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EL shock de tocar fondo

‘El club de la lucha’ borra las barreras entre realidad y ficción para jugar con la violencia, el asco y la anarquía en un intento grotesco de alcanzar la libertad.

Fight Club (El club de la pelea).

Fight Club (El club de la pelea). Foto: freewallpapers.com

La Razón (Edición Impresa) / Nicolás Ewel - comunicador

00:00 / 21 de mayo de 2017

Cuando se habla de las muchas denominadas películas de culto, varios ejemplos invaden la mente: El padrino, Scarface, El gran Lebowski, La naranja mecánica, Trainspotting, Donnie Darko y muchas más. Me daría vergüenza admitir cuántas de estas películas no he visto. Sin embargo, hay una que sí he visto y quizás sea la película de culto por excelencia: Fight Club (El club de la pelea).

No desconocía su existencia, obviamente, ni nada por el estilo, pero por mucho tiempo rehusé a verla y jamás podría dar una explicación clara, o lógica del porqué. Igual que no puedo dar una explicación, o alguna apología, de mi poca cultura cinematográfica. Empero, finalmente cedí y vi Fight Club, y fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida.

Me entregué por completo al culto detrás de la película. Tyler Durden (interpretado por Brad Pitt) me intrigó desde un inicio y me sedujo con su manera de entender la vida, en su forma de actuar. Todo de él me atrapó y no me soltó por varias semanas tras ver la película. Todo lo que pensaba se centraba en la posibilidad de un mundo mejor, uno donde algo como Project Mayhem —una organización anarquista que busca crear el caos para volver a empezar— pueda funcionar. Donde la vida sea como la describe Durden, donde la verdadera libertad sea perderlo todo, “solo cuando perdemos todo somos libres para hacer lo que queramos”.

Una de las frases motivacionales que más se lee por Facebook es de la autora de la serie de Harry Potter, J.K. Rowling: “Tocar fondo sobre piedra fue la base para reconstruir mi vida”. Tyler Durden respondería magníficamente, “la autoperfección es simple masturbación, solo la autodestrucción conlleva evolución”. La autodestrucción siempre es seductiva, nos recuerda que estamos vivos: de esa manera se podría resumir la visión de vida de Tyler Durden.

La película me llevó a buscar el libro sobre el cual está basada la película. La experiencia de leer la novela, con el mismo título, escrita por Chuck Palahniuk, fue igual o más maravillosa que la experiencia de ver la película. A pesar de sus grandes y claras diferencias, el libro y la película mantienen la misma línea de buscar la autodestrucción para ser libres, “tienes que considerar la posibilidad que a Dios no le caigas bien”. El club de la lucha, la novela, no solo me abrió la puerta a una nueva visión de vida o las películas de culto, me abrió la puerta a un nuevo autor que ofrece un nuevo tipo de literatura.

La literatura de Palahniuk resulta difícil de categorizar. Podría considerarse literatura de shock, literatura grotesca, pero no empieza ni termina de ser ninguna de las dos, ni ningún otro tipo de literatura convencional. Palahniuk se maneja en un intermedio donde ni la realidad ni la ficción son completamente definibles, donde el asco prima. Se maneja bajo una línea que por un lado te empuja y por otro te jala. Quieres dejar de leerlo porque no crees que tu estómago soporte seguir haciéndolo, pero al mismo tiempo debes continuar porque su estilo es impecable, porque te mete en situaciones donde no queda más opción que ir para adelante, porque la autodestrucción de leer ese tipo de material es una liberación. No han pasado más de un par de horas desde que leí el cuento Guts (Tripas) de Palahniuk, y el asco, la sorpresa, la admiración y un sinfín de emociones más, emociones imposibles de tipificar como “buenas” o “malas”, no me abandonan.

La sátira suele entenderse como una exageración absurda de la realidad. Sin embargo, ni los maestros de la sátira, los creadores de la serie televisiva South Park, han logrado poder exagerar lo brutal y grotesco que es la literatura de Palahniuk. En un episodio de esta serie animada se puede observar cómo varias personas vomitan mientras un autor lee sus obras; exactamente lo mismo sucede con las obras de Palahniuk. Hay varias pruebas e historias de gente vomitando y desmayándose —en un caso muy específico para luego despertar gritando de desesperación—, en las lecturas de obras de este autor. Los ejemplos más notorios suceden en las lecturas de Tripas, cuento que no pretendo abordar aquí para no arruinar ninguna sorpresa. Únicamente advierto: aguanten la respiración.

Invito a leer el cuento. Y espero, realmente, que alguien deje el cuento a medio camino por asco, que alguien vomite, que alguien se espante, pero sobre todo, que más de uno se sorprenda y se entregue a la literatura de Palahniuk. Que se autodestruya leyendo las obras de Palahniuk para poder ser libre. Espero que la literatura de Palahniuk les abra nuevas puertas, y que pierdan la esperanza con sus obras, pues, recordando nuevamente al narrador de Fight Club (¿o era Tyler Durden?): “Perdido en el olvido. Oscuro, silencioso, y completo. Hallé la libertad. Perder toda esperanza fue la libertad”.

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