En otras palabras, parece haberse desarrollado también una “cultura política” común, lo que nos lleva a pensar que la política tradicional del siglo XIX tuvo una trascendencia que la hemos ignorado.

La abolición del pongueaje y mitanaje (capítulo siete) fue uno de los mayores logros del Congreso explicitándose que la esclavitud había sido abolida y que el indígena debía ser ciudadano. La política de devolución de las tierras usurpadas fue, sin embargo, uno de los fracasos. Aunque los decretos no habrían sido ratificados por el Congreso Nacional, sus consecuencias y la dinámica a la que dieron lugar fueron igual o más importantes. El último capítulo del libro se abre con el título “Bajo el dominio del indio”, es decir, la agitación del área rural del año 1947, a pocos años de 1952.

En las conclusiones, los/as lectores/as encontrarán no sólo una revisión bastante exhaustiva sobre la Revolución de 1952 con relación a la situación de las comunidades y colonos del área rural, enfatizando justamente lo que es una de las ideas fundamentales del libro: la revolución antes de la Revolución de 1952. Gotkowitz plantea cómo se “exigieron derechos políticos practicándolos” y cómo la Revolución de 1952 amplió esos derechos, pero suprimió sus demandas de autonomía. La investigación de Gotkowitz nos permite finalmente comprender que las demandas por el voto individualizado y por la ampliación política formal ciudadana no fueron prioridad frente a las luchas constantes por la autonomía entendida como territorio comunitario y autoridades.

Cada uno de los capítulos tiene el don de capturarnos y encapsularnos en su lectura por su excelente escritura y narrativa, tanto en su idioma original, el inglés, como en su versión en castellano. Pero además, el libro es muy estimulante: recorriendo sus páginas, volviendo atrás y otra vez hacia adelante, no pude dejar de pensar y relacionar la época con la historiografía de diferentes períodos, con el presente, con los argumentos que se desarrollan.

Luchas campesinas entre 1880 y 1952

El libro de Laura Gotkowitz cambia la perspectiva sobre los orígenes de la Revolución de 1952, enfocándolos en las luchas indígenas y campesinas por la tierra y la justicia desde 1880, pero muy especialmente en la primera mitad del siglo XX.

Gotkowitz desde 2001 es docente de historia latinoamericana en la Universidad de Iowa (EEUU). Ha editado Histories of Race and Racism: The Andes and Mesoamerica fron Colonial Times to the Present (2011). Actualmente investiga las relaciones entre violencia política y democracia en Bolivia después de la

Segunda Guerra Mundial.

Laura Gotkowitz. La revolución antes de la Revolución. Plural-PIEB, 2012. 

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia