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Aquel rubio de ALBACETE

Juan Ramírez de Lucas enamoró a Federico García Lorca el último año de su vida. Aquel joven de 19 años pudo ser el inspirador de los encendidos ‘Sonetos del amor oscuro’

El País / Amelia Castilla

00:00 / 05 de agosto de 2012

¿Qué tamaño debe tener el amor para ser amor? ¿Quién inspira una obra y cómo se forja el personaje que evoca un sentimiento? Beatriz Portinari o Felice Brauer vivían en la mente de Dante y en la de Kafka. Sabemos que los sonetos de El rayo que no cesa no iban dirigidos únicamente a Josefina Manresa, la mujer de Miguel Hernández; que Maruja Mallo y María Cegarra también fueron musas del poeta y eso no modifica su valor literario; al contrario, añade datos para la construcción de los parámetros de la intraliteratura. La vida sentimental de Federico García Lorca podría equipararse con alguno de los dramas que escribió. El amor que no pudo ser recorre la obra del autor de Bodas de sangre, pero la pasión, convertida en luz y en armonía, se desborda en sus Sonetos del amor oscuro, unos versos cuya redacción comenzó en 1935, meses antes de ser asesinado, y que permanecieron inéditos durante casi 50 años, dos fechas significativas en la novela negra en que se ha convertido su vida, pero conocemos realmente quién los iluminó.

La historia nunca acaba de escribirse y ahí radica uno de sus atractivos. A la antología poética de Lorca ahora le falta un romance ocasional y con aire popular. Está escrito en redacción primera y única, probablemente con un lápiz azul y rojo de dos puntas: “Aquel rubio de Albacete / vino, madre, y me miró. / ¡No lo puedo mirar yo! / Aquel rubio de los trigos / hijo de la verde aurora, / alto, solo y sin amigos / pisó mi calle a deshora…”. Hace unos meses no se conocía este poema, escrito en el reverso de una factura de Academia Orad del 1 de mayo de 1935 y dedicado a Juan Ramírez de Lucas. Hasta hace un par de meses, los estudiosos de la obra lorquiana señalaban a Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca, con el que el poeta vivió una relación sentimental frustrada, como el gran inspirador de los Sonetos del amor oscuro, pero la última carta de la que se tiene constancia de Lorca, un poema inédito y el testimonio del crítico de arte Juan Ramírez de Lucas, que obra en poder de su familia, sugieren matizar determinados aspectos: ¿Rodríguez Rapún fue el gran inspirador o hubo más musas?

En el último año de su vida, Lorca andaba loco por un muchacho con el que pensaba viajar a México. Su amiga la actriz Margarita Xirgu llegó a mandarle el pasaje, pero el poeta aplazó la travesía hasta conseguir el permiso paterno para viajar con su amigo de 19 años. Mientras el menor languidecía en Albacete ante la negativa paterna, el poeta le escribió la que luego se convertiría en su última carta de la que se tiene conocimiento, fechada el 18 de julio de 1936, el mismo día del alzamiento nacional. Lo llamaba Juanito y se despedía con un cariñoso e íntimo “de este gordinflón que tanto te quiere”. Entre la fecha del poema y la data de la carta habían transcurrido 14 felices meses. Es probable que alguna migaja de aquella pasión quedara en alguno de los encendidos versos en los que destaca la juventud del destinatario y la edad del poeta: “No me dejes perder lo que he ganado / y decora las aguas de tu río / con hojas de mi Otoño enajenado”.

La mayor parte de los protagonistas de esta historia han muerto. Quedan algunos amigos, pocos, y todas esas cosas que nos sobreviven como las cartas, los cuadros, los poemas o los edificios que nos cobijaron. Como el antiguo club Anfistora, donde se conocieron García Lorca (Fuente Vaqueros, 1898-Víznar, 1936) y Juan Ramírez de Lucas (Albacete, 1917-Madrid, 2010), que ahora forma parte de las dependencias del Ministerio de Cultura.

ENSAYOS. En la casa de las siete chimeneas se preparaban entonces los ensayos de Peribáñez y el comendador de Ocaña. Con apenas 18 años, Ramírez de Lucas compaginaba los estudios de administración pública con su soñada vocación artística. Alto, rubio, hijo de un médico forense y con ganas de comerse el mundo, Ramírez de Lucas encontró en el Madrid republicano la libertad a la que todo joven aspira. Cuando los presentó Pura Ucelay, él sabía muy bien quién era el poeta.

A los 37 años, Lorca se encontraba en el momento de plenitud de su carrera. Empezaba a ser traducido a otras lenguas; Nueva York, Buenos Aires y La Habana se habían rendido a sus pies; preparaba el estreno de Yerma en el Teatro Español con Margarita Xirgu en el escenario, con invitados como Unamuno, Valle-Inclán y Benavente, y acababa de clausurar el proyecto de La Barraca, tras recorrer los pueblos de España durante tres años interpretando obras de teatro.

Enamoradizo, muy apasionado y caprichoso, Lorca arrastraba tras de sí toda una corte de muchachos dispuestos a todo con tal de salir del anonimato, pero Ramírez de Lucas no fue un groupie. Llegó a la vida del poeta cuando la relación sentimental con Rodríguez Rapún se desmoronaba debido a su bisexualidad, aunque el trato de ambos fue siempre cordial.

La tesis de Manuel Francisco Reina, autor de Los amores oscuros, la novela que recrea la relación de la pareja, sostiene que ambos viajaron juntos a algunas ciudades, pero Ramírez de Lucas no pudo acompañarlo a Valencia al estreno de Yerma, en 1935, porque debía asistir ¡en Cuenca! a las prácticas de la Academia Orad. Ambos desplazamientos marcarían la vida de sus protagonistas. Precisamente en la capital del Turia, Lorca comenzó el borrador de unos sonetos a los que todavía no había puesto título. Escribía en hojas de papel de los hoteles por los que pasaba —uno de los primeros, titulado El poeta pregunta a su amor por la Ciudad Encantada de Cuenca, lleva el membrete del valenciano Hotel Victoria: “¿Te gustó la ciudad que gota a gota / labró el agua en el centro de los pinos?... ¿No viste por el aire trasparente / una dalia de penas y alegrías / que te mandó mi corazón caliente?”.

A medida que avanzaba en su escritura, se los recitaba a sus amigos. Vicente Aleixandre se refirió a ellos como un “prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento puro y ardiente”. Pablo Neruda los escuchó en la Casa de las Flores, la residencia en Madrid del poeta chileno poco antes de estallar la Guerra Civil, y concluyó que eran de “extraordinaria belleza”. Viajó con el borrador a Granada y siguió tachando y sustituyendo adjetivos, escondido en la buhardilla de la familia Rosales, de donde salió detenido y fue fusilado horas después.

Poeta en Nueva York se publicó cuatro años después de su muerte, pero los sonetos tardaron casi cinco décadas en hacerse públicos. El material sobre el que trabajó en los últimos días de su vida el autor de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías les fue entregado por la familia Rosales a los Lorca antes de partir para el exilio.

No se conocen copias mecanografiadas, ni testimonios de sonetos que no se hayan encontrado, aunque parece que el sonetario proyectado tenía un alcance mayor. Los manuscritos de los Sonetos del amor oscuro, a lápiz y plagados de tachaduras y correcciones, se conservan en los archivos de la familia. Sólo se guardan borradores, y una copia en limpio de manos de Lorca fue entregada a la Universidad de Harvard. ¿Existió un manuscrito más complejo y definitivo? Algunos testimonios apuntan en esa dirección, pero no se han encontrado. Algunos se fueron publicando de forma salpicada hasta que, a finales de 1983, 250 amantes de la obra del poeta recibieron en sus domicilios una edición clandestina de los 11 sonetos. “Lo habían depositado en el buzón. Llegó en un sobre rojo, un cuadernito con sobre cubierta roja y sin remitente”, cuenta ahora Félix Grande, depositario de uno de aquellos ejemplares.

Hoy sigue siendo una incógnita quién los envió. “Inmediatamente llamé a Jesús Quintero, que ya hacía su programa de radio como El Loco de la Colina, y le conté que tenía un bombazo. Esa misma noche leímos los sonetos en las ondas y los comentamos”. La edición no venal podría haber sido sacada de una fotocopia de los sonetos puesto que presentaba errores de acentuación, pero tuvo el efecto maravilloso de precipitar su publicación. Cuatro meses después, el 17 de marzo de 1984, el diario Abc publicaba la primera edición oficial, en un pliego de 16 páginas de huecograbado. Las firmas de Fernando Lázaro Carreter, Miguel García Posada y un artículo de Manuel Fernández Montesinos, sobrino del poeta, acompañaban los sonetos.

COLABORADOR. Sorprendentemente, Ramírez de Lucas formaba parte del equipo periodístico de Abc, donde ejercía como colaborador de arte y arquitectura. Tras acabar la carrera en la antigua Escuela de Periodismo, llegó al diario de la mano de Luis Rosales, con el que se relacionó siempre y el único que estaba al tanto de su trato con Lorca. En el periódico desarrolló buena parte de su carrera y, seguramente, siguió muy de cerca todas las reuniones y cábalas que se llevaban a cabo en el despacho de Luis María Anson cuando se preparaba la publicación de los sonetos. Ramírez de Lucas nunca confesó su secreto. Mientras vivió su madre —falleció a los 101 años— mantuvo su promesa de silencio. Calló, pero algunas heridas no se cerraron.

Autor de numerosos títulos, en Arte popular, un volumen de tapas duras y fotografías a color publicado en 1976, se lee, además de una cita de Lorca, la dedicatoria a su madre y sus nueve hermanos, con los nombres de cada uno, pero choca la ausencia de la figura paterna. Algunos de sus hermanos lo apoyaron abiertamente, como Otoniel y Antonio. Con Carmen, pintora naif, pasaba largas temporadas en Mallorca, y con Dolores, monja de clausura, la complicidad fue tal que la religiosa guardó los documentos que le quedaban de aquella desgraciada relación con el poeta mientras luchaba en la División Azul.

En muchos aspectos, Ramírez de Lucas buscó el acercamiento a las personas relacionadas con su antiguo amor. El poeta Juan de Loxa lo conoció en los años en que dirigía la casa museo de Lorca en Fuente Vaqueros. “Estuvo en casa muchas veces, pero nunca mencionó nada que pudiera hacer pensar que hubo una gran amistad entre ambos. Nos conocimos en el Círculo de Bellas Artes; lo encontré muy afable, con esa distancia de los señores de otra época que te hablan de usted.

Se notaba su admiración incondicional por su obra y sólo una vez, esto lo pienso ahora hilvanando ideas y atando cabos, lo noté muy impresionado”.

Fue cuando le habló de Eduardo Rodríguez Valdivieso, un chico de su misma edad, con el que Lorca había tenido una relación sentimental muy fuerte en Granada.

Se conocieron en una fiesta de disfraces, él vestido de arlequín y Lorca de pieza de dominó, y ahí surgió el flechazo. Durante casi 50 años mantuvo en secreto las maravillosas cartas que el poeta le escribió (“En Madrid hace un otoño delicioso, recuerdo con lejana melancolía, cuando yo era un adolescente y nadie me había amado todavía”), hasta que, poco a poco, fue liberándose de prejuicios y entregó la correspondencia a la Fundación García Lorca.

Como Loxa, muchos amigos aún no han asimilado su secreto. Ramírez de Lucas no daba la impresión de ser uno de esos tipos que ocultan algo en su pasado. El pintor Antonio López lo conoció hace “muchos años”. Le hizo una entrevista para una revista de arquitectura y el artista le regaló un dibujo: “Una cabeza de un perro que me sirvió para un cuadro que hice en 1963. Lo conservó hasta su muerte, pero ahora he visto que se ha subastado”. Como crítico reputado, Ramírez de Lucas llegó a hacerse con una buena pinacoteca. De las paredes de su vivienda, en la madrileña calle de Caballero de Gracia, muy próxima a la Gran Vía, además de la obra de López que ahora ha sido subastada por los herederos, colgaban un dibujo de Picasso, alguna pintura de Miró, Tàpies, Viola y Benjamín Palencia, entre otros.

A Ramírez de Lucas le gustaba hablar de todo lo que ocurría a su alrededor, era muy preguntón, pero casi nunca se refería a sí mismo. Apoyó periodísticamente a los integrantes del grupo El Paso, que marcó la vanguardia del arte español. Amigo de Torner, Zóbel, Sempere, Saura y Mampaso, participó también activamente en la creación del Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Marilyn, esposa del pintor Francisco Farreras, y Elke Stelling, viuda de Amadeo Gabino, lo describen como un señor muy especial, agradable y bien vestido, pero todo sin exagerar. Salía mucho y conocía a todo el mundo, pero siempre iba solo. Nunca faltaba a las exposiciones de las galerías Juana Mordó o Biosca, sobre las que pilotaba todo el movimiento artístico madrileño en esa época. Marilyn añade que en Nueva York, a mediados de los 60, conoció a Antonio, su hermano menor, psiquiatra de profesión. “Compartía piso con un traumatólogo cubano y, como los verdaderos habitantes de la ciudad, eran muy de invitar. Recuerdo unas fiestas en las que, además de los coros y danzas de no sé qué ciudad, participaban Nati Abascal, que empezaba su carrera como modelo”.

CRÍTICO. Manuel García Viñó lo conoció en la redacción de La Estafeta Literaria, una revista cultural de posguerra. Entró con una entrevista con Picasso. “Entonces yo trabajaba como redactor jefe, y aquella no fue la única sorpresa; luego entregaría otras con Brancusi y De Chirico. Viajaba mucho, enviaba crónicas de la Bienal de Venecia o el Festival de Cannes. Nosotros no podíamos costear los gastos, sólo el importe de las colaboraciones, según el número de páginas”. Redactor jefe y colaborador acabaron intimando. “Se le notaba su homosexualidad, pero siempre pensé que las maneras en que ello se traducía dotaban de mayor armonía sus modos. Juan era acariciante y olía a limpio. No me lo imaginaba corriendo ni despeinándose”.

El periodista y editor José Manuel Martín Cano lo trató casi hasta el final de su vida. Nunca dejó del todo Albacete. Por edad no pertenecían a la misma generación, pero la capital manchega no es tan grande como para que no se conozcan determinadas historias. Ahora, la mayor parte de la familia se ha trasladado a Madrid o a Mallorca, pero la gente, especialmente los de su generación, conocía “cosas” de su relación con Lorca, aunque cuando le preguntaban por ello no contestaba.

Sólo una de las muchas personas que han investigado la vida de Lorca descubrió esa relación secreta: Agustín Penón. Desde Granada, la escritora Marta Osorio, editora de Miedo, olvido y fantasía, la crónica de su investigación sobre el poeta, asegura que la única referencia sobre Ramírez de Lucas entre los papeles es la que incluyó en el libro. Tampoco ella encuentra la clave que aclare por qué dejó toda la documentación que obraba en su poder en una maleta sin atreverse a publicarla. “Descubrió una historia tan tremenda que nunca se repuso ni física ni mentalmente. Quedó enfermo. Era un Quijote, un tipo honesto que nunca sacó un duro con eso”. Como muchos de los protagonistas de esta historia.

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