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Apuntes sobre la ‘Sinfonía 25’

Apuntes sobre la ‘Sinfonía  25’

Apuntes sobre la ‘Sinfonía 25’

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada / Escritor

00:49 / 05 de diciembre de 2018

Escrita en plena revolución literaria y artística, en 1773, podría decirse que es la expresión más pura del Sturm und Drang (tormenta e ímpetu), pero de la música. Los oboes, los fagots, los cuernos y las cuerdas entran con una expresión de denodado estremecimiento, con una fuerza parecida a la de la narrativa de los escritores románticos del XVIII. La plástica se pierde, Apolo queda sometido a la tiranía de un momento en el que solamente manda el corazón. Son como los versos de Schiller, Lenz y Herder, pero en forma de notas. Apasionamiento sin riendas. O como el dolor y la dicha que expresa en sus textos más logrados el poeta Victor Hugo. Si tomáramos solamente la Sinfonía 25, podríamos decir que el alma de su autor fue parecida a la del pasional e irascible Beethoven. Pero no. Es solamente una excepción de la armonía de toda una obra que rivaliza con el orden perfecto del cosmos. La Sinfonía 25, no obstante, es prueba irrefutable de que un genio matemático también puede, en los momentos de mayor inspiración, prestarse al temperamento dionisiaco de un desaforado creador de arte.

La pieza musical

Es una obra bellísima y con un trasfondo a veces inaprehensible. Como pocas composiciones suyas —el Réquiem y la Sinfonía 40, por ejemplo—, está escrita en una tonalidad menor (Sol menor). A pesar de que los vientos tienen un importante protagonismo, las flautas y los clarinetes quedan excluidos. ¿Era que Mozart estaba buscando poner mayor dramatismo en esta obra? ¿Era que quería prescindir de sonidos oscuros, redondos o expresivos? ¿O era que la orquesta que interpretaría la pieza sencillamente carecía de clarinetes y flautas? No se sabe con certitud. La orquestación general se basa en las cuerdas, que a lo largo de toda la composición tienen, en cierta medida, mayor independencia respecto a los demás instrumentos. En este sentido, los ritmos son utilizados para resaltar cambios importantes en el curso de la melodía.

1. Allegro con brio

Parecería que toda la fuerza del mundo sensible y el dramatismo de los malaventurados se hubieran concentrado en esta primera parte o este primer tempo. Las cuerdas presentan gran agilidad y contundencia, provocan sensación de inestabilidad por su ritmo sincopado. Este primer movimiento se estructura en forma de sonata (exposición-desarrollo-reexposición). Las cuerdas y los oboes abren la melodía con un ritmo impetuoso. Aquéllas se ponen de fondo para que éstos cobren mayor protagonismo. No obstante, a lo largo de esta primera parte son las cuerdas las que hacen la melodía, las que dan forma a la música, mientras que los oboes intervienen solo en breves pasajes y a largos intervalos. En la mayor parte del tiempo, todos los instrumentos de cuerda se unifican para hacer una textura monofónica.

2. Andante

En este movimiento hay una interacción de instrumentos mucho más intensa. Las cuerdas y los vientos se relacionan y los fagots son responsables para que haya un “diálogo” entre las cuerdas, mientras que los oboes y los cuernos proveen un particular apoyo armónico. Hay una diferenciación muy marcada entre la ejecución de los primeros violines y la de los segundos. Las violas entran con gran fuerza, mientras que los demás instrumentos irrumpen con golpes de menor intensidad. La melodía de este movimiento es fragmentada y discontinua porque el material es pasado de instrumento en instrumento, varias veces. La tonalidad va cambiando predeciblemente. Ahora bien; texturalmente, este movimiento es uno de las más estables, porque al comienzo el sonido es homofónico, pese a que luego, a medida que los fagots van imitando la melodía de los violines, se va tornando polifónico.

3. Minuetto

La armonía aquí es también convencional; los acordes se van disminuyendo para retrasar la resolución hacia sol menor al final de la sección. El ritmo y el metro también son convencionales: los de un minué. Desde el comienzo, se presenta una textura monofónica. Luego aparecen los violines, con una textura diferente. La tonalidad está en sol menor y los cambios a sol mayor, por tanto, son abruptos. La segunda parte de este movimiento presenta una variación contrapuntística impresionante; hay una variación igualmente en el uso de los vientos.

4. Allegro

Este último movimiento recupera, nuevamente, la forma de la sonata empleada por Mozart en el Allegro con brio. Los ritmos punteados siguen un mismo patrón y son bastante comunes. La tonalidad es sol menor y mientras van ingresando los oboes, la melodía se va haciendo polifónica. Una de las principales particularidades de esta parte de la sinfonía, a diferencia de la primera, es que se oscurecen los fines de los periodos, evitando cadencias claras.

La Sinfonía 25 de Mozart es una expresión no de muerte, pero sí de lamento, de algo trágico, de un pacto con la soledad quizá, o de una preparación para la muerte. La compuso cuando tenía solamente 17 años, quizá en un intento de vislumbrar el dolor y la gloria que se cernirían sobre su existencia. Sin duda, una obra maestra y de una belleza inusitada para la humanidad.

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