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El sonido de la H

Escritora y periodista, Magela Baudoin ganó el Premio Nacional de Novela 2014 con ‘El sonido de la H’, una historia ‘de formación y aprendizaje de dos mujeres’,  según su autora; éste es el primer capítulo

‘El sonido de la H’

‘El sonido de la H’

La Razón (Edición Impresa) / Magela Baudoin - escritora

00:00 / 14 de diciembre de 2014

Encontraron su cuerpo en la tina, todavía mayúsculo, aún y a pesar de todas las mutilaciones y esfuerzos por disminuirlo. Los hombres se encogen con los años, dicen. Sin embargo, el 1,78 que alcanzó en la adolescencia permaneció inalterable, como una seña de origen; igual que su sonrisa, que ni siquiera se deformó con el corrientazo fulminante del infarto. No la veía hacían 25 años. Tal vez por eso, el aroma corrosivo de las flores emancipaba el pasado, con el reflejo de una verdad desfigurada por el olvido, que se me atragantaba en la garganta.

Rafaela siempre fue una suicida, pero no se suicidó; ella no era cobarde.

Vuelvo atrás. Debería decir “Rafael” pero digo Rafaela. Solo un alma averiada como la suya podía ir al colegio con aretes esmeralda, llevar dos lágrimas verdes y sediciosas colgando de las orejas, sin importar que el patio entero le rugiera. Lo hacía un día, dos días, tres, hasta lograr que el director llamara a sus padres: a su padre, en realidad, que era lo que a ella le importaba. Pero como su padre casi nunca estaba disponible, entonces aparecía una nueva afrenta: plumas, sombreros, paraguas, lentejuelas… Ya hubiera querido yo ser tan excesiva. Escribo su nombre y pienso que si tuviera que nombrarla hoy, elegiría una flor, no un animal. Una flor carnívora. Su alarde femenino era un grito, un alarido sexual que no temía entregarse al vacío ni perderse.

La conocí en Carnaval. Yo fui por primera vez en la vida reina de algo, reina de mi curso. Me eligieron porque no tenían otra; cuando eres la única chica de la clase, lo caballeroso es ceder el paso. Fue bochornoso porque no hubo elección. La profesora de historia anotó mi nombre en la pizarra y dijo: “Ya está, tenemos reina”. Los chicos rieron y silbaron. No pude contarle a mi madre ni a mi hermana porque me dio mucha vergüenza. Cómo podría haberlo hecho si mi madre nos repetía hasta el cansancio que lo más importante era “la cabeza y el corazón”. La estoy viendo, aplastándome con su dedo la frente. Para ella, para nosotras, la belleza era un don menor. ¿Qué digo un don?, era menos que una característica, algo que no te definía, que no podía representarte, algo tonto. Tan tonto que ni siquiera servía para describir lo que te gustaba. Si llegabas a decirle: “Me encantó la película, es linda”. Ella te respondía:

“Lindo es una vaguedad. ¡Define! Cualquiera puede decir bonito”. Debí haberme negado, pero no pude. Hubiese sido más honorable, más  inteligente, pero me quedé paralizada. Creo que hasta reí aquel día. Llegué a casa y tuve fantasías toda la tarde frente al espejo, ideas bonitas sobre mí.

Nunca algo es tan desastroso como cuando no lo esperas. Pensé que podía resultar, confiaba en mí de alguna manera y si bien no tenía ropa nueva ni flores, traía el cabello suelto y la secreta esperanza de brillar. Olvidé, qué tonta, que la regla básica de cualquier competencia es exhibirte. Me di cuenta tarde de que las proporciones de esa contienda eran apoteósicas y crueles. Cientos de espectadores nos miraban y no exagero cuando digo cientos. Cómo pude olvidarlo, si mi timidez era predecible: tartamudeaba y enrojecía, enrojecía y sudaba, sudaba y decía estupideces. Todo sucesivamente y sin que pudiera controlarlo. Yo, la reina del control y no podía dejar de temblar cuando me miraban.

Debíamos desfilar desde el patio de primaria hasta el de secundaria, en medio de una legión de pantalones azules y camisas blancas, celestes y crema.Hubiera preferido ser sorda, dejar de escuchar los gritos y las risas. La profesora de historia me llevó al baño. Me miró como a una huérfana; y luego, en un acto de caridad, me pintó como a una puerta mil veces barnizada. Desfilé con el uniforme y los párpados embadurnados de un azul barato, indeseable, como el que ella usaba. Pensé, frente al espejo, que parecía un travesti. ¿Qué podría ser peor que este remedo de mí misma?, me dije. Pues una imitación verdadera, me responderían los acontecimientos. Aparecieron, tras de nosotras, de la muchedumbre, las reinas bufas del colegio, mis propios compañeros disfrazados y también pintados de azul, como si la maestra los hubiera maquillado. Se burlaban de nosotras, pero sobre todo de mí, podía sentirlo, con la pinturita azul.

Cómo no me negué, podría haber estado riéndome de las reinitas, ufanándome de mi inteligencia, haciendo sentencias contra el machismo. Qué tonta. Las pelucas les bailaban, lo mismo que los sostenes abultados con pomelos.

Involuntariamente crucé los brazos sobre mis insignificantes posesiones, sin poder disimular la mueca en mis labios. Deseé tan intensamente una catástrofe que me sacara de allí, que estuve a punto de llorar cuando ocurrió.

Ahí estaba ella, con un lunar tan negro como la fatalidad. Llegaba para acapararlo todo, mientras yo, en efecto, iba limpiándome disimuladamente las sombras con las mangas del suéter del colegio. Despampanante es una palabra que alcanza para describirla. Se había vestido de Marilyn, pero ella no era un eufemismo sino una aparición. Platinada, con su lunar fatal, se plantaba en un par de tacones altísimos que la hacían monumental. Todo un cliché, pero el colegio la recibía en silencio. Era la reina, no cabía duda, y nosotras unas ordinarias cortesanas. Por primera vez, la mediocridad era un alivio que me convertía en un borrón y que yo bendecía feliz. Ella, en cambio, resplandecía.

Los varones no tardaron en despertar, quizás abofeteados por la atracción que les provocaba aquel magnífico ejemplar, corrompiéndolo todo.Como una marea brava, llegaron súbitamente los insultos, los chistes sucios y las bromas, que lejos de apagarla la volvían más lujuriosa. El vestido blanco danzaba sin pausa hasta que una patada artera la derrumbó por la espalda. El vestido blanco ya no era blanco. De bruces, fue despojada de su hermosa peluca y la cabeza le fue estrellada por una sola vez contra el suelo, con saña, con encono, con venganza. Era su hermano, enceguecido, que la maldecía. Ella se dio vuelta y al reconocerlo, se dejó derrotar. ¡Puto, eres un puto!, le gritaba el hermano, sujetado por los profesores, al tiempo que a ella se la llevaban ensangrentada. Quise acercarme para ayudarla, pero el tumulto me lo impidió.

Esa mañana ya no hubo elección ni fiesta. Yo me sentía aliviada de volver al anonimato, aunque no dejaba de perseguirme la culpa. ¿Culpa o curiosidad?Lo había deseado de algún modo, ella de alguna manera me había salvado. Así que la llamé por teléfono aquella misma tarde. Pedí por Rafael:

—Dirás Rafaela —y se rio.

—Tengo tu peluca —le dije de un modo amigable, pero su silencio me confundió —: habla Mar. Esta mañana, en el desfile… ¿Me recuerdas? Estoy en el “A”.

—¡Obvio! —distendió ella, divertida por mi nerviosismo— Sabía que eras tú desde el principio.

Unos días después volvió al colegio, con sus grandes aretes verdes: Invencible.Rafaela reía como un acordeón. De tanto doblegarla, su voz era nasal y afectada. Al principio la escuchaba con precaución, atenta al momento en que sus cuerdas de macho la traicionarían; pero eso nunca ocurrió y tuve que darme por vencida. Incluso cuando reía como un acordeón ronco, desde el fondo de las entrañas, lo hacía con feminidad. No he conocido a nadie con tanta claridad, propósito y disciplina en la vida.

—¿Qué vas a hacer cuando termine el colegio? —le pregunté y ella se sentó toda emocionada, en disposición a contarme un secreto.

—¿Me juras que no se lo dirás a nadie? —asentí con toda la seguridad que pude, para ser convincente.

—¡Lo juro! —le dije muy seria y me acordé de mi madre, del primer juramento de mi vida.

—Me voy a operar, estoy juntando plata —dijo sonriente.

—¿Pero y tus padres saben? —Ella negó con la cabeza—. ¿Qué te vas a operar? —indagué sin poder contener mi morbo. Rafaela era para mí una atracción sobrenatural. A veces me daban ganas de besarla.

—O sea, ¿qué crees? —Me dijo, señalándose las tetas—. Las quiero así de grandes.

En ese momento pensé en el desperdicio de su fenotipo perfecto. En todas las inmolaciones que ella deseaba para destruir lo que miles matarían por tener.

—¡Uju!, carísimo.

—Sí, pero tengo una tía que me está ayudando —dijo y no supe si creerle—. Por último —añadió determinada—: trabajaré.Me salió una carcajada.

—¿En serio? ¿De qué? —Noté que ella no se incomodó.

—¡Qué sé yo! Podría buscar trabajo en una peluquería, tengo amigos que les va bien.Rafaela no me llevaba adonde sus amigos peluqueros. Decía que yo era muy “fresa”.

—¿Y tú, qué harás?

—Ir a la universidad, ¡obvio! —dije, remedándola.

—¡Qué apuro, niña! No sé cuál es el apuro de dejar esta cárcel, para meterte en otra —me reprendió.

—El apuro de irme —dije y ella se mató de risa, lo cual a mí sí me molestó.

—Podrías viajar —cambió su tonillo de autosuficiencia—. Si yo no tuviera que operarme, viajaría. Agarraría el morral y me iría. ¿Por qué no te largas?

—Por lo de la admisión —y, además, con qué dinero, pensé.

No iba a pedirle ni un centavo a Papá. Él se la pasaba ahorrando para el futuro, para cuando realmente se necesitara. Insoportable. En medio de sus sermones sobre la austeridad, me daban ganas de decirle, como Rafaela decía: ¿Sabes qué? Cómprate un chancho y ahórrate tus comentarios.

—¡Ay, yo me iría! ¿Qué te importan los exámenes de admisión? En esta vida hay que ser arriesgada.

—Rafa, igual voy a viajar en la vacación —me defendí—: a la casa de mis abuelos.

—¿En serio? —dijo exaltada— Entonces, ¿vas a tocar la nieve? —hizo como si tuviera un abrigo de piel—. Yo no la conozco, ¿sabes?

—Yo menos.

—Pero un día iré a esquiar a los Alpes.

No sabía si habría nieve. Nunca había visto nieve en la casa de mis abuelos. Sí en las montañas.

—¡Lo importante es que viajarás a otro país!Se hizo una pausa de silencio.

—¿Y no te vas a operar lo otro? —le dije con el cuidado de no nombrar.

—¿Qué cosa? —miró hacia abajo.

—¡Qué va a ser! —me reí de nervios.

—Es cuestión de plata y tiempo, ¿se entiende? Si tuviera el dinero, me operaba mañana mismo. Pero como no, voy por partes. Primero lo que más se ve.

Las tetas y las hormonas. Soy rubia, pero igual me molestan los pelos. Pelos por todas partes. Es un horror.

Yo también odiaba los pelos. Tenía una pinza asesina de pelos.

—¿Estás segura? Digo, ¿no te da miedo arrepentirte? Mira que una vez que te la quiten…

—Estoy tan segura como que sé que necesito respirar para vivir. Esto es lo que quiero desde que me di cuenta de que a las mujeres no les cuelgan cosas. Y eso fue como a los cinco años.

Yo no podía explicar qué quería en la vida. Rafaela sí. Quería ser “ella”.

Es decir, verse como tal, porque ya se sentía mujer. Esa fue su intención desde que la madre la llevó a la costurera, junto a sus dos hermanos, a que les confeccionen los trajes para un matrimonio. Estaba embelesada por el largo y amplio vestido de su hermana mayor, por las cintas y los encajes que esperaba para sí misma y que no recibió, por supuesto. A la hora de la boda, los dos varones tuvieron que vestir pantalón, camisa y corbata de gato.

Rafaela cayó enferma ante la evidencia de saber que los que tenían pipí, usaban pantalón.

Por primera vez se daba cuenta de que las diferencias con su hermana eran innecesarias y de que las igualdades con su hermano eran horrendas e insuperables. Por primera vez se enfrentaba a la forma de su sexo y quiso, desde entonces, esconderlo.

—Por ahora, lo importante son ellas —me dijo levantándose la camisa con los dedos en pinza, a la altura del pecho—. El resto puedo seguir escondiéndolo.Me reí. Supe lo que quería en ese preciso instante, no mañana ni después: echarme al mar. “Como Ulises o Ismael”, hubiera dicho mi abuela, pero Rafaela no sabía quiénes eran ellos. Y no me iba a poner yo a explicárselo.

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