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Los sonidos del gran silencio

Una canción de Simon y Garfunkel y un monasterio cartujo comparten el silencio

Proyección. ‘El gran silencio’ documental del alemán Philip Gröning.

Proyección. ‘El gran silencio’ documental del alemán Philip Gröning.

La Razón / Pablo Mendieta Paz

00:00 / 18 de diciembre de 2011

En la década de los 60, el amado dúo Simon & Garfunkel estrenó su exitosa The Sounds of Silence, una delicada canción del género folk-rock que combina con buen sentido el dibujo vocal con las guitarras acústicas, bajos eléctricos, batería y violines de fondo. La “imagen del silencio” que se percibe a lo largo de su penetrante lírica y textura melódica es el efecto ideal para asociar esta balada con el tema de este comentario.

Hace unos días tuve la grata experiencia de ver el documental El gran silencio (1995), del director alemán Philip Gröning, cuyas escenas se rodaron enteramente en la Grande Chartreuse, un monasterio de la legendaria Orden de los Cartujos escondido en algún enclave de los Alpes franceses.

A muy poco andar, se percibe la cualidad antiestresante de la película, pues se va oyendo el más luminoso y absoluto silencio; un silencio profundo, insondable tal vez. En la introducción al filme, se revela que Philip Gröning tuvo que aguardar cerca de 16 años el permiso de la Orden de los cartujos para rodar el documental, sujeto a tres condiciones inviolables: que se prescindiera de luz artificial, de música de fondo y de narración.

Bajo estas peculiares restricciones — dado el fundamento místico de la Orden de los Cartujos— Gröning, a fin de empaparse plenamente del espíritu y disciplina de este instituto religioso, pasó seis meses de vida monacal, acostándose como los monjes poco después de las siete, y levantándose a las once de la noche para el canto del Oficio Divino hasta cerca de las dos de la madrugada, hora en que toman un descanso hasta las cinco y media. En medio de ello, Gröning se unió contemplativamente a un trabajo individual pleno de quietud, con amplios espacios para la oración personal y el estudio.

A partir de ahí limita su arte, a través de sugerentes claroscuros casi abstractos, de realismo, de textura y singular geometría, a filmar en expresivos primeros planos ni más ni menos todo lo que ve, lo que silenciosa y austeramente ocurre, a captar a través del lente la faceta más pulcra de existencia humana, de la vida en estado puro: paz interior, bondad, diafanidad y gozo por la divina y terrenal misión de vivir sólo y para Dios, sin otras pretensiones.

Lo único que se escucha es la precipitación de la nieve, los cuerpos que se hincan en señal de plegaria, el vivo andar de las cabras por los claustros, el lenguaje de la naturaleza viva. Al fin, todo es silencioso pero enormemente resonante en El gran silencio, como si los Cartujos concibieran la música, y se deleitaran íntimamente con ella, a partir de la antigua creencia de que los cuerpos celestes, y no la humanidad, son los que, por mandato divino, producen sonidos: la llamada música de las esferas, cuyo movimiento vibratorio llega a ellos por medio de la contemplación y la oración. Quizás como recogiendo el espíritu y alma de la Orden, fue escrita la sugestiva canción The Sounds of Silence, de Simon & Garfunkel.

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