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La revolución abarca todo y nada a la vez

Alex Aillón reconstruye la memoria de una generación y los pequeños actos cargados de humanidad

Alex Aillón

Alex Aillón

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Zárate - abogado

00:00 / 16 de noviembre de 2015

La poesía, hasta el día de hoy, es un género de escasos lectores. Tanto en Bolivia como en Latinoamérica es un tópico de poca circulación, casi clandestino. Solo pocos poetas de renombre —como Octavio Paz, Pablo Neruda, César Vallejo, Álvaro Mutis, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar— lograron posesionar sus versos más allá de sus fronteras. El investigador Elías Blanco, en su Diccionario de poetas bolivianos (2011), registra cerca de 900 poetas a lo largo de la historia. Gran parte de los citados son totalmente desconocidos o pasaron inadvertidos para el público general. Esto refleja la escasa recepción académica de este género literario en los círculos universitarios y culturales.

A pesar de esta contrariedad se encuentran varios poetas de gran valía a lo largo de nuestra historia literaria, como Manuel José Cortés, Rosendo Villalobos, Ricardo Jaimes Freyre, Franz Tamayo, Adela Zamudio, Gregorio Reynolds, José Eduardo Guerra, Guillermo Viscarra, Óscar Cerruto, Yolanda Bedregal y Edmundo Camargo entre otros. De los contemporáneos se puede mencionar a Pedro Shimose, Humberto Quino, Jaime Nisttahuz, Matilde Casazola, Eduardo Mitre, Benjamín Chávez, Jessica Freudenthal y Emma Villazón.

Un poeta que va dejando huellas en las letras bolivianas es Alex Aillón Valverde. Entre sus obras se encuentran Para leer al Pato Donald desde la diferencia (2002), Pop y otros escritos (2013), los poemarios 4.000 (2014) y, recientemente, Revolución (2015). Éste contiene cinco partes: Los trabajos inútiles, Revolución, Mujeres, Los amores imaginarios y El impostor. El poema central del libro también se titula Revolución: “Una palabra que marcó gran parte de la conciencia del siglo XX (…). Es el único camino que encontré para rendirle tributo a la ilusión y a la utopía; pero también a la triste certeza del derrumbe de un sueño y un horizonte compartido”, dice Aillón.

La llave de ingreso a tan agitada época tiene como punto de partida la propia vivencia el autor: “Llegué, en 1969, luego de un viaje en paracaídas”. Los recuerdos que evoca peregrinan por sendas cargadas de sueños, esperanzas y fe en el hombre nuevo que no llegó a concretarse en la vida terrenal: “Yo no sabía por dónde, ni de dónde, ni a lomo de qué venía, pero a mí me extrañaba que la Revolución por estos lados, siempre estaba cerca, aunque nunca llegaba a alcanzarnos”. La pregunta que se hace el poeta es por qué no se cumple la profecía: “¿Estará enferma la Revolución?, ¿hicimos algo y por eso no merecemos el afecto de la Revolución?”.

A partir de los años 50 se fue acentuando la pugna ideológica de la Guerra Fría, y el mundo llegó a polarizarse entre aquellos que hacían la revolución y los que resistían. Esta generación quedó marcada por hechos y personajes que pusieron en vilo al planeta. La Guerra de Vietnam, la primavera de Praga, la revuelta de Mayo del 68, la caída del muro de Berlín; y John F. Kennedy, Malcolm X, Martin Luther King, Robert F. Kennedy o Ernesto Che Guevara, son algunos ejemplos de aquella agitada época.

Teniendo como escenario este contexto sociopolítico Aillón reconstruye la memoria colectiva de toda una generación. Las representaciones adjuntas que evoca Revolución tienen varios rostros y lugares: “Traía barba, pero mi padre era revolucionario y no traía barba (…). Alguien me dijo que los rusos tampoco lo traían, pero igual eran revolucionarios: ¡A quien coño le importa eso ahora!”, expresa Aillón. Las guerrillas del Che Guevara y Teoponte eligieron como campo de lucha los montes, las selvas y los bosques, un hecho que provoca al autor más preguntas que certezas: “Tampoco entendía por qué a la Revolución le gustaba el monte y la selva. Qué, ¿la ciudad no le gustaba a la Revolución?”.

Hasta el día de hoy para muchos evocadores la palabra revolución es indefinida, compleja, y abarca todo y nada a la vez, al respecto el poeta escribe: “La Revolución, en ese entonces, camaradas” —no me da vergüenza reconocerlo— era para mí un enigma semilisérgico, tenía la cara de Pájaro Loco, Súper Ratón y el Che Guevara al mismo tiempo. No había diferencia, como creo que no la hay ahora”.

El poeta no se limita a la noción convencional que implica Revolución: en todo momento juega con cada palabra para mostrarnos pequeños actos o acontecimientos cargados de emoción humana que también hacen Revolución: “Nuestros besos, los de todos —los suyos, los míos, los nuestros—, son besos empapados en regocijo y euforia, pero también en medio y tristeza, porque los besos no solo dicen encuentro, amor, vida, felicidad, también dicen fuga, lo siento, nada es para siempre, no podemos quedarnos. Dicen, callemos. Dicen, es mejor”.

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