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50 sombras de Grey

La película dirigida por Sam Taylor-Johnson repite la añeja historia del rey y la criada, con su carga de sumisión y los insoslayables roles de amo y esclava

50 sombras de Grey

50 sombras de Grey

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 22 de febrero de 2015

Dice que hubo quienes se sintieron tocados por la sobrecarga de erotismo perverso —dicen, no las leí— de las novelas de Erika Leonard James, 50 sombras de Grey, tal vez escritas pensando desde el principio en el interés de Hollywood para volcarlas a la pantalla, apetito acicateado por los más de 40 millones de ejemplares de la novela vendidos en el mundo entero. Ergo, eran papeles predestinados más pronto que tarde a convertirse en materia prima para uno de esos bombazos de taquilla.  

50 sombras de Grey toma la posta a Emanuelle (Just Jaeckin, 1974), Mujer bonita (Garry Marshall, 1990), Bajos instintos (Paul Verhoeven, 1992) y especialmente a los bodrios de porno soft cometidos por Adrian Lyne (Nueve semanas y media, 1986; Atracción fatal, 1987; Una propuesta indecente, 1993). Excluyo de la nómina a El último tango en París (Bernardo Bertolucci, 1972) y a Lolita (Stanley Kubrick, 1962) puesto que, a pesar de las apariencias, eran evidentemente agua de otro pozo. Para demostrarlo alcanza con la adaptación de la novela de Nabokov a cargo de Lyne (1997), especialista en este género de desbarres.  

Según la receta sobada, la segunda fase de la creación de la expectativa consiste en roturar el terreno con los dimes y diretes entre las grandes corporaciones que se disputan los derechos de adaptación recurriendo a maniobras non sanctas para dejar en la banquina a los competidores.

El último episodio preparatorio, tal como igualmente figura en el vademécum, son los trascendidos a propósito de quién asumiría la responsabilidad de traducir las novelas a guión cinematográfico. Tales “filtraciones” insistieron en que el elegido sería Bret Easton Ellis —el autor de Psicópata americano— pero finalmente fue dejado en manos de la británica Kelly Marcel. Pertenece al terreno de la especulación imaginar si el producto de Easton Ellis hubiese resultado mucho mejor. Algo empero es absolutamente seguro, peor no podría haber sido.

Un colega, tentando escapar al tedio presumo, se tomó el trabajo de sacar cuentas. Quince minutos en total, por reloj, de los 125 del metraje duran sumadas las cuatro secuencias sobre las cuales se sostiene la fama de transgresora y escandalosa de una película en definitiva timorata, descafeinada, puro cálculo de los encargados de merchandising de la Universal que beneficia de paso, o en primer lugar, a la industria de juguetes eróticos puestos de moda desde que en 2012 James lanzara al ruedo su trilogía.

Christian Grey es un tipo de catálogo para los tiempos que corren y sus escalas de valores. Millonario, guapo, triunfador, poderoso en suma, no hay fémina inmune a sus avances, ni a sus variopintas preferencias sexuales. Incluyendo en esa oferta de carne disponible a la empleada de ferretería Anastasia Steele, reciente licenciada merced a sus devaneos literarios en tanto fan de Thomas Hardy.

Entre ambos, luego de los expeditivos escarceos iniciales, queda establecido un contrato de confidencialidad, apunte un tanto sarcástico que da lugar a presumir que estamos frente a un alegato contra las demasías del capitalismo contemporáneo, capaz de convertir incluso las relaciones personales en un asunto burocrático. Nada de eso, pronto la amagada carga de ironía se convierte en humo, no bien los protagonistas se precipitan en el abismo de la nada absoluta que engulle la película.

Alrededor del par revolotea una fauna esquemática, puesta ahí a manera de suplemento útil para alcanzar el metraje necesario y para tapar los largos baches entre una secuencia de cama y la siguiente: la mamá de Christian, la familia de Anastasia, su amiga del alma, son puro relleno sin espesor ni peso específico, ellos sí sombras en el verdadero alcance del término.

La directora Sam Taylor-Johnson proviene del campo de las artes visuales. Su debut en 2009 con Nowhere Boy, a propósito de la infancia de John Lennon, ya mostró que le resultaba un desafío casi inalcanzable poner la relamida ilustración icónica al servicio de un relato con mínimo nervio dramático, incompetencia reiterada y acentuada en la oportunidad. El esfuerzo invertido en la iluminación y el encuadre resultan siendo un fin en sí mismo, ayuno de correspondencia alguna con la paupérrima estructura narrativa. La sofisticación mal entendida como simple ornamento formal de una hechura sin norte es un demerito más del producto final.

Cuarenta millones de dólares insumió la producción. Mucha plata para un fiasco “bonito” pero inexpresivo al límite de la inanición. Las florituras visuales no disimulan la fragilidad del asunto y tampoco resultan suficientes para mantener a flote un trabajo destinado al olvido. Aunque es de temer que la industria persista con al menos un par de próximas adaptaciones de los otros dos libros de James.

Desde luego no cabe dedicar un solo párrafo a una discusión sobre la moralidad o lo contrario de un emprendimiento que nunca se anima a apostar un par de ases en el género en el que, según los anuncios, vendría a sobrepasar todas las cotas de atrevimiento anteriormente alcanzadas. ¿Cálculo o cobardía? Al fin y al cabo tanto da.       

La pobreza del conjunto resalta especialmente en las extensas parrafadas que, a guisa de diálogo, caen de manera manifiesta en el ridículo puro y duro, del cual tampoco están libres las interpretaciones del dúo protagónico. Él se repite, con visible incomodidad, en los gestos que, le dijeron, mostrarían su talante dominador, propio de un sujeto habituado a llevarse el mundo por delante. Ella se muerde una y otra vez el labio —balbuceando las dos únicas palabras que al parecer domina: “cool” y “wow”—, ademán destinado a dar cuenta de su libido en acción. Tantas veces reitera la mueca que uno acaba deseando que efectivamente la mordedura produzca algún efecto, una gotita de sangre siquiera. Serviría para probar al menos que en 50 sombras de Grey participa gente de carne y hueso.

No obstante ser una película hecha mayormente por mujeres (directora, guionista, montajistas), su sesgo misógino resulta indisimulable. La añeja historia del rey y la criada, con su carga de sumisión así como del reparto insoslayable de los roles de amo y esclava, viene repetida en empaque pensado para actualizar el obsoleto programa apuntado al adocenamiento de la mujer y para escandalizar y/o provocar escozores tal vez olvidados en señoras de clase media con insatisfacciones urgidas de atención.

Ficha técnica

Título original: Fifty Shades of Grey. Dirección: Sam Taylor-Johnson. Guión: Kelly Marcel.  Novela:  E.L. James. Fotografía: Seamus McGarvey.  Montaje:  Anne V. Coates, Lisa Gunning. Diseño: David Wasco. Arte: Laurel Bergman, Michael Diner. Música:  Danny Elfman. Producción:  Jeb Brody, Dana Brunetti, Michael De Luca, E.L. James, Marcus Viscidi. Intérpretes: Dakota Johnson, Jamie Dornan, Jennifer Ehle, Eloise Mumford, Victor Rasuk, Luke Grimes, Marcia Gay Harden, Rita Ora, Max Martini,  Callum Keith Rennie, Andrew Airlie, Dylan Neal, Elliat Albrecht, Rachel Skarsten y Emily Fonda,  EEUU/2015.

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