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Le tengo temor al lápiz

Hace 60 años se publicó ‘El llano en llamas’, el célebre libro de cuentos de Juan Rulfo. Para recordarlo, publicamos fragmentos de su intervención en un programa radial en 1979 en Ciudad de México.

Rulfo. Autorretrato del autor de  ‘El llano en llamas’, también un fotógrafo aficionado. Foto: Juan Rulfo

Rulfo. Autorretrato del autor de ‘El llano en llamas’, también un fotógrafo aficionado. Foto: Juan Rulfo

La Razón / Juan Rulfo (1917-1986)

00:00 / 22 de septiembre de 2013

Yo no tuve la fortuna de oír a los mayores contarme sus historias. Me vi obligado a inventarlas y creo yo que precisamente uno de los principios de la creación literaria es la invención, es la imaginación. Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad. Recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. Como la gramática o como las cosas más elementales, considero que hay tres pasos. Así como en la gramática, la sintaxis, son tres puntos de apoyo: sujeto, verbo y complemento, también en la imaginación hay tres pasos. El primero de ellos es crear el personaje; el segundo, crear el ambiente en donde ese personaje se va a mover, y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia. Ahora, yo sí le tengo temor al papel blanco, a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano. Pero quiero decirles  cuáles son mis procedimientos; estoy hablando de una forma muy personal, no digo que es una cosa genérica.

No creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración. El asunto de escribir es cuestión de trabajo: ponerse a escribir a ver qué sale, llenar páginas y páginas, y de pronto, como decía Rilke, aparece un verbo, una palabra, que nos da la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis, diez páginas y no aparece aquella persona que yo quiero que aparezca, aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo, pero de pronto aparece, surge; entonces uno lo va siguiendo, uno va tras de él, uno va eliminándose, y aquellas seis primeras páginas se tiran a la basura. Cuando el personaje adquiere vida, uno entonces va a ver hacia dónde va, siguiéndolo lo lleva a uno por caminos que uno desconoce, pero que estando vivo lo conducen a uno a una realidad irreal, si se quiere, pero al mismo tiempo logran guiar lo que al final parece que le sucedió, pudo haber sucedido, pudo suceder, pero nunca ha sucedido.

Creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar que sabe uno perfectamente que va a decir mentiras, y si uno entra en la verdad, en la realidad, en las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está uno haciendo historia, reportaje. A mí me han criticado mucho mis paisanos de que cuento mentiras, de que no hago historia, o que todo lo que platico o lo que escribo dicen que nunca ha sucedido, y así es efectivamente. Para mí lo primordial es la imaginación. Dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación, pero como la imaginación es infinita, no tiene límites, entonces hay que romper donde se cierra el círculo, hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse y entonces aparece otra cosa que se llama intuición. La intuición lo lleva a uno precisamente a intuir algo que no ha sucedido pero que está sucediendo en la escritura. Ya concretando: es imaginación, intuición y aparentemente verdad, una aparente verdad. Cuando esto se consigue entonces se logra la historia que uno quiere, que quiere dar a conocer, porque el trabajo es solitario. No se puede concebir un trabajo colectivo en la literatura y esa soledad lo lleva a uno a hundirse en una especie de medio, de cosas que uno desconoce, pero que sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear, a seguir creando, y entonces nace la historia. Creo yo que eso es el principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar.

Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy elemental también, que es el querer contar algo sobre ciertos temas. Sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: la vida, el amor y la muerte. No hay más, no hay más temas, así que nadie es original, porque esos temas se han tratado desde la prehistoria, pero el asunto es ver cómo tratar lo más elemental. Esos temas hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles, no repetir cómo lo han dicho otros, no repetir la misma historia nada más con ciertos cambios que pueden variar, pero que es la misma historia que se ha contado siempre.

En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme totalmente de la historia. Nunca cuento un cuento en el que haya experiencias personales, en el que haya algo autobiográfico, en el que yo haya visto u oído algo. Siempre tengo que imaginarlo, recrearlo; si acaso, hay un punto de apoyo. Ése es el misterio que hay porque la creación literaria es misteriosa, pero el misterio lo da la intuición; la intuición misma es misteriosa y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y si hay algo que el autor tiene que aportar, tiene que ayudarle a sobrevivir, entonces falla inmediatamente.

Estoy hablando de cosas muy elementales, ustedes me han de perdonar, pero mis experiencias han sido esas. Nunca he relatado algo que haya sucedido. Mis bases son la intuición y la imaginación, y dentro de eso ha surgido lo que es totalmente ajeno al autor porque aunque el autor sea el autor, no se incluye dentro de una narración. El problema, como decía antes, es encontrar el tema primero, el personaje, y qué va hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto ese personaje está forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida y truena. Una de las cosas más difíciles que me ha costado hacer precisamente es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no tenga yo que incluirme porque entonces entra la divagación, el ensayo, la elucubración, quiere uno meter sus propias ideas, se siente uno filósofo, en fin, uno trata de hacer creer qué ideología tiene uno, qué manera de pensar sobre la vida o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que mueve a las acciones del hombre. Cuando sucede eso, entonces se vuelve uno ensayista, entonces conocemos muchas novelas-ensayo, también hay el cuento-ensayo, pero el género que se presta menos a eso es el cuento.

El cuento es un género realmente más importante que la novela, más difícil que la novela, porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas: hay que sintetizar, hay que frenarse. En eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta; el poeta tiene que ir frenando como si fuera a caballo, ir frenando el caballo, y no desbordarse. A quien se desborda y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra, y se va de leguas, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbordarse, no vaciarse. El cuento tiene esa particularidad. Yo prefiero el cuento a la novela porque la novela se presta mucho a esas divagaciones. La novela, dicen, es un género que abarca todo: caben cuentos, teatro, acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, en fin, una serie de temas. En cambio, en el cuento tiene uno que reducirse y en unas cuantas palabras contar una historia.

Esa es más o menos la idea que yo tengo sobre el principio de la creación literaria, claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que estoy hablándoles en forma muy elemental, porque en realidad yo soy muy elemental.

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