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De ‘La sangre erguida’ al ‘Orgasmógrafo’

Un paseo por los colores y sabores de la amplia obra del narrador mexicano Enrique Serna (Ciudad de México, 1959)

Serna. Desde que publicó ‘Señorita México’ en 1991, su carrera ha ido en permanente ascenso.

Serna. Desde que publicó ‘Señorita México’ en 1991, su carrera ha ido en permanente ascenso.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco / Escritor

00:00 / 01 de septiembre de 2013

Contra mi inveterada costumbre de no favorecer traducciones, conocí al mexicano Enrique Serna, a través de la versión francesa de su Coup de Sang (La sangre erguida, editorial Metailié, 332 pp. 2012) y la curiosidad me llevó a leer en español otras obras suyas como El seductor de la Patria, en alusión al pintoresco general-presidente Antonio López de Santa Anna y por último, su ramillete de cuentos titulado El orgasmógrafo, la narración estrella de su antología.

Traducido a varios idiomas, el autor, éxito de librerías, maneja hábilmente  la lengua castellana, salpicada, obviamente, de multitud de mexicanismos, fácilmente comprensibles. Una fluida ironía adorna cada estrofa de sus escritos, donde abunda la imaginación y la dosis de sexualidad, inefable en la literatura moderna para excitar la morbosa pupila del vulgo.

Por ejemplo, en La sangre erguida estudia con intensa introspección psicológica la vida, pasión y decadencia del instrumento viril masculino en nítidos retratos de tres machos obsesionados por el deseo y sujetos a los incontrolables caprichos de sus respectivos penes. Sus  vidas giran alrededor de una ejemplar erección, fuente de orgullo unas veces y de angustia, otras. Esa troika de ramplones a través de sus proezas revela  sus frustraciones, sus temores, sus complejos, en toda su imperial fatuidad.

Maestro de la novela distópica, entre los siete cuentos inscriptos en El orgasmógrafo satiriza, en Vacaciones pagadas, el despótico poder de los modernos ejecutivos que cigarro en los labios y chequera en el bolsillo son dueños inapelables de la vida de sus pobres empleados obligados a reírse de sus chistes callosos. Pero, sin la advertencia manida de “cualquier parecido es mera coincidencia”, en la soberbia alegoría Tesoro viviente caricaturiza la triste realidad de Guinea Ecuatorial, prisionera de la tiránica dictadura de Teodoro Obiang quien durante 30 años ha cerrado su país a los ojos del planeta y según esas páginas pretende engañar al mundo exterior blandiendo un objetivo que nunca existió en su pequeña nación: la erradicación del analfabetismo y el avance de la cultura. Una risueña parodia que pudiera reflejar semejante nivel de farsa en otras sociedades estafadas.

En cambio, La palma de oro es la intriga de adúlteros en serie, donde el protagonista aspirante al galardón más preciado de la actividad fílmica es un director de cine, enamorado de la actriz  principal que junto a su sensual empaquetadura oculta todos los vicios de la femme fatale, como ninfómana, lesbiana, amante del jefe millonario, alcohólica sin anonimato, cínica mentirosa que lleva a su existencia real la destreza acumulada en el arte dramático, para hundir al narrador en la desesperación suicida.

Si en El matadito nos recuerda a Gogol o al uruguayo Juan Carlos Onetti dibuja el aparente poder del burócrata desalmado, esclavo de su manual de funciones, que inmerso en su irreparable mediocridad sostiene una vida aburrida: lambiscón con sus superiores y déspota con sus subordinados, en La tía Nela describe los dramáticas vicisitudes  de un homosexual nato y sus acrobacias para mantenerse en el clóset del que nunca debió haber salido.

En La fuga de Tadeo alcanza una brillante radiografía del intelectual híbrido que decide admirar a un modesto escribidor a quien quiere hacer crecer y al final él mismo cree, sinceramente, que la obra de su elegido es genial, que debería ser escrita toda en cursiva por sus originales salidas, por su esprit como dirían los franceses. Ese personaje, ensimismado, consagra sus días a la elaboración de su obra, con tanta pasión que, como Don Quijote, queda seco de carnes, exangüe y en tal estado de anemia que desaparece físicamente, víctima de un inexplicable éxtasis, al extremo de que su cadáver o lo que debiera quedar físicamente de él nunca pudo ser hallado.

Pero el cuento magno, el más enredado, pleno de círculos concéntricos de contradicciones y sorpresas, es El orgasmógrafo, distopía de una sociedad totalitaria, al estilo de George Orwell en Rebelión en la granja o en 1984, que denuncian los absurdos abusos del control totalitario de la sociedad por medio de los amplios e ignotos poderes del Estado. En este caso, Enrique Serna inventa el fomento del orgasmo, tanto en hombres como en mujeres, para conservar contenta a la población proclive al ocio y a los placeres fáciles. El adoctrinamiento es tal que cada ciudadano o ciudadana está obligado a portar permanentemente un aparato ingeniosamente fabricado para contabilizar si cada  habitante cumple  con la cuota mínima de producción de orgasmos, sea en cópula con sus parejas, con amigos, vecinos o solitariamente, al estilo de Onán.

En ese ambiente, no cabían las vírgenes o los castos, quienes, perseguidos, se constituyen la oposición activa. Los abstencionistas radicales se organizan en células clandestinas y eligen a la emblemática Laura Cifuentes como su heroína insustituible, venerada como Juana de Arco, para una lucha frontal contra el gobierno. El estado policiaco es ridiculizado en sus diversos estratos, incluyendo aquellos niveles en los que prima la “obediencia debida” y donde los cuadros policiales intentan imponer las instrucciones manu militari, obligando a los caudillos rebeldes a acoplarse sexualmente para cumplir con los mandatos del nuevo orden. Hilaridad suprema en el bien logrado relato que sería saludable recomendar a quienes creen, ingenuamente, que sus libretos ideológicos son suficientes para instituir el pensamiento único y adaptar el comportamiento civil dentro los moldes del monopolio estatal.

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