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La sustancia de lo trivial

Novelista. Impone nuevos desafíos al lector tradicional.

Novelista. Impone nuevos desafíos al lector tradicional. Foto: internet

El País / Francisco Solano

00:00 / 22 de enero de 2012

Esta novela de Lobo Antunes viene editorialmente publicitada por esta declaración del autor: “Un libro ideal para dar trabajo a los críticos. Yo quería escribir una novela a la manera clásica, que destruyese todas las novelas hechas de esta manera”. También Joyce, con Finnegans Wake, se propuso mantener ocupados a los críticos 300 años. Estas desmesuras delatan una patología de la ambición literaria. Faulkner, otro gigante, decía que había que juzgar a un novelista por el esplendor de su fracaso. Para los tres la literatura es un arte de exploración que incluye recelar de los descubrimientos, no dar nada por acabado. Esta cualidad predomina en la escritura de Lobo Antunes. Al lector que se haya asomado a su extensa obra no le serán extraños esos monólogos obsesivos, voces que se cruzan urdiendo un entramado cuyo dibujo se resiste a aparecer con claridad. Nada es del todo preciso, y no obstante se diría que contemplamos el magma de una memoria que bulle revelándose con la máxima transparencia que permiten las palabras, que en la obra de Lobo Antunes tratan de decir lo que ellas no pueden decir. En algún lugar de estas páginas una voz reconoce: “Cuáles son los recuerdos de un cerebro que se descompone”.

A diferencia de otros libros, impregnados de un sustrato dramático que pone la obra en movimiento, no hay en ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar? ningún motivo medular que tiña la urdimbre que tejen las distintas voces. Y si hubiera que buscarlo tal vez se trate de la familia misma, en tanto que institución cuarteada, compuesta de numerosas tensiones, incomprensiones, humillaciones y dolencias. Y como la familia, la prosa adquiere un desmembramiento semejante. No hay aquí, en efecto, nada a lo que pueda aferrarse el lector.

Cada voz, cuando es reconocida (aunque ella nunca se reconoce a sí misma), tiende a solaparse por la irrupción de otra voz que se mezcla con ella cambiando la perspectiva, de modo que los personajes se evaporan en su pretensión de construirse al contrastarse con los demás, y los múltiples saltos que desmenuzan la sintaxis obligan al estilo a recurrir a estribillos y ritornelos que apenas significan otra cosa que una alusión que los identifica. Hay que abandonar, por tanto, ese empeño —legítimo, por otro lado— de comprender lo que se lee, al menos a la manera que impone la lectura tradicional. Lobo Antunes propone una lectura despojada de lo interesante; disipa ese espejismo para que no veamos, complaciéndonos en la distancia, al personaje en una vitrina, sino la efervescencia que lo concreta, donde lo no dicho y desconocido (“siempre somos otra cosa y bajo la otra cosa otras cosas ocultas”) emerge con la misma pertinencia que lo sustancialmente narrativo: la discordia entre los hermanos, el envilecimiento del padre, la criada como portadora de secretos  de los miembros de la familia, los desastres amorosos que fecundan la leyenda familiar, la madre resignada al olvido.

No es posible extraer un aspecto de esta novela sin violentar su dinamismo. Alguna vez Lobo Antunes ha declarado: “El libro es un organismo vivo, que nada tiene que ver conmigo, con su propio temperamento, su propia fisonomía”. Más que de una novela, parece la descripción de un personaje. También ha repetido que sus novelas no son polifónicas, sino una voz con diferentes tonos. La combinación de ambas declaraciones suscita la figuración de que la novela, antes que una estructura, se constituye finalmente en personaje. Acaso, si no estamos demasiado errados, esto pueda servir para transitar por estas intrincadas páginas cuyos capítulos siguen el orden de una corrida de toros, con sus precedentes, los diferentes tercios, la faena, la suerte suprema y el regusto amargo que deja la conclusión de la ceremonia.

La novela reclama al lector que mantenga un desasosiego a la altura exigida por Lobo Antunes, un autor que, por decirlo de alguna manera, hace tiempo que ha roto los vínculos entre la enunciación y el significado. Ha creado un estilo mitad de índole psicológico, autorreferencial, y la otra mitad imprevisible. Aquí lo imprevisible domina todas las incidencias de esas voces que se desvanecen para no destruirse. Esta voz, aquella voz, esas voces quebrándose, nunca antes, hasta la escritura de Lobo Antunes, habían sido registradas en la literatura. Para acceder a esa sonoridad hay que leer de otro modo. Tal vez escuchar.

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